Semanario Crítico Canario
Seis años después, la primavera árabe no ha concluido*

Seis años después del inicio de las revueltas árabes, el panorama es desolador: Estados fallidos en Libia, Siria y Yemen, además de un creciente refuerzo del autoritarismo en toda la región. Las expectativas de cambio político están congeladas, existiendo motivos más que suficientes para que se produzcan nuevos ciclos de protesta

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Seis años después, la primavera árabe no ha concluido*

Cuando el joven Muhammad Bouazizi, presa del dolor y la impotencia, decidió inmolarse, en señal de protesta por las repetidas vejaciones y abuso de poder policial de la dictadura tunecina, no sabía que estaba prendiendo la chispa que incendiaría la pradera del autoritarismo y la tiranía en el mundo árabe.

Ese mismo día, el 17 de diciembre de 2010, la noticia se propagó rápidamente por su localidad, Sidi Bouzid, donde se agruparon las primeras personas para manifestar su dolor y repulsa ante una humillación más del régimen autoritario.

Pero, en esta ocasión, las cosas transcurrieron de una manera diferente a la habitual. El Estado policial de la dictadura no lograba disuadir las protestas mediante el tradicional recurso a la represión; por el contrario, las retroalimentaba.

La inmolación del joven Bouazizi pareció ser la gota que colmó el vaso. Su acción, singular, era fruto de la frustración y de una protesta particular, lejos de cualquier expectativa o cálculo político.

Pero terminó articulándose como el desencadenante de una sucesión de movilizaciones que adquirieron muy pronto una dimensión inimaginable hasta entonces. Rebasó las fronteras locales y nacionales del propio Túnez hasta expandirse por buena parte de la geografía política árabe.

Seis años después de esta inusitada contestación política de la ciudadanía árabe a sus regímenes dictatoriales, el panorama no puede ser más desolador: Estados fallidos en Libia, Siria y Yemen, resultado de guerras civiles e intervenciones externas; además de un creciente refuerzo del autoritarismo en Bahréin, Egipto y, en suma, en prácticamente toda la región.

La única excepción a esta regla es Túnez, que protagoniza una transición a la democracia no exenta de enormes desafíos internos (crisis económica y tics autoritarios), externos (entorno hostil a experiencias aperturistas y democratizadoras), y transnacionales (terrorismo yihadista).

La elite del poder árabe no vio en las reivindicaciones de apertura y cambios una oportunidad para acometer reformas tan necesarias como demandadas, ni siquiera con objeto de reproducirse en el poder. Simplemente no estaba dispuesta a compartirlo con otras elites emergentes.

Por el contrario, identificó las movilizaciones como una amenaza a la que respondió con la habitual ferocidad de la represión; y al mismo tiempo manipuló las fallas internas (confesionales, étnicas y tribales) de sus respectivas sociedades para romper la unidad y cohesión de los movimientos sociales de protesta.

En una región tan compleja y de tantos intereses cruzados, la inestabilidad y los cambios internos tuvieron inevitables consecuencias externas. Todas las potencias regionales e internacionales se aprestaron a salvaguardar sus bazas geoestratégicas, ganar otras nuevas o, al menos, impedir que los adversarios y enemigos obtuvieran alguna ventaja o ganancia a costa de sus pérdidas. Ninguna estaba realmente interesada en satisfacer las demandas ciudadanas, su prioridad se centraba en preservar sus intereses y statu quo.

Invierno árabe
Un inmenso nubarrón ensombreció de pronto la denominada primavera árabe que, incluso, fue rebautizada como invierno árabe. De este modo, las expectativas de cambio político, articuladas en la consiga de pan, justicia y libertad, quedaron nuevamente congeladas.

Entre algunos círculos internacionales se impuso una nueva lectura orientalista de la región, en la que se acentuaba una supuesta incompatibilidad entre el mundo árabe e islámico y la democracia, a semejanza de lo que durante buena parte del siglo XX se argumentaba respecto a los países mayoritariamente católicos en Europa y América Latina.

Llama la atención, cuando menos, que aquellos mismos dirigentes políticos partidarios, en teoría, de democratizar Irak manu militari en 2003, mostraran serias reticencias e incluso oposición a las movilizaciones pro-democráticas y pacíficas de la ciudanía árabe en 2011, pues estaban destituyendo a aliados y amigos como Ben Ali, Mubarak e incluso al extravagante Gadafi.

En este contexto, el terrorismo y la inestabilidad se han vuelto a convertir en la gran coartada para justificar el inmovilismo político del subsistema internacional árabe. Sin querer reparar en que, precisamente, esas viejas y prolongadas dictaduras se han transformado desde hace tiempo en disfuncionales y, en lugar de reducir el terrorismo y la inestabilidad, tienden a fomentarlos, ya sea de manera deliberada o inadvertida.

En suma, tanto énfasis como se ha hecho durante las dos últimas décadas en combatir el terrorismo parece haber desdibujado la no menos imperiosa necesidad de enfrentar las causas políticas que lo retroalimentan, en concreto, en combatir la radicalización que conduce a la violencia extrema.

Que las revueltas árabes surgieran de manera inesperada y espontánea, sin una clara o convencional organización y dirección política, no equivale a que brotaran del vacío. Su emergencia no se entendería sin los antecedentes y bagajes de luchas y movilizaciones por las libertades políticas, la justicia social y, en definitiva, una vida digna en toda la región.

Nuevos ciclos de protesta
Pese al actual panorama sombrío, en el mundo árabe siguen existiendo motivos más que suficientes para que se produzcan nuevos ciclos de protesta. En concreto, se advierten dos tendencias contradictorias y destinadas a colisionar en algún momento.

De un lado, el inmovilismo político de unos Estados débiles e inseguros, enrocados en manidas fórmulas represivas y de cerrazón ante toda apertura, reforma y participación; y, de otro lado, el cambio demográfico y social incesante, protagonizado por una nueva generación de jóvenes que constituye más del 60 por ciento de la población; y que es la más y mejor educada e ilustrada en la historia árabe.

A diferencia de la de sus padres, la nueva generación es más urbana, culta, cosmopolita, políglota, interconectada, emprendedora, laica y con mayor participación de las mujeres.

En síntesis, no se podrá vaticinar cómo ni cuándo, pero mientras persista el autoritarismo en la región árabe, seguirán abiertas todas las opciones para que se reanuden cíclicamente los movimientos sociales de protesta. Un nuevo ciclo no necesariamente tendrá que parecerse o imitar al anterior, puesto que los movimientos sociales también aprenden de sus propios errores y fracasos.

* José Abu-Tarbush es profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna. Publicó este artículo originalmente el pasado 16 de diciembre en el blog Megatendencias en Tendencias21. El artículo fue remitido por correo a Tamaimos. Está compartido con permiso del autor.

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