• ¿Amar a los pobres?

  • Publicado el 11 de Agosto de 2017
  • Buenismo ideológico. Ahí van dos series de preguntas que me hago desde que era adolescente. Primera: ¿debemos amar a los pobres, es decir, debemos amar a algunos seres humanos por su condición extrínseca de ser pobres? ¿Acaso la pobreza es un deseable estado de bienestar? ¿Son los pobres felices? Más en particular, ¿deberían amar su pobreza? ¿Y deberían los ricos amar la pobreza, y hacerlo hasta el punto de convertirse en pobres? Es decir, ¿debería convertirse en pobre de solemnidad gente como Amancio Ortega o Mark Zuckerberg, actuales modelos de éxito para los jóvenes?

    Segunda serie de preguntas: ¿amando a los pobres no se perpetúa la pobreza? ¿Se trata tal vez de que la humanidad entera se convierta en pobre, en “pobre de espíritu”, para que suyo sea —como dice la bienaventuranza— el reino de los cielos? ¿Y deberíamos entonces los humanos aspirar a eternizar la pobreza, amándonos en ella o simplemente a pesar de ella? ¿Es un completo despropósito tratar de erradicarla y procurar que no haya pobres?

    Incuestionable realidad. Por ejemplo, en el 2015, más de tres décadas después de la constitución del primer gobierno canario, el 37,9 % de la población de Canarias estaba en riesgo de pobreza y/o exclusión social. La cifra era más de 9 puntos porcentuales superior a la del conjunto del Estado (un 35 % en 2016, 7 puntos por encima de la media, según informaciones recientes del Instituto Nacional de Estadística). En cifras absolutas, había hace dos años unas 598.000 personas en riesgo de pobreza, de las cuales 17.000 eran incorporaciones de ese año. Además, Canarias tenía la tasa más alta de pobreza extrema entre todas las comunidades del Estado español, y casi 280.000 personas —que suponen el 13,3 % del total de la población— tenían que sobrevivir con ingresos inferiores a 332 € mensuales por unidad de consumo (VI Informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social).

    Si la pobreza fuese un estado de necesidad y de penuria impuesto, ¿hay que erradicarla, sólo aminorarla o desentendernos de ella? Un camarero resabiado de un bar turístico del sur de una de nuestras Islas, con esa sabiduría de la sumisión que tan bien conocemos los canarios, me decía hace unos años, mientras hablábamos de la explotación laboral en el sector: “pobres siempre habrá, no hay que darle más vueltas”. Cuando se lo comenté a un profesor universitario me espetó: “bastante razón tiene, ya está bien de utopías”. Y yo me preguntaba para mis adentros lo que les contestaría aquel joven pensador de mediados del siglo XIX que denunció la alienación del ser humano, la cosificación de las personas y el fetichismo de las mercancías.

    Meritoria meditación. ¿No será el discurso del amor-a-los-pobres una vieja respuesta al ancestral odio-a-los-pobres? La filósofa Adela Cortina presentó hace no mucho una reflexión sobre la actitud de rechazo al pobre que arranca de su muy oportuna propuesta de crear una palabra específica para designar esa aversión. Sugerido hace más de veinte años, el neologismo “aporofobia” —formado a partir de la voz griega á-poros, ‘sin recursos’ o ‘pobre’, y fobos, ‘miedo’— significa ‘odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado’.

    El libro de Cortina es una magnífica aportación a la comprensión social de la pobreza, que es como alambrar un gran campo de excluidos en medio de la sociedad urbanizada, pobreza cuyo primer pilar es esa pulsión de desprecio al pobre que tan fuertemente anclada está en nuestro cerebro antiguo. Y que dificulta la emergencia de la conciencia moral equitativa llamada a dinamitar ese negativo bastión emocional que acepta y justifica la existencia de la pobreza.

    Análisis incompleto. Sin embargo, tratando de superar el viejo teologismo y el nuevo naturalismo que atenazan a la conciencia moral autónoma que ha de cuestionar la pobreza, Adela Cortina no parece contar con más recursos para acabar con ella que los de la democracia y la educación… contra la aporofobia. ¿Es suficiente acabar con el odio al pobre para que no haya pobres? Sería milagroso. Hay aporofobia porque hay pobreza, pero no solo hay pobreza porque haya aporofobia. El odio al pobre no es la causa de que haya pobres. Tampoco la aporofilia erradicará la pobreza.

    Tal vez resulta que concepciones como las de la autora olvidan que la pobreza no es un efecto-sin-causa que aparece por sí solo, por arte de magia, sin raíces estructurales que la generen y expliquen[1]. Si para hacer justicia luchando contra la desigualdad no se va al fundamento causante del problema todo lo que se haga luego termina en caridad y compasión: ruedas giratorias con las que se induce a las gentes de buen vivir a que corran como conejillos de Indias sin que aprecien que ni ellas, ni los pobres, ni la sociedad en la que malviven se mueven un ápice de su sitio. Después de la pobreza, más pobreza.

    Construir alternativas. Los pobres son los que han sido o pueden ser desposeídos de los bienes básicos más preciados para sobrevivir con dignidad: alimentación, vivienda, trabajo, educación, cultura, derechos y libertades. A cambio encuentran rechazo, exclusión y enemistad, o al menos indiferencia. Constituyen un amplio sector de personas que subsisten en una condición de injusticia permanente, impuesta por las minorías que gobiernan las estructuras sociales político-económicas que la producen, la legitiman y la reproducen.

    En sus diferentes variedades esas estructuras forman parte —¿es preciso recordarlo?— de un sistema canalla, tal como lo califica César Rendueles, el sistema liberal-capitalista. En Canarias necesitamos construir estrategias de soberanía autocentradora. Sin soberanía turística no habrá turismo sostenible. Sin iguales libertades de ciudadanía para todos no se erradicará la pobreza. ¿O nos conformaremos pensando que “siempre habrá pobres” y que “no hay más que hablar”? ¿Ni siquiera exigiremos una justa renta básica universal que saque de la pobreza y del riesgo de la pobreza a más de un tercio de la población canaria cuando en estas Islas acogemos hospitalariamente a más de catorce millones de turistas anuales? ¿Estamos todos tan atoletados como para seguir mamando de la lógica injusta de la sumisión?

    [1] Para un excelente análisis histórico de las limitaciones del liberalismo y la democracia para eliminar la pobreza puede verse del sociólogo canario Jorge Rodríguez Guerra “Derechos de propiedad, democracia liberal y pobreza”( en E. Garzón Valdés, J. Muguerza y T. R. Murphy, Democracia y pobreza, Las Palmas, 2011, págs. 85-137).

  • Jorge Stratós
    Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.
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    Después de anchos siglos de vivencia y después de muchos combates de última hora en los que se cuestiona la identidad, el canario queda igual, sin saberse para asumirse. Ángel Sánchez, antropólogo y filólogo
    Granja La Umbría

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