Semanario Crítico Canario
Nacionalismo y legitimidad democrática

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Josemi Martín nació en Gran Canaria, Islas Canarias. Afincado en España, también ha vivido en diversos lugares del Reino Unido, además de estancias en Portugal, Estados Unidos e Irlanda. Licenciado en Filología Inglesa por la ULL y Graduado en Antropología Social y Cultural por la UNED, es un apasionado de los Estudios Canarios. Busca contribuir a la creación del pensamiento crítico canario, autocentrado e independiente. Preside la Fundación Canaria Tamaimos. Su alter ego, Edmundo Ventura, escribe en Tamaimos.

Opinión

Nacionalismo y legitimidad democrática

El Departamento de Guyana y la Región de Martinica se han opuesto rotundamente al incremento de autonomía respecto de la República Francesa en sendos referenda celebrados el pasado domingo 10 de enero. En Guyana, el porcentaje de votantes que prefirió la permanencia del status quo actual ascendió a un 69’8 % mientras que en Martinica fue de un 78’9 %. Tal y como señala la noticia de Le Monde que hipervinculo, en realidad el voto fue en contra de un cambio del modelo vigente habida cuenta del absoluto desconocimiento acerca del “qué venía después”, vagamente expresado como promesa de redacción de una Ley Orgánica. Pesó indudablemente más lo conocido, especialmente cuando nada se sabía sobre la continuidad de los derechos sociales en una futura autonomía ampliada. Recordemos que en los pasados meses, la Región de Martinica conoció disturbios importantes que pudieron hacer presagiar un ansia secesionista que finalmente no fue tal.

No soy ningún especialista en la región. No es mi propósito aquí analizar en detalle los motivos que pudieran haber dado un resultado semejante en ambos territorios, como se sabe, Regiones Ultraperiféricas como Canarias, en la nada inocente terminología oficial europea. Me interesa ahora reflexionar algo más sobre el proceso, la vía,… que a pesar de que pudiera no estar exenta de la triquiñuela de presentar la opción autonomista como un “salto al abismo” frente a la seguridad de lo existente, me parece aceptable desde el punto de vista democrático. Incluso aunque uno pudiera pensar que el Estado francés ha logrado así aparcar un problema para las próximas décadas y que jamás tuvo la más mínima intención de incrementar la autonomía de Martinica y Guyana. Conjeturas aparte, cuando existe una probada voluntad popular de expresar libremente y en paz una opinión acerca del modelo de pertenencia a un Estado, o incluso la secesión de éste, corresponde al Estado vehicular tal demanda, de tal forma que se contribuya a desdramatizar unos conflictos que en otras latitudes han resultado tan sangrantes. Pienso ahora en la banda mafiosa ETA y el daño tan grande que ha hecho al nacionalismo vasco y a la sociedad vasca en su conjunto.

Québec, Groenlandia, Montenegro, las consultas municipales en Cataluña, acaso Escocia, … al margen de las particularidades específicas de cada caso, se me antoja evidente que las cuestiones nacionales no deben escapar de manera alguna a la lógica democrática de las mayorías expresadas libremente. Y como sucedió en el caso quebequés o montenegrino, deben ser mayorías suficientes, las que tomen la decisión en uno u otro sentido. Que un Estado ponga trabas a tal expresión deja en paños menores la calidad democrática de tal Estado. Que una minoría se crea en el derecho de sojuzgar a una mayoría –desde el extremo más dramático, como en el caso vasco, hasta el más estrafalario, como en el caso canario, donde hay quien, sin respaldo democrático alguno, insiste en hablar en nombre del pueblo canario ante las Naciones Unidas– es patético, en el sentido clásico del término. El nacionalismo, si quiere validarse como opción político-ideológica que opere en el seno de la sociedad en un sentido transformador, no puede aspirar a estar por encima de la democracia más simple. La ilegitimidad democrática es un callejón sin salida.

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Josemi Martín nació en Gran Canaria, Islas Canarias. Afincado en España, también ha vivido en diversos lugares del Reino Unido, además de estancias en Portugal, Estados Unidos e Irlanda. Licenciado en Filología Inglesa por la ULL y Graduado en Antropología Social y Cultural por la UNED, es un apasionado de los Estudios Canarios. Busca contribuir a la creación del pensamiento crítico canario, autocentrado e independiente. Preside la Fundación Canaria Tamaimos. Su alter ego, Edmundo Ventura, escribe en Tamaimos.

Reacciones
  • Estoy de acuerdo en la necesidad de una legitimidad democrática para avanzar en materia de autogobierno o para plantear la independencia. Como planteas, en los últimos años se han dado procesos democráticos que, por lo general, han supuesto avances en estos aspectos. Es curioso el caso de Martinica y Guayana, como excepción que confirma la regla.

    En el caso de Canarias, no hay que olvidar que el régimen autonómico actual no fue refrendado por la población.

    Afortunadamente, la mayor parte del movimiento independentista trabaja en claves democráticas, en la construcción de un país nuevo, aunque siempre hay grupos que pretenden pasar por encima del propio pueblo canario. Me sitúo en contra de las imposiciones, sean del tipo que sean. L@s que queremos un país diferente debemos trabajar para difundir nuestras ideas entre la gente, construyendo una base entre todos ytodas que nos permita ser más libres. Quizás no sea ahora el momento de Martinica y Guyana, pero al menos pudieron expresarse en libertad sobre su autogobierno y eso es un paso importante.

    • Sí, Fidel. También es algo que hay que contemplar a la luz de la cultura y tradición políticas de cada país. Recuerdo que cuando vivía en Inglaterra, los ingleses de algunos “shires” del norte votaron mayoritariamente en contra de la “devolution” -término con que se suelen referir a la descentralización- probablemente porque, conociéndolos, identificaran tal movimiento con mayor burocracia e incremento de impuestos. Salud.

  • En el caso de Guayana y Martinica, hay que tener presente dos cosas: una es el rechazo de la población a la clase política gobernante, y otra, como bien mencionas, el miedo a la pérdida de derechos sociales. Un poco lo que motivó que Mayotte continuara siendo francesa mientras que el resto de las Comores se independizaba durante los años setenta. Lo cual da que pensar acerca de qué ocurriría en nuestro archipiélago. En Canarias también contamos con una elite gobernante que desprecia la democracia y que invierte más en cemento que en bienestar social. La autodeterminación en boca de esta gente (véase ATI, por ejemplo) huele más a oportunismo criollo y a chalaneos con el Estado que a otra cosa. Saludos.

  • Todo parece indicar en esa dirección Samuel, estoy de acuerdo contigo. Existe una modalidad de colonialismo poco teorizada, vamos a llamarle “colonialismo ultraperiférico”. Pequeños territorios con un valor basicamente estratégicos por su situación geográfica son conservados por las grandes ptencias del occidentales (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, España…) como restos de sus antiguos imperios. Se caracteriza por una economía alimentada artificialmente, o subevencionada para facilitar la asimilación de la población y por tanto su dominio con tranquilidad.

    Ese tipo se da en Canarias desde la década de los 70. Cuando Canarias fue consciente de un peligro real de perder nuestro país decidio transformar la economía aumentando el bienestar general artificialmente pero limitando su desarrollo y en todo caso descapitalizandola para garantizar su dominio económico, asimilación etc…fomentando la robustez de una burguesía importadora que vive al calor de la dependencia, y de paso impidiendo que emerga una burguesía productiva y con iniciativa propia. Una economía subvencionada en definitiva.

    En fin, creo que Canarias comparte esos rasgos, salvando las diferencias, con Martinica, Guayana, Guadalupe, Puerto Rico…

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