Semanario Crítico Canario
¿Nueva lección desde Catalunya? (y IV)Botellas y cuchillo (1912), Juan Gris

Este artículo lo publica

Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

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¿Nueva lección desde Catalunya? (y IV)

Falacias políticas que hay que evitar. Después de haber planteado los dos dilemas antagónicos que surgen al preguntarse —al estilo de Galeano— por qué el mundo está patas arriba (cuando desde un punto de vista democrático y justo debería ser a la inversa), toca ahora desenmascarar dos de las falacias o sofismas con las que esos dilemas se combinan. Ambos sofismas envilecen los discursos políticos predominantes y no podrá haber “nueva” política mientras se reproduzcan comportamientos tan deleznables. El actual conflicto en Catalunya es una contraescuela en la que se pueden aprender muchas lecciones, en sentido negativo y también positivo.

Las falacias son algo así como un atropello fraudulento de las reglas argumentales de la deliberación democrática, por error o para obtener ventajas. La primera es un sofisma que se da mucho en política y que consiste en acusar a los demás de hacer algo que uno hace también, pero ocultándolo. Es la llamada “falacia de autoexceptuación”. Cuando alguien denigra a todos los nacionalismos del mundo mundial para descalificar uno en concreto (por ejemplo, el catalanismo, tal como hizo recientemente Mario Vargas Llosa en Barcelona, con un auditorio presencial de cientos de miles de personas y una audiencia televisada de millones) y, al tiempo, oculta que lo hace desde otro nacionalismo (en el caso mencionado, desde el nacionalismo españolista en el que se situó), incurre en esta primera falacia. Es un engaño político consciente, o un engaño y autoengaño inconsciente, en cualquier caso inaceptable.

La segunda falacia que hay que evitar es esa que consiste en desautorizar los argumentos de los demás recurriendo al insulto personal. Se trata de la denominada “falacia contra la persona (ad personam)”. Cuando alguien en la contienda actual injuria a la persona que ocupa una presidencia (por ejemplo, la del Govern de Catalunya, que es algo que está ocurriendo a diario en estos últimos meses), o insulta a la persona que ocupa la presidencia del Gobierno del Estado español, da igual, o a otros responsables políticos, para así desacreditar lo que dicen y hacen, está incurriendo en esta segunda falacia. Argucia emocional o argucia calculada, en cualquiera de los casos es otro intento de ganar dividendos políticos de forma fraudulenta. Téngase en cuenta que con esta base se montan amplias campañas de desinformación y calumnias contra personas, grupos, instituciones, etcétera.

Lecciones (negativas y positivas) que imparten élites poderosas. Exceptuarse de forma engañosa, por un lado, y descalificar a los demás en vez de refutar sus argumentos, por el otro, son tretas ventajistas que invalidan los discursos políticos y deterioran el debate público. ¿Puede una sociedad democrática aceptar estos comportamientos sin desbaratarse? Este tipo de sofismas políticos, por muy habituales que sean, no dejan de ser ilegítimos, tanto cognoscitiva como moralmente. Son artimañas para persuadir de forma tramposa. “Vieja” política, esto es, política execrable, que practiquen también algunos de los que un día dijeron que harían una “nueva” política. (Entre paréntesis: traigo estas dos falacias a colación no sólo porque —desde siempre y ahora mismo— envilezcan la política, sino también para establecer los límites que uno mismo se debe prescribir no sobrepasar).

Sin embargo, los correveidiles y voceros de los con-poder (los de unos y de otros, los de más acá y de más allá) insisten desde-arriba en que todo en el conflicto catalano-español se desarrolla entre políticos “buenos” y “malos”. En sus falaces rutinas (propagandísticas, pero disimuladas) dicen que los propios ofertan lo que es bueno para la Sociedad, el Pueblo, la Democracia, la Legalidad, la Constitución, el Estado o el sursuncorda. Porque sí, viene a ser el motivo, porque son los suyos. Y dicen que los políticos ajenos ofertan exactamente lo contrario, lo que es malo para la Sociedad, el Pueblo y bla, bla, bla. Porque sí, porque no son los suyos. Y los Juan Luises Cebrianes del turno actual están más belicosos que nunca, o como mínimo perpetuándose por los servicios prestados, como el gran guía.

En campaña electoral los sofismas se publicitan de forma redoblada, como ahora estamos padeciendo, en Catalunya y en todos los territorios del Estado; en las redes digitales, con más ardor guerrero, si cabe. Pero todas esas políticas de los con-poder, mejores o peores, son bastante similares al menos en los aspectos fundamentales que he señalado: tienden a incurrir en falacias maniqueas inaceptables, que casi siempre son impuestas desde-arriba, sin que lo advirtamos del todo. Y gran parte de las ciudadanías sumisas lo asumen de forma acrítica, ingenua a veces, cínica otras. Lección negativa, sin duda, que podemos convertir en positiva: son comportamientos que no deberíamos consentir.

Democracia autoritaria para tiempos de indignidad. Desde hace muchos años, y más en el presente, las cúpulas del poder partidista, afectadas en gran parte por el síndrome de Hybris, no han sabido o querido interpretar las demandas de sus representados, convirtiendo los mandatos que les otorgan en falsos cheques en blanco para hacer y deshacer a su antojo. Piénsese por un momento en el binomio corrupción-democracia. La corrupción viene siendo juzgada en algunos pocos casos y desde hace no mucho, a velocidad de caracol. Pero es una corrupción enquistada en el Régimen democrático y que viene del Régimen de la dictadura: en la democracia nunca llegó a ser atajada. Implica sobre todo a grandes empresarios y a una parte sustancial de las élites del poder político y administrativo del Estado. Robo sistémico a la ciudadanía en sectores como la construcción y el suelo, la energía y el consumo, la banca y el crédito, los gobiernos y los partidos.

Pero en cuanto se insinúa una crítica a la connivencia entre democracia y corrupción, los defensores a ultranza del Régimen del 78 tiran de “argumentario” y no quieren saber nada al respecto. Lo uno (la democracia) por lo otro (la corrupción), vienen a decir, justificando de facto a la segunda y degradando de esta manera a la primera. Una democracia que admite corrupciones y corruptelas, que convive incluso con prácticas legales pero ilegítimas, antidemocráticas a fin de cuentas, es una democracia que va rebajando cada vez más su calidad, en clara deriva autoritaria. Aún no se sabe a dónde llegará este insostenible declive, pero sí sabemos que el camino actual no apunta hacia la mejora de la situación social de las mayorías ciudadanas.

Y así, de derrota en derrota se ha llegado al (solo en apariencia) caos actual: se trata de una situación política de completa excepción. Con una Catalunya ocupada por la fuerza y una Generalitat intervenida; con un Govern legítimo cesado; con un President en el exilio y la mayor parte de los Consejeros presos (hasta este momento); con un Parlament disuelto y unas elecciones ilegítimas en puertas (aunque cada vez más legitimadas); con una problemática separación de poderes y una judicatura ultraconservadora desbocada; en fin, con un Gobierno democrático-autoritario, inmovilista y represor, que es el principal responsable de la situación (con la inevitable colaboración de los grandes capitales catalanes en fuga y el apoyo explícito de los Estados que acaudillan la Unión Europea), la excepcionalidad de la situación no se puede negar. La furia y fiereza del Leviatán estatal ha quedado al descubierto. Shock, humillación, castigo, venganza. Pero todo ello no exime de responsabilidades políticas a quienes también han malinterpretado el mandato soberanista del pueblo catalán, con propuestas simplistas y excluyentes bastante desacertadas (pese a que todos los acuerdos proindependentistas aprobados por el Parlament lo fueron —hay que recordarlo— por mayoría absoluta, aunque sin mayorías sociales amplias que los respaldasen —también hay que decirlo).

Lecciones (positivas y negativas) que se extraen de un pueblo en pie. Cuando los jóvenes radicalizados del 11-M de 2011 se reunieron y lanzaron el “No nos representan” se referían tanto a asuntos inaceptables como el de la impunidad de la corrupción en democracia, como a la deriva cada vez más conservadora de un Régimen democrático que coarta su presente y su futuro. Impugnaban el pacto de la Transición, que se hizo entre las élites del poder para la continuidad del férreo control oligárquico del Estado español ya con Régimen democrático. Atisbaron que la disminución de los contenidos igualitarios del “Estado social y democrático de Derecho” había empezado casi desde su misma “constitución”, con muy pocas excepciones, contrarreformándolo y recentralizándolo durante décadas mediante “democráticas” leyes parlamentarias y decretos-ley gubernamentales. Fue una refrescante y directa lección positiva.

En los tres últimos lustros, ni las cúpulas unionistas de Catalunya ni las independentistas supieron interpretar de forma adecuada las ansias socio-políticas nacional populares catalanas. Los federalistas y confederalistas, en particular, ni estuvieron, ni se les esperaba por entonces. Ni unos ni otros (y tampoco los restantes), supieron comprender y formular de forma inclusiva las exigencias de dignidad, soberanía y autogobierno de la pluralista nación catalana. Eso sí, mucha palabrería para trocar en “tristeza” lo que es la alegría de sentir a un pueblo que esforzadamente no quiere vivir arrodillado; palabrería vana que llama “fractura” a la voluntad de deliberar y participar de forma solidaria, sin las riendas de los de arriba; provocación de “miedo” al debate, a la controversia, a la pasión por mejorar las condiciones de vida. Son intentos de transmutar en negativa una lección positiva de una ciudadanía que reivindica, con aliento de largo recorrido y de forma pacífica, una identidad nacional propia. Y que demanda su derecho a decidir y autogobernarse. ¿Qué delito es ese?

De un lado están los que se niegan —y siempre se negaron de hecho— a mejorar un ápice el statu quo de Catalunya (ni concierto ni inversiones económicas, ni transferencias ni consulta política), desde la fuerza ideológica del españolismo (en su vertiente antidemocrática) y la fuerza política (económica, jurídica y represiva) del aparato del Estado que controlan. Tratan, una vez más, de rentabilizar electoralmente su anticatalanismo en el resto del Estado (incluido el amarre de Canarias, pero con la excepción de Euskadi). Es la miserable táctica del “cuanto peor, mejor (mejor para el unionismo españolista)”. El ejemplo concreto de la represión es obligado: se encarcela de forma arbitraria a los responsables no-violentos de los movimientos políticos nacional populares (como Jordi Cuixart y Jordi Sánchez), mientras se atenúan los presuntos delitos de los irresponsables violentos de las agrupaciones ultras que de nuevo proliferan con incomprensible permisividad.

Del otro lado están los que, perdida la paciencia y la lucidez, simplificaron la exigencia política de un proceso constituyente republicano en Catalunya (que es algo distinto a otro proceso estatuyente autonómico, que obliga además a un proceso reconstituyente del Estado). Y confundieron —es decir, tergiversaron— el derecho democrático a decidir (el derecho a la autodeterminación nacional), identificándolo en exclusiva con la independencia estatal (desconociendo que la independencia nacional, como no-dependencia, no implica de forma obligada la fórmula Estado independiente). Es también la ceguera cortoplacista del “cuanto peor, mejor (mejor para el independentismo catalanista)”. Ha sido una dura lección negativa. Pero que se puede convertir en positiva.

En conclusión. Una parte al menos de la partitocracia de Catalunya, la más plural de España, tal vez todavía pueda aprender y transformar los errores en aciertos: solo se necesita dejar de imponer ofertas desde arriba (españolismo unionista e independentismo catalanista) y pasar a escuchar demandas desde abajo (sociales y nacionales), dejar de tomar decisiones que favorecen a la minoría de privilegiados y pasar a aprobar resoluciones que beneficien a las mayorías más desfavorecidas. Decir “no” no basta, en efecto, como siempre ha sucedido.

Un “pueblo” sometido, pasivo, dócil, no es un pueblo en sentido político, no es un populus en el sentido que tenía el término en la Roma republicana clásica. Es tan solo una plebe, una población, anómica, dependiente, dominada y hegemonizada por sus minorías de poder coaligadas con la oligarquía central (la fotografía de la casta económica abandonando Catalunya, en comandita con sus compadres del IBEX y la CEOE, para ahogar las luchas nacional populares, será ya imborrable e imperecedera).

Sin embargo, en Catalunya se asiste a una pugna contra la hegemonía oligárquica. Porque un pueblo solo se autoconstruye en la lucha tenaz por su dignidad, por su soberanía y por su autogobierno. Haciéndose con el puesto de mando, desde abajo (desde la democracia como forma de vida decente) en dirección hacia la izquierda (hacia horizontes de mayor equidad como justicia social). Es a lo que llamo poli(é)tica de la legitimidad. Que, entre otras cosas, sustituye los abusos desigualitarios en las democracias por usos democráticos equitativos.

Para todo ello, el pueblo —como sujeto colectivo, complejo y diverso— ha de guiarse por una estrategia de contrahegemonía nacional popular articulada bajo criterios democráticos, pluralistas e inclusivos, criterios de igual libertad e iguales derechos/deberes para cada ciudadano/a y para toda la ciudadanía en su conjunto. Para que quede aún más claro, esa estrategia ha de ir suprimiendo —de forma pacífica, material y formal— los grandes privilegios que los poderosos desde siempre se autoconceden en todos los órdenes (porque los privilegios no son derechos, son su antítesis).

Enlaces

Las falacias: Luis Vega Reñón, filosofiayliteratura.org/Lindaraja/argumentacion/falacias.htm

Perpetuándose: Fernando López Agudín, publico.es/fernando-lopez-agudin/2017/11/17/la-caida-de-cebrian-la-crisis-del-ppsoe/, y también Juan Carlos Escudier, publico.es/escudier/2017/11/17/juan-luis-cebrian-se-ofrece-a-espana/

El síndrome de Hybris: Peter Garrard, lavanguardia.com/lacontra/20171115/432893748062/el-poder-cambia-el-cerebro-de-quienes-mandan-y-obedecen.html

La corrupción: Iñaki Gabilondo, cadenaser.com/programa/2017/11/16/hoy_por_hoy/1510819286_715264.html

Una corrupción enquistada: redacción La Marea, vientosur.info/spip.php?article13168

Los partidos: Irene Castro y Belén Carreño, eldiario.es/politica/Banco-Espana-entidades-ocultaron-financiacion_0_ 708679483.html

Castigo, venganza: Antoni Puigverd, lavanguardia.com/opinion/20171120/433030864652/la-tristeza-de-la-victoria.html

Se atenúan: elnacional.cat/es/politica/suspenden-encarcelamiento-ultras-blanquerna_214662_102.html

Algo distinto a otro  proceso estatuyente autonómico: Javier Pérez Royo, eldiario.es/zonacritica/Ley-escrita_6_710488963.html

Decir “no” no basta: Naomi Klein, http://www.eldiario.es/internacional/Naomi-Klein-podemos-nacionalistas-mejores_0_705880501.html

Este artículo lo publica

Jorge Stratós. Analista poli(é)tico y miembro desde hace más de un cuarto de siglo del Clan del Don, un espacio de vida, pensamiento y diálogo compartido con otros heterónimos, entre los que se cuentan los filósofos J. Lapv y Pablo Utray, el activista político Jorge Guerra y el profesor Pablo Ródenas.

Reacciones
  • Enhorabuena por estos artículos, más lo anteriores (claros, críticos e insumisos). En esta jungla, hay muchas trampas falaces. Se ha menospreciado a un pueblo con generalizaciones (egoísta, insolidario o adoctrinado). Se ha inventado la posición del adversario con afirmaciones ajenas a lo que ha dicho (falacia del muñeco de feria). Se ha recurrido a todo un Premio Nobel ante el que sería un descrédito sostener una opinión contraria (falacia de apelación a la autoridad). Pero lo peor, se ha recurrido a la falacia de apelación al bastón, a la razón de la fuerza. Por otra parte, los líderes soberanistas no parece que hayan valorado la mejor forma de afrontarlas. Sabemos que aceptar la responsabilidad penal, aunque se discrepe de cómo la interpreta la autoridad, es una buena forma de mostrar nuestro profundo convencimiento en la rectitud de la causa que defendemos, para despertar el sentido de justicia y humanidad de un españolismo bastante insensible a lo otro y los otros. Gracias.

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