Semanario Crítico Canario
Desmasculinizar la mirada*Myrna Báez.

Los libros más valiosos, sin embargo, siempre terminan expulsándonos. Nos devuelven a lo que tenemos alrededor, y eso resplandece ahora bajo otra luz. Miramos más atentamente, nos hacemos preguntas menos fáciles, agradecemos la posibilidad de seguir estando, de que el tiempo no se nos haya acabado todavía.
–Rodrigo Hasbún

Otros Ángulos

Desmasculinizar la mirada*

Las mujeres siempre han contado en Puerto Rico, o para ser precisa, con las mujeres siempre se ha contado en Puerto Rico. En la distribución casi universal de roles de género la mujer ha sido llamada a ser ancla de la sensatez, ángel del hogar, madre abnegada, esposa y obrera, madre soltera emprendedora, la de los pies en la tierra, madre de la nación, algo así como los marineros de la barca de Odiseo que se taponaban los oídos y seguían remando mientras a Odiseo lo torturaban de placer los cantos de las sirenas y se contaba su historia y no la de los marineros, y en la casa Penélope esperaba en tanto él veía, imaginaba, se batía con monstruos formidables, fornicaba a gusto y se representaba el mundo a su imagen y semejanza. Para las mujeres han sido las dobles y triples jornadas de trabajo agobiante; para los hombres, hasta hace poco, el ejercicio de la violencia y, en algunos casos, los sublimes oficios.

Conocemos de sobra las dolorosas situaciones de las artistas y escritoras, porque se han documentado y reivindicado, al menos desde la emergencia de los feminismos. Para la fecha de publicación de Aquí cuentan las mujeres: muestra y estudio de cinco narradoras puertorriqueñas (1996) editada por María M. Solá, impresionaba un conjunto de escritoras. Se armaban colecciones de narradoras y de poetas como se reconoce un momento excepcional. Lo asombroso es que hasta entonces, en Puerto Rico, se hubiera pasado por alto a escritoras mayores, tan dignas de atención y lectura como Violeta López Suria y Marigloria Palma. En la antología de René Marqués, Cuentos puertorriqueños de hoy (1959), no hay una sola mujer. El mismo René, para quien debe haber sido doloroso ocultar su homosexualidad en un país perseguidor de diferencias y de revoluciones, escribió sobre el machismo como reivindicación patriótica al alcance de los escritores. Aquel machismo no descendía solo de la brutal herencia colonizadora española. También traía ráfagas del machismo de los años cincuenta en Estados Unidos, una especie virulenta de misoginia que se ha ido transformando sin desaparecer desde los años de la posguerra y el regreso de Odiseo a casa, donde le esperaba el solaz de una familia cuidada por “su mujercita”.

En 1996, treinta y cinco años después de la publicación de Cuentos puertorriqueños de hoy y dos años antes de la antología de Solá, Harold Bloom publicó The Western Canon, una nómina de veintiséis autores cimeros, imprescindibles, donde se daba cabida sólo a cuatro mujeres, una de las cuales escribía con seudónimo de hombre. La lista de cien mejores novelas en inglés armada en 2015 por un tal Robert McCrum incluyó 21 novelas escritas por mujeres, entre ellas la del  seudónimo de hombre y otra que el autor añadió con rubor, como un “guilty pleasure”. En marzo de 2018 una revista “para mujeres”, La guía femenina, incluyó dos mujeres en su lista de diez escritores latinoamericanos imprescindibles: Gabriela Mistral e Isabel Allende. En 2015, la revista Universia, había publicado una lista de quince, trece hombres y dos mujeres: Gabriela Mistral e Isabel Allende.

Veamos la coyuntura actual en Puerto Rico, trascendida ya la exclusión de las mujeres de las antologías literarias y de la esfera pública (aunque no igualadas en representación, en gobierno, en salarios, en la distribución de la riqueza). ¿De cuántas maneras cuentan las mujeres que cuentan?

Hay muchas maneras de ser mujer y de “contar como mujer”. La materialidad de la literatura está hecha de detalles reveladores, de puntualidades, así como de reglas rotas, sentimientos cimarrones, situaciones equívocas, conflictivas, caóticas. Se han multiplicado los modos suspicaces, políticos, de escritura y de lectura, de construcción y recepción, pero la escritura es un lugar que desde la subjetividad persigue la libertad y la intensidad que no han sido posibles en este mundo.

Sin embargo, ese lugar se construye con palabras y desde el orden social. Ese lugar que aspira a rebasar los límites está hecho de silencios y cegueras; del horizonte de posibilidades que la lengua, el orden social y la tradición imponen.

En Puerto Rico las mujeres cuentan y con ellas se cuenta. No obstante, la figura arquetípica del gran autor sigue siendo masculina, porque proclamar la existencia de un autor mayor implica ya un gesto de dominio generalmente aceptado, y es por lo tanto imposible que una autora ocupe ese lugar central. Quiero decir que la noción misma de una figura dominante en un proceso literario parece más bien masculina. No concibo en Puerto Rico a una figura cimera en las letras que se identifique como mujer. Se cuenta con la escritora en cuanto promotora cultural y empresaria, como antóloga y editora, como mujer de letras, pero no como voz sistemática, consistente (es decir, dura), coherente, profética y lúcida. Eso es imposible, quizás porque el lugar común de ser mujer denota una debilidad, una idiosincrasia que no se presta bien a la racionalidad, a la coherencia, a la voz aplomada del gran escritor.

Alguien dijo hace tiempo que la literatura puertorriqueña es fofa, blanda y menor. Me molesté. Ahora ya no. Decido pensar que una literatura menor, la que presta atención a las vidas ordinarias, la que no se escribe con pretensiones de diagnóstico ni de melancólico juicio condenatorio, es literatura de minorías en una lengua mayor, y es literatura propia de las autoras y de los autores de las colonias, pero tiene siempre, aunque no lo pretenda, un giro contestatario de la colonia. Reclamar la libertad en la escritura se asemeja a vivir fuera de la colonia en un espacio personal, mental, asediado. Desde esa literatura menor podría ser posible una descolonización de la escritura, y a la par, necesariamente, una “desmasculinización” de la mirada.

Se han señalado las inequidades e imprecisiones del lenguaje. En el caso del español, la expresión del género privilegia la figura dominante en derecho: el propietario, el padre de familia, el portador de autoridad. Desmasculinizar la mirada y la escritura entrañaría pasar por el tamiz de la crítica esa naturalización del poder. No se refiere tan solo a la manera de escribir o de ignorar a las mujeres, sino también a otras aprensiones que limitan el campo de la mirada. La voluntad de desmasculinización explora otros prejuicios, además de las nociones de género, y atañe tanto a autoras como a autores. Como cuando, por ejemplo, Derek Walcott, desde la perspectiva del poeta negro de un territorio colonizado, compara autores cuya escritura exhibe la lacra del racismo con otros como Joyce, que “are beyond this self-disfigurement” y en cuyos libros  no predominan aires de masculinidad moralizante. Podría decirse, entonces, que la invitación a desmasculinizar la mirada está implícita en la crítica descolonizadora. [1]

El narrador boliviano Rodrigo Hasbún lo explica así, en un ensayo sobre  Natalia Ginzburg:

A veces la manera más contundente de narrar los grandes hechos, la gran Historia, digamos esa que deja en ruinas a todo un país, es recurriendo a las historias minúsculas. En otras palabras, es posible contar buena parte del siglo veinte italiano centrándose nada más en una familia, en la historia de quiénes entraban y salían de una casa. Menos siempre puede ser más. Y otra cosa: en lugar de juzgar a los personajes, en lugar de mirarlos desde muy arriba, mejor ponerse a su lado y entenderlos y perdonarlos… Vale la pena cuestionar cada tanto la mirada dominante, lo que a menudo significa desmasculinizar la mirada, esa que en mayor o menor medida todos tenemos un poco incorporada. En términos técnicos esto quiere decir que siempre hace falta preguntarse desde dónde acercarse a los personajes, desde dónde narrar sus historias. También quiere decir, siguiendo algo que decía ella misma, que hay que aprender a rechazar las mentiras de nuestro propio pensamiento, de nuestras propias palabras. [2]

No siempre es menor la mirada de las mujeres ni prepotente la mirada de los hombres. Hay muchas maneras de ser mujer, y habría que pensar en el deseo deliberado de escribir como hombre, o de poner en escena un vertiginoso cambio de lentes, como en el Orlando de Woolf, o, en el Póstumo envirginiado de Tapia. No obstante, decir masculino, en el sentido ordinario, es convocar imágenes muy cercanas a la autoridad, a la superioridad de fuerzas, o a su contrario, a la obsesionada mirada de quien ve a la mujer como arpía que desmasculiniza y “pide” un trato violento, en vez de liberar la mirada al ponerse en el lugar de la otra sin pretender usurpar su derecho a representarse; en lugar de ejercer el difícil rigor de la escritura para, vuelvo a citar a Rodrigo, apreciar las maneras en que, heroicas o banales, la inmensa mayoría de las mujeres han logrado “sobrevivir en un mundo dominado por los hombres y sus imposiciones y su confusión”.

En Puerto Rico, donde la situación colonial suele remitirse a una falta de masculinidad, sin tomar en cuenta el carácter que requiere sobrevivir ante un coloso como el imperialismo estadounidense, y el valor cotidiano de las mujeres resistentes, la persistencia de una mirada patriarcal autoritaria matiza de cierta manera la encrucijada de la coyuntura política y la dificultad de unas convergencias. Sería lamentable una convocatoria que adoptara por mimetismo, la prepotencia de la mirada imperial o de su antagonista fallida, la mirada señorial criolla, herida y resentida. El privilegio de degradar con aire de dominio y corrección a la otra, al otro, es una herencia amarga. La crítica se diluye y desviste de complejidad cuando desemboca en regaño de figura paternalista, o de matriarca soberbia.

Las rupturas descolonizadoras son la labor de nuestro tiempo, y van aparejadas con una ética cuestionadora del poder propietario sobre el medio ambiente, los animales, los pueblos y los cuerpos. La invención de otros mundos, más abiertos y generosos, es una virtud literaria.

* Primera parte de la conferencia en la jornada “Aquí cuentan las Mujeres”, realizada entre agosto y septiembre de este año en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. 

______________________

[1]  Derek Walcott, “The Garden Path: V. S.Naipaul”, What the Twilight Says: Essays, New York, Farrar, Strauss, Giroux, 1998, p.129.

[2]  Rodrigo Hasbún, “Las grandes virtudes de Natalia Ginzburg, La Ventana, portal informativo de Casa de las Américas, 23de enero de2018. Red cibernética.

* El texto es de Marta Aponte Alsina originalmente publicado por 80 grados. Compartido bajo Licencia Creative Commons.

Los libros más valiosos, sin embargo, siempre terminan expulsándonos. Nos devuelven a lo que tenemos alrededor, y eso resplandece ahora bajo otra luz. Miramos más atentamente, nos hacemos preguntas menos fáciles, agradecemos la posibilidad de seguir estando, de que el tiempo no se nos haya acabado todavía.
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