Semanario Crítico Canario
Yo sí lo voy a celebrar

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Opinión

Yo sí lo voy a celebrar

COLABORACIÓN

Mañana es treinta de mayo y lo voy a celebrar. Ni siquiera voy a tocar la percha donde tengo la ropa para las romerías, pero lo voy a celebrar. Porque, a pesar de los pesares, a pesar del año tan difícil que hemos pasado, si te sientes isleño o isleña, mañana hay cosas que celebrar.
Cuando esté desayunando y se me acabe la leche de la escudilla, se me va a hacer imposible no acordarme de los canarios que tal vez sólo tengan esa única comida al día, y de los chinijos que van a la escuela con la barriga vacía. Me voy a acordar de mi amiga Luci, que tiene dos hijas pequeñas, y que no digo de dónde es porque da igual de dónde sea. Pero luego, pelando un plátano de la finca de mi padre, se me alegrará la cara recordando que son muchos, muchos de verdad, los esfuerzos que miles de canarios y canarias están haciendo, a través de numerosas organizaciones y grupos que no llevan nombre, a través de su tiempo, solidaridad, cariño y dedicación, para intentar llevar un pizco de algo a quienes ahora sólo tienen un pizco de nada, sintiendo que aquel hambre ajena de sus paisanos es también hambre suya. Eso me hará sentir que, también eso, es la canariedad que hoy celebramos.
Si el tiempo está bueno, me iré para la cumbre. Me sonreiré para mis adentros al pasar este pensamiento por mi cabeza. “Si el tiempo está bueno”, jeje. No nos engañemos, casi siempre tenemos el tiempo bueno, entre Orzola y Orchilla casi nunca hay mal tiempo. Menuda cosa nuestra esta de llamarle mal tiempo a lo que no es, a lo que solamente son los ciclos de esta grandiosa naturaleza que nos acuna y nos da forma de ser. Me diré que también esto es canariedad. Mal tiempo es lo que padecen otros pueblos del mundo, donde un huracan se lleva tu casa y tu barrio, donde nieva hasta entullar ciudades durante semanas, o esos otros países donde ¡¡el sol sale sólo 4 o 5 horas al día!! ¿Peró cómo puede ser eso? Por muy ricos que sean ¿Cómo se puede vivir sin sol? O en esos otros donde a la lluvia ni se le conoce ni se le espera, donde la sequía es perpetua, y con ella, el hambre, la pobreza y la miseria. Lo nuestro es buen tiempo, y las quejas son formas de ser y de entretenerse de los isleños.
Mañana cuando esté en la cumbre me voy a llenar los pulmones de aire limpio, voy a cerrar los ojos y escuchar un rato el latido de mi isla. Me voy a entaliscar en el risco más alto a ver si es posible contar a las ocho islas. Me va a llegar el olor de los pinos, se me va a meter dentro el pinar, y sin quererlo, se me va a ir la mente a La Gomera, donde hace menos de un año se quemó una parte importante de la cumbre. Se me encoge el corazón todavía si evoco las imágenes de los brezos quemados y las ramas retorcidas, de las palmeras ardiendo por la noche como antorchas por los barrancos hasta llegar casi a la marea. Me voy a acordar de los que lo prendieron (de sus madres no, que no tienen culpa), me voy a acordar de quienes no lo apagaron, me voy a acordar de quienes de los que ni siquiera fueron, pero sobre todo me voy a acordar de los que fueron y lo apagaron. Me voy a acordar de los miles de gomeros que se movilizaron, de los miles de canarios que soltaron lágrimas en sus casas, como las solté yo. Me voy a acordar de mi amigo Jonay el gomero y sus amigos, y me voy a sentir orgulloso, me voy a sentir un gomero más, voy a sentir lo mismo que ellos sintieron como si fuera mío. Porque eso, también, es la canariedad, y hay que celebrarlo.
Después me bajaré a la playa. ¡¡Oohhh, la playa!! No hay palabras. Voy a poner los pies en la arena un buen rato y me voy a quedar otro buen rato mirando a la gente, el sol, las olas y, sobre todo, mirando el mar. El Atlántico, ese Atlántico, mi Atlántico, nuestro Atlántico. Ese océano que esconde un secreto. El Atlántico somos nosotros y nosotros somos el Atlántico. Nosotros no somos ni de Europa, ni de Africa ni de América, que va. Tenemos algo de todo eso, es verdad, pero por encima de todo, nosotros somos del Atlántico. El Atlántico es el que nos lleva y nos trae y es el que no nos deja movernos. Bueno, un poco sí, porque menudas sacudidas nos está dando el mar y la tierra por El Hierro, que la barca no para de moverse. Con el calor de la arena y del sol en mi piel, me acordaré de los malos momentos vividos en La Restinga, ahora ya menos por suerte, donde la tierra y el mar han llevado su quejido por toda la isla. ¡Que salga ya el puñetero volcán!, me parece estar escuchando en boca de mi amigo Eduardo, del Tamaduste, nieto de un poeta grancanario deportado a la isla del Meridiano por las miserias del pasado. Entonces voy a recordar todas las expresiones de apoyo de los canarios hacia los herreños, y de hasta los viajes de visita a la isla desde Tenerife y Gran Canaria, viajes para golisnear el volcán, pero sobre todo para ayudar de alguna manera con unas pocas perras a los paisanos que el año pasado apenas recibieron a nadie. Entonces, me voy a sentir como un herreño más, me voy a sentir querido por los demas isleños, voy a sentir que eso también es canariedad. Y eso, hay que celebrarlo.
Cuando se me caliente el cuerpo como un perenquén, me voy a dar un baño. Un baño en el agua del mar, qué rico es. Un baño en el mar limpia las impurezas por fuera y se lleva todo lo malo por dentro. Me voy a estar un buen rato dentro del agua, el agua verde y luminosa, el agua de nuestro mar, que no es ni cálido ni frío, con la marea subiéndome y bajándome por el pecho. Pero inevitablemente me voy a acordar de las singuanguadas esas de sacar petróleo de nuestro mar. Me voy a acordar de los proyectos esos de hacer agujeros en el fondo del mar que hay entre La Graciosa, Jandía y El Aaiun, agujeros por el que unos pocos (de fuera o de dentro, me da igual de dónde sean) sacarán su protección y a todos los canarios nos tocará el miedo, ellos se llevarán la riqueza y nosotros la pobreza, para ellos la carne y para nosotros el hueso. A lo mejor el año que viene el agua de la playa ya no es azul verdoso, sino negro, y veo piche en la arena. El agua de este mar que es nuestro, de las gentes de las dos orillas, un mar que siempre fue de los canarios y de los saharauis, y ahora ya, ni de unos ni de otros. Pero seguro que luego me va a sentar muy bien un par de margullos que me voy a dar. Me voy a sentar en los riscos a secarme y me voy a acordar de los miles y miles de canarios que dijeron NO A LAS PROSPECCIONES PETROLIFERAS EN CANARIAS durante este último año, y que lo siguen diciendo. Me va a venir a la mente las imágenes de las manifestaciones de miles de personas en Arrecife, Puerto del Rosario, Las Palmas y de Santa Cruz contra las puñeteras plataformas petrolíferas. Me voy a acordar de mi amigo Moisés, un joven pescador de Tinajo y que tiene su barco en El Golfo, y de mi amiga Yurena, que vive en Cofete y trabaja en una cafetería de Corralejo, y que están implicados, como muchos otros lanzaroteños y majoreros, en las plataformas ciudadanas contra de esas otras plataformas anticiudadanas. Y entonces me voy a sonreir, me voy a sentir un majorero más o un lanzaroteño más. Y después me voy a volver a repetir que eso, defender nuestro mar desde cualquier isla, también es canariedad. Y eso, también hay que celebrarlo.

Del anterior treinta de mayo a este treinta de mayo, seguro que tú también has perdido y has ganado algunas cosas. No permitas que lo perdido te impida celebrar lo ganado y reinvidicar lo mucho que aún todos nosotros y nosotras compartimos. El sentimiento de canariedad, lo sientas como lo sientas. Todo eso es lo que yo voy a celebrar mañana.

Eduardo Medina Peñate

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