Semanario Crítico Canario
Aromas de la niñez

Este artículo lo publica

Josemi Martín nació en Gran Canaria, Islas Canarias. Afincado en España, también ha vivido en diversos lugares del Reino Unido, además de estancias en Portugal, Estados Unidos e Irlanda. Licenciado en Filología Inglesa por la ULL y Graduado en Antropología Social y Cultural por la UNED, es un apasionado de los Estudios Canarios. Busca contribuir a la creación del pensamiento crítico canario, autocentrado e independiente. Preside la Fundación Canaria Tamaimos. Su alter ego, Edmundo Ventura, escribe en Tamaimos.

Opinión

Aromas de la niñez

Lo recuerdo nítidamente, a pesar de los años, a pesar de ser un recuerdo tan temprano. Los niños íbamos dormidos en la guagua. El día apenas clareaba. El frío y las curvas de la carretera vieja a Teror hacían el resto. Cuando se tienen cuatro o cinco años, duerme uno en cualquier lado. Los más pequeños -yo era uno de ellos- íbamos vestidos de cualquier manera, pero siempre abrigadísimos por el frío y la humedad de la zona en cualquier época del año. Las niñas mayores -así era entonces- llevaban el recatadísimo uniforme que tenía en la falda de tablas su principal elemento característico. Monjas en miniatura.

De pronto, un sutil y sin embargo penetrante olor a gofio nos envolvía. Como movidos por un mandato divino, comenzábamos a estirarnos y desmayarnos. Era la curva del molino del Gofio La Piña y la señal para que el chófer de la guagua pusiera la sempiterna cinta de Pedrito Fernández, el niño prodigio mexicano y su también sempiterno éxito: La de la mochila azul. Día tras día. Cantábamos entonces como si nos fuera la vida en ello y, al final de la canción, nos esperaba un convento donde aprender las primeras letras y las primeras cuentas. No hicieron mal trabajo aquellas monjas. La mayoría llegamos al colegio sabiendo leer y escribir, sumar y restar con piedritas que recogíamos en el monte. También cogíamos castañas con mucho cuidado, íbamos a ver los conejos, los cochinos -un animal en peligro de extinción por culpa del cerdo- y hacíamos pegamento con la resina de los árboles. De fondo, historias de Fray Escoba y los pastorcitos de Fátima. Un día, Lo llamaban Trinidad en el cine del pueblo, que nos parecía entonces una metrópolis. Dudo que siga existiendo, como ocurre con todos los cines de barrio y de pueblo que existieron, aunque queda indeleble en mí el recuerdo de aquel día y el donuts de azúcar de Eidetesa que nos dieron. También Proust tuvo su magdalena.

Más tarde fue la ciudad y el subdesarrollo. Al grupo llegaban niños de todos lados, la mayoría sin saber leer ni escribir. Para ellos aquellas aulas de bloques grises eran su primer contacto con la enseñanza, supongo. Una escuela pública donde nos ponían en fila a rezar padrenuestros por los muertos de ETA. Y en Mayo, flores a María, con altarcito incluido dentro de clase. Lentamente, se fueron dispersando los aromas de la niñez primera y pasaron a instalarse en las gavetas que la memoria tiene para estos asuntos. Comprenderán ustedes por qué insisto en echar por la carretera vieja cuando vamos a Teror.

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Josemi Martín nació en Gran Canaria, Islas Canarias. Afincado en España, también ha vivido en diversos lugares del Reino Unido, además de estancias en Portugal, Estados Unidos e Irlanda. Licenciado en Filología Inglesa por la ULL y Graduado en Antropología Social y Cultural por la UNED, es un apasionado de los Estudios Canarios. Busca contribuir a la creación del pensamiento crítico canario, autocentrado e independiente. Preside la Fundación Canaria Tamaimos. Su alter ego, Edmundo Ventura, escribe en Tamaimos.

Reacciones
  • Me sorprendió gratamente que al hablar usted de un cine de pueblo de los tiempos de los 70 o los 80, cuando aún las salas de proyecciones estaban en todo su auge, la película que cita le haya puesto precisamente ese nombre: “Lo llamaban Trinidad”. Es lo que yo he dicho siempre, aunque su título original sea “Le llamaban Trinidad”, bueno, el que se eligió en España para proyectarla. El original italiano es “Lo chiamavano Trinitá”, donde curiosamente tambien escriben “lo”. Soy bastante aficionado al cine y, si puedo, lo veo en VO, pero con subtítulos porque no he aprendido idiomas, y me sorprende mucho que, al tratarse del italiano, encuentro cantidad de parecidos con nuestra forma de hablar que no se suelen corresponder con los subtítulos, al estar escritos en un español estándar.
    No voy a decir que tenemos más semejanzas con los italianos que con los españoles, porque esto es irreal, si lo dijera de los portugueses, bueno, pero un filólogo daría quizá algo de luz a todo esto. (sigue)

    • Confieso que al escribir mi entrada tiré sobre todo de mi memoria, como creo que convenía al carácter propio del texto. Mi memoria debe funcionar en “habla canaria” e hizo la correcta utilización del pronombre sin ceder a leísmos de ningún tipo. Abundando en su comentario, debo indicarle que el “español estándar” no existe, es otro cuento inventado para hacernos creer que el castellano es “estándar” y todos los demás españoles del mundo son, como mínimo, “no estándar”. No se lo crea. Allá ellos con sus leísmos. Salud.

  • Creo que la Academia Canaria de la Lengua también debería tener la potestad de poner los títulos de las películas adaptados a nosotros como sucede en toda Hispanoamérica.
    A modo de anécdota le contaré que hay una película, también italiana, que en España titularon “¿Qué habéis hecho con Solange?” (“Cosa avete fatto a Solange”) de 1972, al grabarla e incorporarla yo a mi videoteca, le hice la ficha poniéndole por título “¿Qué le han hecho ustedes a Solange?

    Saludos.

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