Semanario crítico canario
Desaprender para aprender, ¿también de los catalanes?Fuente: "El jardín" de Joan Miró.

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Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

Acuse de recibo

Desaprender para aprender, ¿también de los catalanes?

Se aprende contra lo aprendido. Se aprende en primera instancia de forma inconsciente, por imitación y repetición de lo que se observa. Pero luego se va más allá, y se aprende a elaborar lo aprendido. Ocurre, sin embargo, que si el saber no ocupa lugar, lo aprendido sí. Y ese lugar —un almacén que al principio se abre a todo lo nuevo— tiende con los años a cerrarse, impidiendo que se siga aprendiendo después de la edad temprana.

¿Por qué se deja de aprender? ¿Por qué llega un momento en el que los errores y engaños (y autoengaños) se reiteran una y otra vez? El aprendizaje maduro implica poner en duda todo lo aprendido en cuestión de creencias y actitudes (ojo, tanto las juveniles como las adultas), para a continuación analizar y ratificar las que se siguen considerando acertadas y desechar las que se muestran desacertadas. Y así de forma continua.

Lo primero es entonces aprender a desaprender. Y hacerlo de forma consciente. Conscientes, además, de que ahora vivimos en una convencional “sociedad de la información” que en la práctica no es más que una aturdida sociedad de la desinformación. Conscientes, por tanto, de que la ocultación, la mentira y el engaño por sistema se extienden como una mancha de aceite envenenado. Hay que desaprender toda la desinformación que nos intoxica y paraliza, hay que discernir analizando la realidad disminuida —por premeditada manipulación mediática— que nos meten por los ojos: una concepción simplista de buenos y malos, de héroes y villanos, que tergiversa cualquier realidad social.

Analizar es interpretar de forma argumentada. El buen análisis siempre será distinto a la mera opinión, aunque hoy, en la sociedad informacional del espectáculo, análisis razonable y opinión arbitraria se confundan más que nunca. Lo estamos viendo estos días, mientras se agudiza el conflicto catalán: ante el recalentamiento de los dos frentes en pugna política proliferan los opinadores maniqueos y escasean los analistas justos.

Al contrario que el vano opinador, el analista cabal se caracteriza —desde los tiempos de la Grecia clásica— tanto por su sosegada reflexión como por su insobornable honestidad. Su mira deberá apuntar contra la dominación desde la equidad, que ni es equidistancia ni neutralidad, como tampoco parcialidad o exclusivismo. Por eso acusa recibo de las problemáticas difíciles a su alcance, sin ponerse de perfil, comprometiéndose. No se somete a la agenda ni a los intereses que a diario imponen las elites de poder. Tampoco se deja llevar por los bajos sentimientos (las pasiones tristes de las que ya hablaba Baruch Spinoza con cordura en los orígenes de la Modernidad): el miedo, el odio, la envidia, la venganza…

Su trabajo es interpretativo y argumental, crítico y constructivo, deliberativo y propositivo. Pone en cuestión todo lo aprendido, sus propios análisis junto a los de los demás, coincidiendo o disintiendo, pero siempre dando razón del porqué de su acuerdo o desacuerdo. Desde el punto de vista del civismo democrático un buen ciudadano ha de ser entonces un analista sensato y activo. Es un ideal irrenunciable, aunque no sea sencillo de llevar a la práctica. De forma especial, ante el poder abusivo.

Tolerancia cero frente el abuso de poder. Porque hay que desaprender las creencias y actitudes de sumisión ante la ofensa, el acoso y el derribo de parte de los poderes públicos y privados. Hay mucho que desaprender y aprender del cuestionamiento del Estado español desde Catalunya. Mucho que analizar sobre lo que en realidad sucede: sobre la rebelión, desobediencia y resistencia de los catalanes insumisos y también sobre los sesgos en los análisis y las actuaciones políticas de las partes enfrentadas, con sus camuflados “estados mayores” dirigiendo sus estrategias.

Empezando por los usos del poder de nombrar, por la constatación de que ponerle nombre a las cosas otorga poder (George Lakoff lo acaba de recordar respecto a los desastres del cambio climático). Para bien y para mal y según se vea. Asunto muy delicado. Así, que la comunidad insumisa concentre sus demandas en la palabra “referéndum”, por poner un ejemplo, es un acierto que ha colocado a los poderes españolistas y sus adláteres ante la tentación antidemocrática. Por el contrario, que la comunidad sumisa se centre en la defensa del “Estado de derecho” ha sido una astucia domesticadora que difícilmente podrán quitarse de encima los alzados contra la legalidad (pese a los abusos de ley). Nombrar empodera, confiere potencia, transfiere autoridad; dejar que te nombren desempodera, produce impotencia, exige obediencia.

De la misma manera, llamar “España” tanto a un Estado como a una nación, de forma indistinta, sin que España sea para nada un Estado-nación, es —y ha sido desde muy atrás— un ventajista y mistificador ejercicio de poder. Del poder abusivo de nombrar: para en-cubrir una realidad y des-figurarla. La realidad resulta así intencionadamente mal nombrada. Porque lo que ocurre es que la nación española se ha apropiado y controla de largo casi todos los poderes del Estado español. El Estado español no es equitativo en el trato que da a su plurinacionalidad. Favorece con descaro a una de sus naciones, la nación española, que ejerce su dominio (de forma constitucional y poco democrática) frente a las restantes naciones, dominio que estas sobrellevan como buenamente saben.

De entre ellas, Euskadi y Catalunya vienen cuestionando con tenacidad los abusos de poder, mientras exigen su derecho a decidir, con más autogobierno y más soberanía. Al contrario que Galicia y Canarias, entre otras, naciones menos avanzadas en su conformación política y más proclives hasta el momento a bajar la cabeza o mirar hacia otro lado. Y así les va, así nos va, a la espera de que lleguen limosnas del llamado —por muchos, sin inocencia alguna— “Gobierno de la Nación”.

La degradación del trilema nacional catalán. El lector o lectora sensible, y especialmente el que se reclina en el indiferentismo acomodaticio, o el que se inclina hacia el impuesto unionismo del “centro” o hacia alguno de los forzados separacionismos de la “periferia”, me estará mentalmente objetando que esas naciones no son tan homogéneas como parece que presupongo, desde cualquier punto de vista que se las mire, especialmente desde el de sus variopintas ciudadanías. He de decir que, en efecto, a mi juicio esa presunta homogeneidad ni existe ni se la espera, en ninguna de las naciones, al menos mientras sigan el patrón democrático. Se trata de realidades de gran diversidad social que solo pueden ser abordadas desde el pluralismo democrático. Hay, pues, muchos aspectos que analizar, aunque —obvio— no procede hacerlo ahora aquí.

Lo que importa, en primer lugar, es reconocer que el pacto constitucional de 1978 (que algunos no apoyamos en su momento precisamente por la articulación territorial) está, cuatro décadas después, roto en Catalunya. Una gran parte de la ciudadanía catalana, hastiada del españolismo centralista del Estado, apuesta ahora por una ruptura democrática (la llamada “desconexión catalana”, para la que el Parlament aprobó una “Ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la República”, Ley recurrida por el Gobierno central y suspendida por el Tribunal Constitucional). No se trata, como hace cuarenta años, de una transición de una inconstitucional dictadura a una democracia constitucional. Ahora se plantea algo en el fondo más fácil, pero más sutil. Se intenta transitar de una democracia constitucional avejentada a una rejuvenecida, a partir de un proceso democrático deconstituyente y reconstituyente que reconozca los derechos nacionales y la soberanía de Catalunya.

Lo que importa, en segundo lugar, es señalar que en potencia hay tres opciones diferenciadas para reconformar la comunidad política catalana: el autonomismo, el independentismo y el autodeterminismo. Pero en la disminuida realidad actual, el españolismo unionista rechaza —de modo autoritario y con abuso de ley— la opción autodeterminista, como bien sabemos, incluida cualquier consulta democrática refrendataria. Mientras, el catalanismo separacionista equipara autodeterminación con independencia —de modo inflexible y también con abuso de ley (desde el punto de vista de la legalidad que cuestionan)—, como a nadie se le escapa. De esta manera —de forma nítida a partir de 1978 y luego in crescendo desde 2005—, autonomistas e independentistas han ido alimentando la polarización extrema de la sociedad catalana, dividida hoy en dos frentes únicos, con estrategias perseverantes de acumulación de fuerzas sociales. Para lo que pueda venir… Porque de momento, son las opciones ganadoras, a cambio de bloquear la situación.

De facto, el trilema nacional catalán ha sido degradado a dilema maniqueo (al igual que en Canarias y restantes naciones del Estado): o se mantiene el statu quo en Catalunya (autonomismo) o se funda un Estado catalán (independentismo), elija usted, por omisión (“legalidad a la española”) o por acción (“democracia a la catalana”). La extrema simplificación de la compleja realidad catalana ha triunfado. Hoy por hoy no cabe ya remitirse a ninguna otra opción. Derrotada la autodeterminación democrática (que permitiría elegir entre estas dos opciones junto a otras más, desde un mayor centralismo hasta alternativas federales y confederales que podrían interesar más a mayorías más amplias), no cabe otra expectativa que afrontar la situación tal cual se presenta, sin escapismo alguno. No quedan reductos para el confort. Cada cual ha de retratarse: o no se sale a “votar” (y se apoya así la prohibición y coacción política, judicial y policial) o se sale a “votar” (y se apoya de esa manera una obligación ilegal pero legítima y la movilización ciudadana).

Lecciones políticas, en breve. A una semana del 1 de octubre de 2017 (fecha señalada por el Gobierno y el Parlamento catalán para la realización del referéndum, referéndum prohibido y reprimido por el Gobierno central y el Poder judicial), nadie debería ignorar dos hechos, que son conocidos desde hace bastante tiempo y perfectamente compatibles: uno, que hay una mayoría de ciudadanos y ciudadanas de Catalunya que desea pronunciarse ese día para que las cosas no sigan de la misma manera, y dos, que hay una mayoría que no está de acuerdo con que la nación catalana se independice del Estado español. Las espadas seguirán en alto. Y sólo cabe esperar que sean espadas simbólicas, sin que desde las cloacas del Estado (del Gobierno central y del Gobierno autonómico, que ambos son Estado) se instiguen actividades violentas de “guerra sucia”.

Frente al miedo retrógrado y la retórica de la tristeza impostada que nos circunda, el que esto escribe, solidario con la ciudadanía que salga a “votar”, rebosa de entusiasmo al constatar que el debate político por la mejora social surgido del conflicto de Catalunya con el Estado español permite desaprender algunas lecciones poli(é)ticas muy negativas y aprender otras muy necesarias, valiosas todas más allá de los límites de la propia contienda.

En resumen: hay que desaprender el dogmatismo y el autoritarismo. También el sectarismo y la exclusión. Hay que desaprender la pasividad y el inmovilismo. Asimismo, la indefinición y el oportunismo. Todos estos vicios políticos se pueden encontrar en la confrontación sobre Catalunya. Hay que aprender, y mucho, del civismo pluralista y no violento de la sociedad catalana. Hay que aprender, además, de su lucha democrática por el cambio político y por el derecho a decidir. E igualmente, aprender del combate popular por la identidad nacional, aunque aún sea bajo una articulación estratégica que por el momento está hegemonizada por su burguesa nacional (asunto pendiente de análisis que ha de quedar para otra ocasión).

Unas preguntas finales (a nuestros preclaros líderes alternativos). Ahora que se ha reabierto el debate sobre la organización territorial plurinacional del Estado español, ¿dónde está, si no el análisis, al menos la opinión política de las cúpulas de los partidos canarios de oposición institucional sobre el conflicto catalano-español? Cuando una vez más se está negando a Canarias incluso la condición de “nacionalidad histórica”, condenada como siempre a la invisibilidad, si no a la inexistencia, casi como un “pueblo sin historia”, ¿no tienen nada que decir sobre los derechos nacionales canarios y el derecho a decidir de esta paciente sociedad? ¿Dónde está la voz pública de los intelectuales y poetas canarios de ahora?

Enlaces:

Sociedad de la desinformación: Max Otte, elpais.com/diario/2010/05/16/eps/1273991207_850215.html

Sociedad informacional del espectáculo: Pablo Ródenas Utray, publica.webs.ull.es/upload/REV%20LAGUNA/07%20-%202000/01%20(Pablo%20R%C3%B3denas%20Utray).pdf

Deliberativo y propositivo: Luis Vega Reñón, publica.webs.ull.es/upload/REV%20LAGUNA/22%20-%202008/03%20 (Luis%20Vega %20Re%C3%B1%C3%B3n).pdf

Ponerle nombre a las cosas otorga poder: George Lakoff, sinpermiso.info/textos/las-marcas-del-desastre-climatico-la-importancia-de-ponerle-nombre

Los abusos de ley: Victoria Rosell, eldiario.es/tribunaabierta/Fiscal-Catalunya-estado_de_derecho-referendum-alcal des_6_688441184.html

Nación española: Jorge Stratós, tamaimos.com/2017/08/25/que-nacion-de-que-naciones/

Frente a las restantes naciones: Ramón Zallo, sinpermiso.info/textos/naciones-sin-estado-una-contradiccin y vientosur.info/spip.php?article6625

Desconexión catalana: lavanguardia.com/politica/20170829/43887752222/ley-desconexion-catalana-preguntas-res puestas.html

En Canarias: Jorge Stratós, vientosur.info/spip.php?article12352

Nadie debería desconocer dos hechos: eldiario.es/politica/catalanes-encuesta-referendum_0_687681559.html

Combate popular por la identidad nacional: Joan Martínez Alier, sinpermiso.info/textos/doble-poder-en-catalunya

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Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

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