Semanario Crítico Canario
Discurriendo sobre el concepto de soberanía (II)

Este artículo lo publica

Fernando Sabaté es militante de Sí se puede, organización sociopolítica canaria, de ideología ecosocialista y profesor de la Facultad de Geografía de la Universidad de La Laguna

Opinión

Discurriendo sobre el concepto de soberanía (II)

Independencia y soberanía son equivalentes. ¿Seguro?.

Si uno busca en un localizador de imágenes en internet: ‘Naciones Unidas’, obtiene una colección de fotos de la sede de ese organismo internacional en Nueva York. Un edificio con un montón de enseñas de países ondeando en su exterior: a finales de 2013, nada menos que 193, que son prácticamente todos los estados independientes reconocidos en el ámbito internacional. Pero cabe preguntarse: ¿cuántos de esos estados independientes (con su banderita colgada de un mástil en Manhattan) son realmente soberanos?

La diferencia entre estos dos conceptos, que a veces se utilizan como si fueran intercambiables, se entiende mejor acudiendo a un ejemplo entre los muchos posibles: Mauritania. Aunque este país se independizó formalmente de Francia hace más de medio siglo (en 1960, siendo uno de los primeros estados del Continente africano en hacerlo), dista mucho de tener un modelo socioeconómico soberano, esto es, autocentrado y no del todo dependiente del exterior. Su principal recurso es la minería de hierro, comenzada a explotar por los franceses en la época colonial. La producción anual es de aproximadamente 12 millones de toneladas de mineral, pero la práctica totalidad se exporta en bruto a Francia, Italia, Alemania o España, donde es procesado y convertido en metal de hierro o acero. Para sacarlo del país existe una línea de ferrocarril (que es, por cierto, la única vía férrea que existe en Mauritania), de más de 700 kilómetros, destinada en exclusiva al transporte del mineral; conecta las áreas mineras interiores de Zouirat y F’Derik con el puerto de Nuadibú, donde se embarca. A pesar de que tanto esta última gran población como la capital del país, Nouakchott, disponen de instalaciones portuarias de gran calado y aeropuertos internacionales, las dos principales ciudades de Mauritania —distantes entre sí unos quinientos kilómetros— ni siquiera están bien conectadas por carretera: para desplazarse de una a otra hay que marchar en vehículo todoterreno, aprovechando en largos tramos la parte superior de la playa a marea vacía. Mauritania no ha conseguido en cincuenta años dotarse de una red de infraestructuras que articule de manera adecuada el transporte y las comunicaciones en el interior del país: pervive todavía la vieja red colonial concebida para extraer rápidamente sus riquezas, sin apenas generar valor añadido en la economía nacional. Su historia política reciente es un relato de maniobras y golpes de estado, a menudo con largas conexiones que llegan hasta la ¿antigua? metrópoli europea. A pesar de sus importantes riquezas naturales (no sólo el mineral de hierro), su relativamente escasa población sigue sumida en la pobreza y, lo que es peor, se ha empobrecido más en términos relativos durante los últimos años. Ese hermoso y gran país es independiente en teoría, pero no es soberano en la práctica: de poco le ha valido a Mauritania tener una bandera por fuera de la sede de Naciones Unidas.

En realidad, lo que le pasa a Mauritania le sucede a muchos otros estados formalmente independientes. Tal vez a la mayoría. Aunque no a todos. Existen contraejemplos de países, tanto antiguas colonias como —más frecuentemente, claro— antiguas potencias colonizadoras, que mantienen situaciones bien distintas a la que se acaba de exponer.

En una explicación para de esas de andar por casa, podemos entender la ‘soberanía’ como la capacidad de poder político real de un grupo humano, una comunidad nacional determinada, poder que descansa en la mayoría de su población, y que permite construir una economía autocentrada, interdependiente con otras (hace tiempo que el aislamiento absoluto, la autarquía, constituye una pretensión tan difícil de alcanzar como, probablemente, absurda), pero no desde luego dependiente. Soberanía es lo contrario a depender de forma absoluta o casi total de otros estados o conglomerados transnacionales poderosos; lo opuesto a padecer el expolio de las riquezas naturales del suelo, del mar y del beneficio del trabajo generado por las clases trabajadoras sin que apenas circule generando capital social en el propio territorio. Soberanía es también la capacidad de decidir el presente y el futuro por los habitantes de un país, con todos los condicionantes internacionales que se quiera (que sin duda existen y marcan sobremanera el rango de decisiones posibles, pues —hay que reiterarlo— vivimos un mundo completamente internacionalizado), pero teniendo la última palabra en casa. Soberanía es un concepto que tiene mucho que ver con la economía, sí; pero también, y sobre todo, con la democracia.


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