Semanario Crítico Canario
Invasiones*Foto: MIsión Verdad.

Otros Ángulos

Invasiones*

Miras al cielo, aguzas el oído, revisas las redes y los canales de noticias: ni un misil, ni un avión, ninguna fuerza militar de ocupación. Respiras aliviado: “No nos han venido a invadir”. Y entonces perdiste la primera batalla. No detectar los movimientos del enemigo (que está aquí adentro hace rato) es empezar a perder.

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Ya era incómodo y preocupante oír a los andinos o descendientes de andinos despojarse de la musical textura de su acento para imitar el habla caraqueña, o lo que los jóvenes creen que es la modulación caraqueña (¿caraqueña de dónde? ¿De El Cafetal o de La Pastora?). Es exactamente la misma preocupación que en Francia y en España: los oídos alerta han detectado que se han ido perdiendo o haciéndose cada vez más difíciles de escuchar en la gente común las modulaciones, la riqueza de los giros y expresiones locales, porque los franceses de todas partes quieren hablar como los parisinos, y los españoles de todos los extremos copian o imitan el habla madrileña. El caso español se revela ahora mismo un poco más enrarecido, por ciertas exigencias oficiales: los canarios andan espantados porque en las escuelas quieren obligar a los niños a decir “vosotros” en lugar de “ustedes”.

Pero acá se ha extendido un fenómeno que hasta hace muy poco era patrimonio o expresión de zonas fronterizas, cosa lógica o normal. Paras la oreja en el mercado, en el transporte público, en la calle de nuestro sufrimiento ciudadano, y empiezas a notar huellas y cicatrices verbales, a encontrar piezas de un rompecabezas (y rompesociedades): muchachos muy jóvenes, andinos, llaneros, caraqueños, guayaneses, larenses, llamarse entre sí con expresiones como: “Qué hubo, parce”, “Oiga, hombe”. No es la simple palabra y ni siquiera la entonación con que se pronuncia, sino la actitud que la acompaña. Lo malo no es copiar expresiones del habla colombiana: lo malo es que nuestra gente comience a creer que lo colombiano es mejor o superior que lo venezolano.

Cierto que uno de los materiales conductores y difusores de la cultura es la imitación. Pero hay detalles. Ese amoldarse a las formas es nada, comparado con el sustrato de desprecio que viene adentro: el discurso antichavista que habla de muerte y destrucción “a los que nos trajeron a esta situación” suena en las calles como una orquesta. Por aquí el comerciante que roba a un ciudadano, y mientras lo roba lo convence de que su estafa y su aumento despiadado de precios es culpa de Maduro y de los chavistas, y más allá el coro de bachaqueros de la palabra que trata de convencerte de que Colombia es más chévere y que vivir en Venezuela no vale la pena.

La preocupación por el lenguaje que se pierde y el que se adopta, que si tú quieres puedes considerarla una preocupación menor, trae en el fondo de la maleta algo más serio y de agrio registro: encuentra uno gente de todas las edades que habla de Cúcuta con la misma emoción con que el alienado promedio se refiere a Disneylandia. A mucha gente la impresiona eso de estar en un lugar donde se puede comprar barato (dicen) y “de todo”. Gente que compró la “explicación” miserable, insultante, socorrida y de paso falsa, pero de moda, para tratar de entender nuestras penurias económicas: “A los colombianos les va bien porque trabajan; en Venezuela nos acostumbramos a que nos regalen todo”.

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Una invasión cultural puede no ser preocupante. Ciertos signos o efectos sicológicos colectivos (políticos) de esa invasión, sí lo son.

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La invasiones o penetraciones culturales no son trágicas ni perversas, casi nunca.

Casi: hay que verificar antes si esa penetración fue con violencia y por medio del trámite de la muerte y la destrucción de lo que había. Hay elementos culturales que penetran y se expanden mediante el simple y sabroso trámite del gusto popular, y ahí ya no hay nada que hacer, como no sea culpar a la industria musical de que el larense Pastor López haya hecho las maravillas que hizo con el cancionero colombiano. ¿Es una competencia eso de imponer gustos musicales? Yo creo que no, pero si lo fuera entonces pues nos jodieron: Diomedes Díaz se escucha más que El Carrao de Palmarito en las radios venezolanas. ¿Es eso una derrota? Sigo creyendo que no, pero acepto que eso depende de muchas cosas. Por ejemplo, de cuán profundo indaguemos en lo que viene “detrás” del simple encariñamiento con unas letras y unos acordes.

El sentido y función original de los himnos es la exaltación del fervor patriótico entre los connacionales. Si un pueblo siente más emoción al escuchar el himno del enemigo que el propio, ese pueblo está perdido. Pero como la canción popular no conoce fronteras nacionales, queda en el ambiente la simbología más profunda, la de la clase: el canto de los pueblos, hechura de trabajadores y de gente esclavizada o empobrecida (canta llanera, vallenata, ranchera; canta de la negritud que se hizo jazz y derivó hacia todas las variantes del hip hop, incluido el reguetón, duélale a quien le duela) hermana más que cualquier himno nacional, entre otras cosas porque todos los himnos nacionales del puto mundo son europeos. Los himnos oficiales son la canción de la cultura hegemónica que dominó al mundo. ¿Es esta una invitación a que empecemos a escuchar con más atención y menos drogadicción semiótica los acordes del “Gloria al bravo pueblo”? Lo es. Por mucho que te digan que “eso” es venezolano, es bueno ir recordando que, estructuralmente, esa composición es europea hasta las metras (niños, no se dejen estafar: las metras también son europeas).

Tiembla y se indigna el aterrorizado anti-vallenatero, con ese terror tan hermano de la xenofobia, o rotundamente xenofóbico, porque en el transporte público venezolano se escucha más vallenato que cualquier expresión “nuestra” (el muy andaluz joropo, la muy neoyorkina salsa, el muy extinto merengue caraqueño). Cree o sospecha el alarmado adversario del acordeón (instrumento cuyo origen, por cierto, nada tiene de colombiano) que lo que viene de afuera es algo que debemos rechazar, así como están rechazando a tantos venezolanos en países vecinos y lejanos; detestan los ataques xenofóbicos y creen que la mejor forma de combatirlos es con respuestas xenofóbicas.

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Afinar el oído: escuchar lo que se dice trae cierto asunto crítico referido a la seguridad ciudadana.

Cunde y se desparrama la anécdota o testimonio, sospechosamente parecido o igual en todas partes, de las miles de veces en que a un venezolano le robaron un repuesto, prenda o bolsa de comestibles que acababa de comprar en Cúcuta. Llevaba la cosa o cosas encimas, y de pronto se dio cuenta de que no las tenía: pues las perdió o se las tumbaron. Cuando se lo contó al cuidador de carros que le buscó conversación en el estacionamiento (¿cómo le fue? ¿Todo bien?) éste cogió un teléfono e hizo una llamada. Al poco rato se presentó un muchacho con las cosas robadas, el cuidador de carros dejó asomarse en su cinturón la cacha de una pistola y le dio unas cachetadas al joven: “Eso es para que aprenda a respetar a los señores de Venezuela, para que no vuelva a robar”. El muchacho entrega las cosas pero dice algo en su defensa: “Yo no robé al señor, esto me lo conseguí botado en la calle”. El cuidador le pregunta al venezolano: “¿Este muchacho le arrebató esto? ¿Lo apuntó con un arma para que se lo diera?”. El venezolano, sorprendido, le dice la verdad: pues no, es primera vez que veo a ese chamo. El cuidador le dice entonces: “Pues ahora usted le va a dar 5 mil pesos al muchacho y le va a pedir disculpas, y me va a dar 5 mil a mí por haberle recuperado sus cosas”.

El remate de la anécdota siempre viene acompañado con el comentario en tono adulante: “Allá los paramilitares te garantizan la seguridad, si hablas con ellos no dejan que te roben”.

Y como cada quien se deja estafar como le dé la gana, el cuento se ha popularizado a la misma velocidad que los paracos: desaparecida o desentendida la policía de la protección de ciudadanos venezolanos, miles de güevones cruzan la frontera todos los días, y el que agarre uno, es de él.

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Todos sabemos y muchos han hablado de la proliferación de iglesias evangélicas en Venezuela, la invasión pentecostal. El distraído pudiera decir que se trata de una invasión de carácter puramente religioso, y otro un poco más suspicaz puede fijarse en el aspecto económico, en el culto o iglesia como negocio. Hay algo un poco más adentro, y más afuera.

Primero, va algo sobre el procedimiento, el método o modus operandi de la propagación. A una iglesia o culto “A” acuden habitualmente unas 70 personas; un pastor discursea, hace su ejercicio de exaltación de la palabra del señor, y del pueblo de Israel. El pueblo elegido. En este justo momento, usted, lector atento y pendiente de las jugadas globales y geopolíticas, tal vez sienta que no necesita que se le diga más nada. Pero sí, hay algo más. Tiene que ver con el método de inseminación del tejido social.

En algún momento de la existencia del culto, comienza a descollar entre el grupo un fiel o feligrés (un “cuadro”, lo llamaríamos en otros ámbitos) con igual capacidad histriónica, discursiva o caletrera. Ese destacado discípulo entrará en conflicto con el pastor y se marchará de ese culto para crear otro unos metros más allá: bienvenidos al culto “B”. Conozco comunidades populares en la capital de Barinas en las que funcionan de tres a cinco cultos en cada cuadra: cultos C, D, E, F. Cada nuevo pastor necesita nuevas ovejas; en cada culto es normal que acudan docenas de personas. Y créalo: en cada nuevo culto del destacado nuevo pastor surgirá otro líder que fundará otra iglesia más allá, y en esa otra habrá nuevos pastores en potencia, que crearán nuevos cultos. Eso se llama metástasis: G, H, I, J, K…

En esos cultos se exalta el sionismo de muchas maneras, disfrazadas casi siempre con regorgallas retóricas. Imposible que usted ablande a un militante evangélico explicándole que la masacre de palestinos es una cosa fea, mala e inhumana: como es Israel (la élite del gobierno) la acusada de masacrar, entonces usted está metiéndose con Israel (el pueblo elegido), y cuidado con insistir mucho en eso, te estás metiendo con las sagradas escrituras.

Viajas por Apure, de Mantecal a San Juan de Payara, y ves iglesias evangélicas por todas partes. Te adentras hacia el sur en la inmensidad de Amazonas y ves como se profundiza el fenómeno: en mitad de esa carretera colosal que se acerca al Orinoco ves un cartel de bienvenida a una comunidad cuyos integrantes son del pueblo guajibo. Dice: “Bienvenidos a la comunidad de Shalom”.

También en Barinas, adonde viví unos pocos años, supe de pastores que ofrecían viajes a la “Tierra Prometida” en paquetes razonables y hasta atractivos: vas allá, te cubres de santidad al contacto con esa tierra bendita y pagas en cinco años. Si con gran ardor defiende a Israel un evangélico pobre que no ha salido de su pueblo, sin siquiera saber nada de esa cosa o país sino lo que dice la Biblia, imagínense los niveles de fanatismo de esa persona después de haber tocado con sus manos el Muro de los Lamentos: ese es uno de los ejércitos que están cobrando forma por aquí adentro. Metástasis de defensores enfurecidos de un presunto pueblo elegido.

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A la luz de las actuales tensiones entre los gobiernos de aquí y de allá pudiera decirse que ese rechazo a la música de Colombia, y luego a otros productos culturales, es un matiz más del rencor político, pero uno hace memoria y se encuentra con que en los años 70 y 80 el desprecio a aquel vallenato (que sí era música buena: no esa asquerosa deformación en que lo convirtieron de los 90 para acá) traía su carga racista y clasista. Igual que a los géneros y bailes populares de todos los tiempos (salsa, bolero, vals, blues, rock, merengue, ranchera, cumbia, tango, reguetón), se ha dicho alguna vez, o se sigue diciendo, que era o es música de criminales y de tierrúos: “Deberían prohibir eso, que no es música”.

Molestosa y trágica frontera, esa que nos puede hacer calificar como pueblo alerta o como conglomerado derrotado por la xenofobia.

* Texto de José Roberto Duque originalmente publicado en Misión Verdad. Compartido bajo Licencia Creative Commons.

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