Semanario Crítico Canario
La Alemania de Angela Merkel y el avance del trumpismo*Fuente: 80 grados.

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La Alemania de Angela Merkel y el avance del trumpismo*

Mientras en los Estados Unidos se vive bajo los signos de la indiferencia, la crueldad y la ignorancia del presidente Donald Trump en asuntos relacionados a los refugiados y últimamente en lo que tiene que ver con el destino de miles de niños latinoamericanos separados de sus progenitores, en Europa se observan ya dinámicas que son igualmente vergonzosas y nada parece sugerir que pronto habrá algún cambio que beneficie a los ya maltratados exiliados. Lo que expresan líderes identificados con las mismas visiones que las del frívolo Trump sobre las estrategias europeas dirigidas a atender los refugiados provenientes del Mediano Oriente y África, sugieren para el futuro medidas gubernamentales no menos duras y represivas que las que el Presidente estadounidense ha permitido y fomentado en el sur de su país. En estos días cientos de africanos recorren el Mediterráneo en botes que definitivamente tardan demasiado tiempo en anclar en puertos receptivos, pero la situación podría empeorar, como puede también complicarse aún más en los Estados Unidos.

En Alemania la canciller Angela Merkel confronta un reto muy serio de parte del liderato del Partido Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, organización hermana del Partido Unión Demócrata Cristiana (CDU) que ella dirige y que es uno de los miembros de la alianza con la que la doctora en Física gobierna la República Federal Alemana desde el 2005. El otro es la socialista Social Democracia Alemana (SPD), que en esto la respalda, pero que ha mantenido cierta distancia del embrollo porque podría irle la vida como consecuencia del reto a la Canciller.

La CSU, de la cual es líder un pasado gobernador de Baviera de nombre Horst Lorenz Seehofer y que desde hace apenas dos o tres meses se desempeña como Ministro del Interior en el gabinete de Merkel, ha amenazado a esta con quitarle el imprescindible respaldo para mantener la coalición si no modifica su política en torno a los exiliados, política que es reconocida mundialmente, aunque no de modo unánime, como una justa y generosa a partir sobre todo de  la bienvenida que le diera a los cientos de miles de sirios en un momento cuando la guerra en su país era más cruenta.

Los derechos de los refugiados, que es como se debe muy justamente describir el asunto en una época en la que hay alrededor de setenta millones de ellos recorriendo las distintas fronteras a través del globo terráqueo, se ha convertido en un tema de rigor en la esfera pública europea en los últimos años, pero en la Alemania de Merkel ha alcanzado recientemente tal magnitud que podría implicar la caída de la alianza tripartita que dirige y el fin de un mandato que de no concluirse en los próximos tres años y medio que hipotéticamente todavía le quedan, constituiría el más extenso en la historia del país, aún más que el del legendario Konrad Adenauer en las ya remotas décadas del cincuenta y del sesenta del siglo veinte.

El bávaro Seehofer, político católico y conservador y en esto fiel representante de las mayorías de la provincia bávara del sureste alemán, astutamente logró ser designado Ministro del Interior hace algunos meses y ahora alega que presentará pronto un plan articulado para atender la crisis de los refugiados si la Canciller no le presenta a Alemania y a Europa, finalmente, uno suyo. Pero no se trata de un acto de desprendimiento del líder de los social cristianos sino de otra movida astuta dirigida a atender el reto que significa para su colectividad la organización  Alternativa Para Alemania (AFD). Esta se le está haciendo cada vez más atractivo a los votantes tanto de su partido, la CSU, como al partido de Merkel, la CDU. El político teme que una mayoría del electorado allí y en otras partes de la nación llegue a creer que la AFD, algunos de cuyos dirigentes se valen de tonos francamente fascistoides al atender el tema de marras y otros, llegue a ser la mejor portavoz de una Alemania que, según estos últimos, se expone bajo el actual gobierno a perder su personalidad en una comunidad que de todos modos sienten cada vez menos europea.

En el panorama de la política germana, la AFD, creada apenas hace cinco años, pero que ya se ha convertido en el principal partido de oposición, ha ocupado un espacio que no había contado con representación desde los tiempos del nacional socialismo hitleriano. Exceptuando algunos grupos ilegales de neo nazis, nadie hasta ahora se había atrevido a expresarse en términos tan claramente xenofóbicos como lo hacen sectores de esta organización. Pero su hostil postura de intolerante rechazo para con lo que entienden que es una sobreabundancia de exiliados que habitan el país y con respecto a la permanencia de Alemania en la Unión Europea tiene cada vez mayor respaldo.

La AFD exige que se abandone la Unión Europea, según ya lo solicitara Inglaterra y como lo plantean cada vez más organizaciones políticas en países como Italia, Hungría y Polonia, entre otros, y se regrese al marco alemán, moneda a la cual le puso fin el euro. Insisten en que en tiempos recientes ha habido concesiones dadivosas para los exiliados en el área de los servicios sociales, la salud y la educación que supuestamente salen de los bolsillos del pueblo germano, el cual, continúan alegando, no ha sido consultado al respecto, mientras, por ejemplo, escasean aumentos adecuados a las pensiones de los jubilados que ya viven en la pobreza. Sin embargo,  contrario a lo que expresó torpemente el presidente Donald Trump, en Alemania no han subido los índices de criminalidad y por lo tanto este no ha sido un issue, aunque sí lo son asuntos relacionados con las diferencias religiosas que separan a los recién llegados de los alemanes que ya habitan el territorio, pero que también en su momento, aun cuando se trate de algo que ocurrió hace algunos siglos, fueron emigrantes.

Se trata de reclamos con los que se identifican sectores de la población que han votado tradicionalmente con los social cristianos de Baviera y los demócrata cristianos del resto de Alemania. El ministro Seehofer es muy consciente de que la Alternativa para Alemania podría llevarse un porcentaje significativo de sus electores si su partido, el CSU, no asume cuanto antes la representación de tales reclamos. Mientras Merkel no percibe tal peligro para el suyo por responder a una población en el resto de Alemania menos homogénea y menos conservadora, excepto en las antiguas provincias de la desaparecida República Democrática Alemana, la llamada Alemania del Este, donde el aumento en el crecimiento de la Alternativa para Alemania provendría del Partido de Izquierda, cuyo respaldo se haya entre los que añoran el antiguo régimen soviético.

No debe sorprender que Merkel esté pensando más en su legado histórico que en estrategias electorales. En su cuarto término ya, absolutamente nadie cree que pueda volver a correr y ya las encuestas apuntan hacia una reducción de la simpatía con la que ha contado para mantenerse en la jefatura de gobiernos construidos mediante complicadas alianzas, sobre todo con la Social Democracia (SPD), cuyo respaldo ha ido desapareciendo y por lo cual en situaciones como esta se muestra impotente.

Por su lado, Seehofer se siente atraído por la posibilidad de ser el primer canciller alemán proveniente de una Baviera frecuentemente rechazada por el resto del país que se mofa del acento de sus habitantes, y hará lo posible por acabar con la Alternativa por Alemania apropiándose de su agenda derechista. Para lograrlo, desde luego, no titubeará en modificar los derechos de los exiliados que Angela Merkel ha promovido y se unirá a gobernantes reaccionarios como Viktor Orbán en Hungría, Sebastian Kurz en Austria y el también recién designado Giuseppe Conte en Italia, quienes ya implantan políticas que apuntan hacia tiempos borrascosos para la convivencia mundial.

Nos podemos imaginar que el presidente Trump, quien se ha mostrado poco receptivo con la Canciller, muy pronto se le acercará a Seehofer, al igual que a los otros líderes del área ya mencionados, y como lo ha hecho con el presidente ruso Vladimir Putin, y sugerirá alianzas que fomentarán  nacionalismos populistas, una combinación letal, que hará cada vez más difícil la sobrevivencia de líderes representativos de visiones políticas generosas y solidarias. Lo que ocurra en las próximas semanas en Alemania nos revelará cuán seria es esta amenaza, sobre todo para los millones que tanto en los Estados Unidos como en la Unión Europea aspiran a que se les respeten sus derechos como exiliados y como seres humanos.

* El autor es Rafael Aragunde. Fue profesor de Filosofía y Humanidades de la UPR en Cayey, donde también fue Rector. Luego se desempeñó como Secretario de Educación de Puerto Rico. En la actualidad es Catedrático del Recinto Metro de la Universidad Interamericana, donde enseña cursos de filosofía y cultura. Entre sus publicaciones se encuentran Hostos, ideólogo inofensivo, moralista problemático y Sobre lo universitario y la Universidad de Puerto Rico. El autor fue publicado originalmente por 80 grados. Está compartido bajo Licencia Creative Commons.

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