Semanario crítico canario

¿Una sociedad turística sostenible?

Este artículo lo publica

Jorge Stratós

Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

Acuse de recibo

¿Una sociedad turística sostenible?

Inicio hoy esta sección de apostillas a propósito de las variopintas intervenciones públicas con las que uno se topa. Y la inicio con un comentario a vuela pluma sobre el asunto no menor del turismo en Canarias. En conjunto serán breves y tal vez mal encaminadas intromisiones en cuestiones problemáticas. Con llamamiento al debate y al consenso o disenso respetuoso (según se precise), deseando en todo caso que se profundice siempre con argumentos

Hace unos días Enrique Bethencourt nos brindó en Canarias Ahora una magnífica y oportuna entrevista a Matías González, investigador del asunto turístico en Canarias, además de inteligente economista y buen docente de la ULPGC (y, asimismo, viejo amigo al que hace mucho que no veo y al que desde aquí saludo). Además de felicitar a ambos, entrevistador y entrevistado, pues me interesó enormemente su conversación (que desde aquí recomiendo), me ha encantado leer y releer esta síntesis de lo que piensa Matías González. No obstante, tanto el análisis que hace como las referencias alternativas que presenta me parecieron insuficientes y en exceso lights. Merecedoras, al menos, de una segunda parte.

El lector canario que sabe de lo que va el bisnes turístico, pero que no es un experto, como yo, lee toda la entrevista esperando algunas alusiones a algunas menudencias de nada. Por ejemplo, a la estructura real de la propiedad de la planta alojativa y a los capitales que gestionan esta industria; al coste inversor y a los beneficios extraídos (y a su reinversión o expatriación); al impacto económico, laboral y cultural en la sociedad, valorando si es para bien o para mal; a los irresponsables planes de expansión depredadora; a la imbricación de las élites de decisión política y las corporaciones propietarias y gestoras del tinglado turístico (no parece que la reciente Ley del Suelo sea un mal ejemplo de esta confluencia). Pero esas alusiones, o no aparecen explicitadas o no se concretan. Y no creo que sea por un problema de método.

Con estas insuficiencias explicativas de la estructura del poder turístico real no se puede implementar una estrategia alternativa, como se ve en las referencias a lo que debería hacer una abstracta “sociedad canaria”. ¿Acaso no es el conglomerado de élites extractivas, institucionales y mediáticas el que —como sujeto activo— maniata e impide que la “sociedad canaria” —como objeto pasivo— pueda hacer otra cosa que sufrir resignadamente la depredación sistémica de su hacienda? ¿O es que la ciudadanía canaria prefiere libre e informadamente este modelo de turismo insaciable y esta economía desequilibrada, dependiente y neocolonial?

Una estrategia alternativa razonable tendría que arrancar del análisis de la asimétrica estructura del poder turístico canario y centrarse en exigir a los decisores político-institucionales que de forma democrática: (a) limiten la apropiación particularista de beneficios y (b) propongan —si fuera el caso— otro modelo turístico no insostenible y monopólico como es el actual. Y como eso es pedir peras al actual olmo partitocrático-institucional, hay que centrarse en señalar una y otra vez que de manera democrática: (c) sólo las mayorías sociales canarias constituidas en consciente pueblo nacional puede asumir semejante tarea soberana desde la perspectiva de una economía más autocentrada y menos inequitativa. ¿Colaborar señalándolo no es la tarea responsable de una intelectualidad canaria que brilla por su ausencia en la vida pública? Matías González ha planteado con lucidez —e insuficiencia, a mi modesto entender— un punto de vista que bien merece una amplia discusión pública.

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