Semanario Crítico Canario
América empieza en Canarias (II)*Fuente: GEVIC.

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Opinión

América empieza en Canarias (II)*

Segunda parte de esta serie de artículos que trata las relaciones de América y Canarias a través de la navegación. No es una investigación historiográfica científica, sino divulgativa y como tal ha de leerse

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El español atlántico. Uno de los aspectos donde se hace más patente la historia común de América y Canarias es en la proximidad de sus hablas. Comparten el español atlántico, formado por la misma onda de expansión colonial que recorrió el océano.

Si remontásemos la corriente del tiempo para buscar la fuente de todas las variantes del español que se hablan en América llegaríamos a una playa antillana, en una ensenada al abrigo de los alisios, donde los españoles fondeaban las naves y construían sus primeros asentamientos. Esos hombres que se habían pasado semanas navegando juntos, desligados de sus tierras y comunidades, ahora se encontraban en un mundo desconocido donde dependían unos de otros para sobrevivir. Mientras ponían las piedras de los fuertes o levantaban las empalizadas, sus acentos se fueron nivelando y mezclando, amalgamando en una nueva habla. Es lo que se llama la koiné, una lengua que resulta de la mezcla de gentes de idiomas mutuamente inteligibles. Esta koiné, formada durante los primeros treinta años de la conquista americana, se constituyó como la lengua distintiva del Nuevo Mundo, a la que los colonos llegados posteriormente se adaptarían. Así, cuando comienza la conquista del continente desde las Antillas, que constituyeron el campamento militar de los españoles para asaltar el continente, el idioma que llega ahí es el español aclimatado de los colonos antillanos, que serán reclutados para las expediciones continentales. Este es el idioma que se va a propagar por América Latina, como demuestra el hecho de que los indigenismos provenientes de las lenguas arahuaca y caribe, que datan de la aclimatación del español durante el primer periodo antillano, sean más numerosos que el de las grandes lenguas amerindias que los españoles se encuentran una vez ya está establecido el español americano, y se impongan por doquier en detrimento de las correspondientes palabras indígenas locales (como es el caso de maíz, cacique o hamaca).

Según el Catálogo de Pasajeros a Indias la mayoría de los fundadores de la koiné que dio lugar al protoespañol americano fueron andaluces de las provincias Huelva, de donde partió el primer viaje de Colón, y Sevilla, que se establecería pronto como sede principal de la empresa americana. No es difícil de entender que los andaluces, cercanos al mar y a los astilleros, que vivían en la vanguardia de la expansión europea y que convivían en sus tierras con las gentes que iban y venían del Nuevo Mundo, fueran los que se enrolaran en mayor número.

Sevilla, por aquel entonces, era una ciudad puntera y cosmopolita, desde donde se estaba tejiendo la historia moderna. En sus calles confluían portugueses, venecianos, florentinos, banqueros y mercaderes genoveses, marineros sicilianos y griegos, capitanes vizcaínos, negros, mulatos, indios, soldados y aventureros de todas partes de la Península Ibérica. Resulta lógico pensar que el español sevillano tuvo una influencia más allá del número de colonos sevillanos porque, aunque el sevillano no gozara del mismo prestigio que tenía el español que hablaba la corte en Toledo, debía ejercer una mayor atracción a los oídos de todos aquellos venidos para embarcarse en la empresa americana, que solían pasar una temporada en Sevilla antes de embarcarse.

No sólo eso, la influencia sevillana también se debió a sus mujeres. Más de la mitad de las colonas que emigraron durante la primera época antillana, según el Catálogo de pasajeros a Indias, eran sevillanas. Siendo por lo general las mujeres más dadas a la comunicación que los hombres, más aún en aquella época con pocas distracciones, y siendo muy importantes en el desarrollo lingüístico de las generaciones siguientes por dedicarse a la crianza, debieron ejercer una influencia mayor a su número en la formación del español americano.

Uno de los rasgos que caracterizaban al español sevillano ya a finales del siglo XV era el seseo. El çeçeo, como se le decía en la época, fue resultado del proceso de ajuste de consonantes sibilantes que sufrió el castellano medieval, que divergió hacia el castellano septentrional, donde las cuatro sibilantes medievales se redujeron a la ese y a la característica zeta peninsular, mientras el meridional acabó fusionando todas las sibilantes en una ese dorsodental. Que el seseo era algo típico de Sevilla y que llegó a América tiene la prueba Bernal Díaz del Castillo, quien escribe en el México de 1519 que un capitán venido de Sanlúcar “çeçeava como un sevillano”. Sin embargo, no tardó en imponerse en la koiné antillana, y posteriormente en todo el español americano, el seseo como norma, e incluso el propio Bernal Díaz del Castillo, años después, tras toda una vida en América acabó confundiendo las esses, eses, çedillas y zetas que en su Castilla natal sí se diferenciaban como demuestran las cacografías de su Historia verdadera de 1568 (sertificaba, abonansó, ençenada y otras).

También en el caso de Canarias, la koiné que se formó a medida que fue desapareciendo el tamazight insular de los aborígenes, que dejó algunas palabras en el habla isleña y mucha toponimia, tuvo mucha influencia del sevillano, y no es casualidad que uno de los barrios de la captial grancanaria se llame Triana, como el barrio marinero de Sevilla. El rasgo más distintivo del canario, sin embargo, lo aportaron los colonos portugueses, que fueron el grupo más numeroso en las islas realengas: Tenerife, Gran Canaria y La Palma (en esta última fueron tantos, que aún se hablaba un dialecto insular del portugués a comienzos del siglo XX en el norte de la isla). Fue cuando el portugués aprendió a hablar como un andaluz que nació el español canario. Con ellos, el canario se volvió particularmente cantado, nasal y las vocales a final de palabra se cerraron. También trajeron su vocabulario, y así el canario no come maíz sino millo (del portugués milho), fecha la gaveta (port. fechar a gaveta) en vez de cerrar el cajón, no se sumerge sino margulla (mergulhar), si tiene maña o destreza dice que tiene geito (jeito), cuando le entra la pena dice que siente magua (mágoa), y el nunca más se convirtió en más nunca (mais nunca) igual que el nada más pasó a ser más nada (mais nada).

Los alisios no sólo impulsaron las ondas migratorias, desde Andalucía a Canarias y América, que formarían el español atlántico, sino que también lo dejaron marcado con el salitre de los viajes en barco. No es de extrañar que los recién llegados a Canarias o a América, después de un tiempo en el espacio reducido y sin intimidad de un barco, escuchando noche y día las órdenes de los marineros, acabaron influidos por la jerga marina. Más aún cuando el único contacto que tenían con la metrópolis era a través de los marineros que les traían víveres o correspondencia. Fue así como el habla coloquial de Canarias y América incorporó términos náuticos como halar (con la hache aspirada del castellano medieval) para decir tirar, que originalmente significaba tirar de un cabo; o botar para decir echar o arrojar, que originalmente hacía referencia a la acción de echar un barco al agua.

La narración de Eugenio de Salazar, un madrileño del siglo XVI que dejó sus tierras del interior para viajar a Santo Domingo, da una idea del proceso lingüístico que experimentaron estos colonos: “Y no es de maravillar que yo sepa algo en esta lengua, porque me he procurado ejercitar mucho en ella, tanto que en todo lo que hablo se me va allá la mía. Y así para pedir la taza muchas veces digo: larga la escota. Cuando pido alguna caja de conserva digo: saca la cebadera. Si pido una servilleta digo: daca el pañol. Si llego al fogon digo: bien hierven los ollaos. Si quiero comer o cenar en forma digo: pon la mesana. Cuando algún marinero trastorna mucho el jarro le digo: ¡oh! Cómo achicáis. Cuando otro tira un cuesco (que pasa muchas veces), digo: ah de popa. Así que ya no es en mi mano dejar de hablar esta lengua”.

* El autor es Christian Linder, licenciado en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Al acabar la carrera navegó en un velero de Canarias a América, donde vivió varios años. Después también ha vivido otros dos años en Gran Canaria. El autor envió el artículo para su publicación en Tamaimos.com.

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