Semanario Crítico Canario
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Crónicas de Berbería XVII: Agadir de arriba

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(Las Palmas, 1983). Licenciado en Historia y docente. Apasionado de la historia y etnografía canaria fue Asesor histórico en los cortometrajes de ‘Ansite’ y 'Mah' de Armando Ravelo. Guionista y asesor del documental etnográfico 'Juego del Garrote Canario. El rescate de un legado' dirigido por Jusay Mahamud. Estudiante de idiomas, actualmente está realizando el doctorado sobre historia y socio-lingüística en Canarias.

Opinión
  • Publicado el 26 de octubre de 2018
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Crónicas de Berbería XVII: Agadir de arriba

He aquí las crónicas de un joven historiador canario que vivió durante medio año en la ciudad de Agadir en el vecino Marruecos. Ejerciendo la tricontinentalidad olvidada de un pueblo descentrado que sigue dando la espalda a su propio continente.

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Desde que llegué y la vi sabía que un día tenía que ‘conquistar’ la colina de Agadir Ufella (pronunciar ufel-lá) ⴰⴳⴰⴷⵉⵔ ⵓⴼⵍⵍⴰ o ‘Agadir de Arriba’ en lengua amazigh. Mi interés radicaba, no sólo en ser la atalaya que domina la ciudad, sino en su carácter histórico y geológico. Es lo que podríamos considerar el ‘centro histórico’ de la urbe ya que el resto fue arrasado por el terrible terremoto de 1960 que tuvo este punto como epicentro.

La elevación de Agadir Ufella domina la bahía con la llamativa inscripción en su falda con el lema árabe اللهالوطن الملك (Allah, al-watan, al-malik) ‘Dios, Patria y Rey’, dominando así la playa día y noche –esta última gracias a la iluminación nocturna-. Esta es la divisa del Reino Alauita y la podemos encontrar también en montañas de otras ciudades del país. En su cumbre podemos contemplar la famosa fortaleza o Kasbah. A sus pies, hoy encontramos el puerto de la ciudad donde antaño se ubicaba el núcleo primigenio de la ciudad fundada en torno al año 1500 por los portugueses con el nombre de Santa Cruz de Aguer, es decir, unos años después de culminada la Conquista de Canarias por sus vecinos castellanos.

Era un lugar estratégico entre dos reinos que existían en el momento; el de Marrakech y el del Sus. Esta especificidad nos recuerda la fundación de Las Palmas; también una urbe fundada entre dos ‘reinos’ indígenas: Agaldar y Telde. Las crónicas portuguesas describen el hecho:

Cuando el -Don Francisco de Castro- construía esta villa, le da el nombre de Santa Cruz del Cabo de Guer de Agua de Narba; y le llama Santa-Cruz porque el castillo tenía sobre la parte más alta la cruz [de la orden de Cristo]. Esta villa está situado entre dos reinos, a saber el reino de Marrakech y el de Sus. (…) Esta villa fue atacada tanto de un lado como de otro, tanto que el pertenecía a los Cristianos, (…)”.

Crónica de Santa-Cruz del Cabo de Guer (Agadir) Siglo XVI.

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La ascensión

Era pleno invierno pero ese día el solajero rajaba las piedras. Preguntando pude llegar al camino que sube hasta la cima, si bien paralelamente sube una carretera desde la ciudad. Pero tenía que vivir por propio pie la ascensión a lo alto y así fue. Un camino en zigzag cargado de historia y vistas espectaculares salpicadas por una flora seca formada por aulagas, matos espinosos, una especie de cardones de pequeño tamaño y reducidos especímenes de árbol de argán. A la llegada ya se podía divisar los deteriorados muros a causa de los siglos y los efectos del terrible terremoto de 1960. Un aparcamiento, un chiringuito y los típicos camellos, rodeaban la fortaleza con el constante trasiego de visitantes y turistas de todos los orígenes. Lo impresionante era la vista de la fortaleza en la que se podía divisar la ciudad y la inmensidad de la costa de la región del Sus.

Un amable camellero me ofreció hacerme una foto con su camello para proceder a cobrarme la friolera de 3 euros por tres fotos y que, obviamente, me negué a pagar teniendo en cuenta que no me informó con anterioridad. Este tipo de situaciones son muy típicas en las zonas turísticas del país y, con el tiempo, entendería progresivamente estas dinámicas que el visitante no advertido puede considerar desagradables.

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La fortaleza actual fue construida a partir de 1572 sobre las ruinas del asentamiento portugués tras ser derrotados estos últimos en 1541 y posteriormente expulsados por el sultán Mohammed ech-Cheikh. Posteriormente, entre épocas de apogeo y posterior declive, la orgullosa Agadir Ufella fue acogiendo una ciudadela en su interior hasta el trágico terremoto de 1960 que supuso la muerte de miles de personas en el lugar.

Lo que más sorprende es el estado de deterioro y abandono del recinto que se explica por la nula inversión y la oposición de los parientes actuales de las víctimas que consideran el lugar como la sepultura de sus familiares contrarios a posibles obras. A la entrada de la fortaleza aún podemos leer la inscripción de 1746 en holandés –a causa de los comerciantes de la época- y en árabe de  « Vreest God ende eert den Kooning », que significa « Cree en Dios y haz honor a tu Rey ». Las ruinas del interior se encuentran sepultadas y salvo algún amago de excavación la zona parece condenada, de momento, a seguir guardando los secretos de su valor histórico.

A la vuelta en el descenso por el camino hace incluso más calor…mientras abajo observo el océano y reflexiono sobre los episodios del pasado que se vivieron en esta rada y dejaron huella escrita, pero también sobre los que no. Especialmente esos costeros canarios que pescaron durante siglos en estas aguas cercanas al Cabo de Guer contemplando esta añeja construcción que dominaba ya esta parcela del Atlántico.

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