Semanario crítico canario
¿Nueva lección desde Catalunya? (II)"Zoom" Antoni Tàpies (1946)

Este artículo lo publica

Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

Acuse de recibo

¿Nueva lección desde Catalunya? (II)

“¿Está de acuerdo el lector o lectora en que vengan (o, mejor dicho, sigan viniendo) desde Madrid a decirle a la ciudadanía canaria lo que es mejor o peor para ella? Pues por la misma regla de tres, no parece de recibo que se haga lo propio con la ciudadanía catalana o con la de ninguna otra sociedad”

La ideología del statu quo. Tanto Felipe González como José María Aznar, expresidentes ambos del Gobierno del Estado durante más de dos décadas en total (desde 1982 a 2004), en su momento aparentes “enemigos irreconciliables”, están —como lo estuvieron en el pasado— completamente de acuerdo en lo fundamental de la concepción y defensa de España como indivisible Estado-nación. Ambos siguen siendo los activos ideólogos del bloque hegemónico del poder político. Son muchas las declaraciones que han venido haciendo a lo largo de los últimos años para recuperar y marcar el camino al nacionalismo español. El último en volver a hacerlo ha sido Aznar, en una larga entrevista en horas de máxima audiencia de la radio de PRISA. Un demandado relato, fácil de asumir para los millones de personas que se convertirán de forma consciente o inconsciente en meros receptores del mensaje. Los voceros del régimen del 78 ya desarrollan el argumentario de forma diligente.

En síntesis, los fundamentos del actualizado relato del nacionalismo español consisten en lo siguiente (caben muchos matices en su interior, como es obvio, pero ruego al lector o lectora que piense si está situado dentro o fuera, o con un pie dentro y otro fuera de esa concepción-marco): “Hemos asistido a un golpe de Estado secesionista en Catalunya que se ha venido fraguando poco a poco, desde 2002. Y en las últimas semanas, cuando los golpistas mandaban, miles de empresas se tuvieron que marchar. Vivimos en el momento más preocupante de las últimas décadas, por encima del golpe de Estado del 81, de la crisis económica actual, etcétera. Entre Catalunya y España no existe problema alguno porque son lo mismo. Hemos visto una reacción espectacular de la nación española. Tenemos que preocuparnos de los que no quieren la independencia. Es el momento de las fuerzas constitucionalistas, que son PP, PSOE y C’s; el momento de defender el Estado de derecho y el Estado de las autonomías, que ya hace mucho que fueron completados. La aplicación del artículo 155 es un acierto. Si ganan los independentistas en las próximas elecciones estaremos peor y Catalunya se situará en la ilegalidad, la secesión, la rebelión y el imperio de la anarquía”. Ese es el relato político del ultimísimo españolismo. ¿Variaciones? Las que se quieran, pero dando vueltas en la misma noria. ¿Alternativas? Esa ya es otra cuestión…

Izquierdas prepotentes. La cuestión Catalunya-España es un problema múltiple: por un lado, conflicto entre el nacionalismo catalán y el Estado español (aspecto general del problema); por otro, antagonismos varios en la sociedad catalana; en tercer lugar, control del Estado español por parte del nacionalismo españolista (aspecto fundamental del problema); además, política de amenazas del Estado español al resto de naciones; y por último, disputas variadas en el resto de naciones del Estado (con mayoría abrumadora del españolismo, excepto en Euskadi).

Todo ello ha puesto en evidencia que las autodenominadas izquierdas, casi todas (se entienda lo que se entienda por “izquierda”), andan perdidas en un túnel de muy difícil salida, sin alternativas reales. Dejemos a un lado a aquellas izquierdas que son de vocación antidemocrática (desde mi óptica no se debería calificar de “izquierda” a una opción antidemocrática, aunque se hace, no lo negaré, pero ese es otro cantar, dado que muchas palabras se usan con diferentes, y a veces contrapuestos, sentidos). Las izquierdas democráticas de fuera de Catalunya no aciertan en el diagnóstico de lo que se debería hacer, ni a medio ni a corto plazo, al margen del relato ideológico del españolismo. Los bandazos, por ejemplo, de las jefaturas de Sánchez, de una parte, e Iglesias y Garzón, de la otra, lo ilustran. No porque sus prescripciones para Catalunya sean más o menos equivocadas (no entro ahora en ello), sino porque deberían abstenerse de hacerlas. Aunque, como dice Aznar, si Catalunya y España son los mismo, ¿por qué abstenerse de intervenir?

¿Está de acuerdo el lector o lectora en que vengan (o, mejor dicho, sigan viniendo) desde Madrid a decirle a la ciudadanía canaria lo que es mejor o peor para ella? Pues por la misma regla de tres, no parece de recibo que se haga lo propio con la ciudadanía catalana o con la de ninguna otra sociedad. En este sentido, acuso recibo del siguiente comentario (escrito originalmente en catalán): “Escuchen españoles: ¿por qué no se preocupan, estudian y reflexionan sobre España? Vuestro problema no es Catalunya. Vuestro problema, y grande, es España. Con Catalunya o sin ella, vuestro problema seguirá siendo España. Preocupaos de España: tenéis un montón de trabajo”. Realmente es duro oírlo. Pero la comentarista tiene en parte razón al plantear ese “dejen de intervenir en nuestros asuntos” (entendiendo que se refiere a la España-nación), aunque no tiene toda la razón porque voluntariamente ignora a la España-Estado (de la que Catalunya hoy por hoy forma parte, quiera o no quiera).

¿Impartir o aprender lecciones? Venía ese comentario a propósito del artículo de un analista (que, por lo demás, el que esto escribe tiene por amigo) que desde Madrid sugiere lo que sería mejor para los catalanes. Simplificando, venía a decir que lo idóneo es un acuerdo “no frentista sino transversal” entre los dos sectores más cercanos de los dos bloques sociales ahora enfrentados ideológica y políticamente. Algo así como un acuerdo que fuese apoyado por dos tercios del Parlament (hay que suponer que necesariamente nucleado por un pacto entre PSC y Catalunya en Comú) con objetivos como la reforma federal de la Constitución, un nuevo sistema de financiación, un mejor reparto competencial, más inversiones estatales en infraestructuras y algunas otras medidas que atiendan a la singularidad catalana (hay que suponer entonces que también a partir de otro pacto entre PSOE y Unidos Podemos, al menos).

Una propuesta semejante no parece viable en la práctica, al menos en la actualidad. ¿O es que el PSOE no ha pactado con el PP la aplicación del artículo 155 a Catalunya, provocando así una enorme herida de difícil y lenta cura? Pero es que, además, proceder de esa manera es pedir a los demás que aparquen sus propios proyectos para proponer el propio, como se le señalaba al autor en otro comentario. Es una actitud en la que todos incurrimos a veces. Se llama “racionalización”. Una forma distorsionada de “racionalidad” que resalta los datos de la realidad que mejor le cuadran a uno para justificar la superioridad de su análisis y propuesta, desechando los datos que nos resultan incómodos y que permiten refutar el análisis y la propuesta, por defectuosos.

He traído a colación todos esos ejemplos de injerencia mayor o menor para recordar que en esta sección he escrito varios artículos sobre el gravísimo conflicto catalano-español en sus principales dimensiones, artículos sobre los hechos y sobre las opiniones deformadas y deformadoras que de forma reiterada se emiten al respecto. Pero quiero resaltar que siempre lo hice y lo hago desde otra perspectiva. De una parte, tratando de considerar todos los acontecimientos relevantes (y no sólo los que me vienen bien para defender esto o lo otro). Y de otra parte, tratando de preguntarme por las lecciones que podemos aprender los canarios de la realidad catalana, por y para nosotros mismos. Pero nunca para arbitrar desde aquí lo que deberían hacer los catalanes. No sólo resultaría ridículo, es que es irrespetuoso. Ahí reside la diferencia entre la mentalidad de imposición al otro y la mentalidad de reconocimiento del otro. La línea de demarcación entre ambas mentalidades es la calidad de la democracia que cada una conlleva, muy escasa en la primera y óptima en la segunda. Porque la mentalidad de reconocimiento se ha de guiar siempre por el autorrespeto y en consecuencia por el respeto al otro (algo que desconoce la mentalidad de imposición, en sus pulsiones intransigentes, autoritarias y punitivas). No es una cuestión menor.

Sensatez ante todo. Quizá la única excepción ahora en la izquierda templada sea ese solitario islote de dignidad y educación que lleva por nombre Iñaki Gabilondo. Debo reconocerlo, aún sin estar a veces de acuerdo con sus análisis diarios. No hace mucho tuvo la valentía de escribir una columna con el contundente título de Me equivoqué. ¡Chapó! Admitía que se había columpiado pronosticando un “viernes negro” que no se produjo el día de la no-proclamación de la República catalana (por mucho que se diga, aunque las resoluciones aprobadas, por cierto, también han sido suspendidas por el Tribunal Constitucional). Su error, según decía, consistió en sobrevalorar a unos e infravalorar a otros, riesgos que admitía que seguirá teniendo que afrontar en sus interpretaciones (y los demás en las suyas, cuando nos aventuramos por los terrenos incógnitos de la predicción y sobre todo de la apuesta infundada). El gesto autocrítico es muy valioso y bien merece ser resaltado, por necesario y por infrecuente, en una escena pública tan sectaria. Porque por mucho que el sectarismo se vista de moderado en sectarismo se queda. Sin embargo, por mi parte más bien creo que la equivocación consiste en haber infravalorado tanto el potencial ofensivo del españolismo gubernamental como el potencial defensivo del catalanismo nacional.

Una semana después, Gabilondo, en otra inteligente columna, elevaba la mirada más allá de las elecciones del 21 de diciembre. Y lo hacía para advertir que esas elecciones no serán el “punto final al desbocado conflicto catalán”, sino probablemente todo lo contrario. “Sea cual sea el resultado, ese día solo será —según dijo— el mojón de un largo camino, en algunos casos tortuoso camino”. En efecto, falta poco más de un mes para esas elecciones, convocadas por un Gobierno del Estado que ha tomado la ilegitima decisión de ocupar e intervenir el autogobierno de Catalunya por la fuerza, de cesar al Govern, de disolver el Parlament y de perseguir y encarcelar a los responsables de ANC y Omnium y a algunas las máximas autoridades de la Generalitat. Y se puede conjeturar que el conflicto entre la nación catalana y el Estado español se extenderá por “un largo y tortuoso camino”. En la tercera entrega de este artículo habrá que ver cómo, pese a todo, de la activa Catalunya actual se pueden extraer algunas provechosas lecciones más para la ciudadanía canaria. Realismo y utopía se combinan de forma paradójica y ardua, pero obligada. No se debe olvidar que el pesimismo por sistema, al igual que el optimismo, son, en tanto que filosofías quietistas y psicologistas de la historia, unas pésimas filosofías.

Enlaces

Una larga entrevista: José María Aznar, cadenaser.com/programa/2017/11/07/hoy_por_hoy/1510070705_772641. html?autoplay=1

Lo que sería mejor: Eugenio del Río, ctxt.es/es/20171101/Firmas/15980/catalunya-sociedad-plurinacional-independencia-referendum-pacto-de-estado-eugenio-del-rio.htm

Las lecciones que podemos aprender: Jorge Stratós, tamaimos.com/acuse-recibo/

Me equivoqué: Iñaki Gabilondo, cadenaser.com/programa/2017/10/31/hoy_por_hoy/1509435538_308041.html

La no-proclamación de la República catalana: eldiario.es/catalunya/resolucion-JxSi-Constituimos-Republica-independiente_0_701680023.html

Más allá de las elecciones: Iñaki Gabilondo, cadenaser.com/programa/2017/11/07/hoy_por_hoy/1510040460_ 363563.html

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Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

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