Semanario Crítico Canario
La evolución geopolítica de Canarias, de la conquista al turbocapitalismo*Playa de las Teresitas. Fuente: mikezwei / Pixabay.

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Opinión

La evolución geopolítica de Canarias, de la conquista al turbocapitalismo*

Los Archipiélagos son una realidad muy peculiar. Desde luego no son  continentes, pero tampoco son islas solitarias, apartadas del resto de territorios. Por el contrario, “sus” islas son compañeras inseparables que constituyen la afloración marina de algún continente (ya sumergido o todavía no surgido del todo).

Hasta tal punto se diferencian que, si las islas tienen una personalidad evidente y compacta, la de los archipiélagos es compleja y confusa. Porque sus relaciones con el resto del mundo se ven afectadas y comprometidas por sus intrincadas relaciones interinsulares.

Si nos centramos en La Macaronesia (nada menos que las Islas Afortunadas), ese conjunto de cuatro archipiélagos en el Atlántico Medio, lo primero que observamos hoy es que dos de ellos forman parte de la República de Portugal, un tercero también antiguo dominio portugués, recientemente constituido en Estado Independiente y Canarias que forma parte del así llamado Reino de España. Y hay que acudir a la historia atlántica para explicarnos estas decisivas diferencias sociopolíticas.

En este texto se pretende, eso sí de forma muy superficial, analizar las peculiaridades protagonizadas por el Archipiélago Canario, a lo largo de sus seis siglos de historia.

La Conquista

A lo largo de todo el siglo XV, en concreto desde 1402 hasta 1496, se prolonga la conquista del Archipiélago. Y lo primero que choca es la cantidad de años que abarca esta etapa. Y resultará indicativo encontrar las razones de esta anomalía  para la época. Al modo de ver de casi todos los estudiosos, la razón más importante es que pueden distinguirse dos fases bien diferenciadas. En la primera (1402-1405) se conquistan las islas menos habitadas: Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera. En la segunda (1487-1496), se finaliza la conquista del Archipiélago con las islas más habitadas y poderosas: Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Las primeras van a denominarse Islas de Señorío y las segundas, Islas Realengas. Esas mismas denominaciones encierran la respuesta que andamos buscando. Para conquistar las primeras fue suficiente armar un proyecto de pequeña envergadura, al alcance de señores medievales. Para conquistar las segundas se va a necesitar organizar un plan, (que va a simultanearse en el tiempo nada menos que con el Descubrimiento y la Conquista de América), protagonizado por los Reyes Católicos. Ya se vive en la Edad Moderna.

Y este hecho es ilustrativo. El Señor Jean de Bethencourt no es que no intente la conquista de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, es que se da cuenta que están habitadas por poderosas poblaciones de canarios que le aventajan en mucho. Por eso tiene que contentarse con sus islas de Señorío

Esta distinción entre Islas de Señorío y Realengas (que va a continuar durante cuatro siglos hasta las Cortes de Cádiz de 1812) va a dar una primera pista de las características de nuestro Archipiélago. Las unas están poco pobladas por su pequeña dimensión o por escasez de recursos naturales (agua fundamentalmente), mientras que las otras gozan de otra escala de recursos y de población. Y esa diferencia es la que ha exigido una muy dispar acumulación de recursos de conquista. Las menos fuertes se conquistaron por pequeños señores, mientras que las más poderosas exigieron la movilización de una de las más grandes monarquías de la época. Y este hecho va a facilitar la profundización de las diferencias interinsulares de todo tipo.

La Colonización

En las Islas Realengas, y solo en ellas, tuvo lugar una especie de “círculo virtuoso” económico para sus tiempos. De una parte, un clima subtropical que va a permitir cultivar productos hasta entonces casi desconocidos en Europa (caña de azúcar). De otra, suficientes recursos naturales (tierras de cultivo y agua de riego) para su producción a gran escala para la época. Y, además, la presencia de la monarquía católica ya volcada en la ingente aventura de lo que se llamó la Carrera de Indias, apresuró el establecimiento de una naciente clase social de mercaderes y financieros, conectada de origen con las ciudades más florecientes de Europa (Norte de Italia, Flandes …)

Así, con este conjunto de recursos y con una velocidad inimaginable para la época, se fue gestando lo que, a criterio de muchos especialistas, fue una de las primeras manifestaciones del capitalismo mercantil. La esclavización y el sometimiento de la población canaria derrotada y, de otra parte, la  compra de esclavos negros, aportó la necesaria fuerza de trabajo. De esta forma se alumbró el primer capítulo del modelo económico qué, más adelante y sobre todo en El Caribe, se dio en llamar “Economía de Plantación”

En suma, mientras las tres Islas de Realengo (las que ocupan la posición central del Archipiélago), se incorporan a toda velocidad y con enorme brío a la nueva Economía Atlántica, las otras cuatro, las Islas de Señorío van a permanecer en una situación de estancamiento. Para explicar esta realidad, hay que subrayar que las conexiones con el exterior van a concentrarse en las tres Islas centrales que van a acaparar la totalidad de los trasiegos atlánticos.

Los ciclos económicos

En este periodo del potente ciclo azucarero (circa 1585-1650) la isla que ocupó el liderazgo del Archipiélago fue Gran Canaria. Por dos poderosas razones. 1) Al ser la primera que se conquistó, iniciando la experiencia política de la monarquía española fuera de la Península Ibérica, las instituciones que se fueron creando en Canarias se localizaron en la isla. Y el original Real de Las Palmas, se convirtió de facto en la capital de las Islas Realengas. 2) Estos dos hechos facilitaron que Gran Canaria, con mucho, fuera la Isla donde más arraigó y se desarrolló la economía azucarera canaria. La situación de La Palma y Tenerife, que se conquistaron más tarde y teniendo como base estratégica a Gran Canaria, pasó a ser subordinada.

A nuestros efectos vale resumir diciendo que, durante la vigencia del vigoroso ciclo azucarero no existió ningún equilibrio interinsular. Las cuatro Islas de Señorío, las más pequeñas y dependientes, sobrevivían. Y, mientras La Palma y Tenerife también se incorporaban al ciclo azucarero, Gran Canaria dominaba.

Cuando el ciclo azucarero se vino abajo (la producción azucarera se “deslocalizó” al Caribe), la producción del vino comenzó a remontar hasta convertirse en la principal especialización en exportables de Canarias. Y, aprovechando los ya bien engrasados circuitos comercializadores, se inició el nuevo ciclo de los vinos. Mucho más largo y complejo que el anterior (se prolongó,eso sí con altibajos, hasta avanzado el XVIII). Aquí no vamos a entrar en él. Simplemente indicar que, a nuestros efectos, se produjo una profunda modificación “gravitacional” de las relaciones interinsulares de poder en el Archipiélago. Porque la producción de vinos fue mucho más importante en Tenerife que en Gran Canaria. Con solo repasar la toponimia se aprecia el poderío vinatero de Icod, Garachico, La Orotava… Y, como era de esperar, este vuelco afectó a la localización de las instituciones de poder españolas y a sus representantes, que se movieron para situarse en medio de donde corrían los dineros. Aunque las fechas y las circunstancias son algo confusas, ya a finales del XVI, la Capitanía General de Canarias se traslada a San Cristóbal de La Laguna. De facto, volvieron a coincidir en la misma isla los representantes del poder político español y la dirigencia económica del ciclo de los vinos. Situación que se mantuvo sin complicaciones hasta los inicios del XIX.

De este modo se rediseña la estructura geopolítica de Canarias. Las Islas de Señorío siguen estancadas, La Palma se coloca en una situación intermedia, al tiempo que siguen predominando los dos grandes polos de Canarias, Gran Canaria y Tenerife. Teniendo bien en cuenta que, ahora, ha variado el orden y la isla de Tenerife domina de forma clara.

La capitalidad y la división provincial

Al socaire de la invasión napoleónica de la Península Ibérica (1808), las burguesías agrarias y comerciales de las dos islas dominantes, sabedoras de la importancia que tiene la localización de las instituciones, entablan una dura batalla para apoderarse de las sedes del poder político español en el Archipiélago. La Junta Suprema de La Laguna primero y el Cabildo Permanente de Las Palmas, después, intentan arrebatarse mutuamente el emplazamiento de la capitalidad. Por supuesto, por razones de prestigio y liderazgo, pero sobre todo porque la inmediatez de las instituciones propicia y facilita la “sensibilización” del poder político y administrativo. Esta disputa abierta va a trasparentar y resaltar el famoso, solapado y rancio Pleito Insular, que va a mantenerse a lo largo de casi dos siglos, hasta el Estatuto de Autonomía de Canarias de 1982.

Y ese Pleito perdura en iguales términos en cuanto al fondo del asunto. Es cierto que, en cuanto a las formas, hay una variante política. En una primera época, la lucha se centra en la capitalidad. Más adelante, cuando los actores perciben que puede haber otra salida más factible, la lucha se va a centrar en la División Provincial, que va a producirse en 1927.

En el ínterin, la formidable acometida liderada por el majorero Manuel Velázquez, arremetiendo contra el abuso de las dos islas mayores enredadas en “su” Pleito, trajo como consecuencia la creación de los Cabildos Insulares (1912). Pero las grandes esperanzas depositadas en ellos no tuvo ningún efecto práctico debido a su nula capacidad financiera de entonces.

Es la época del predominio absoluto de la institución provincial. El periódico más representativo todavía de Las Palmas, lleva el nombre viejuno de La Provincia. Y cada Provincia, liderada cada una por las islas de Tenerife y Gran Canaria, somete a  las restantes islas de su circunscripción a una situación de abuso y olvido. A las cinco islas no capitalinas se las va a denominar, durante décadas como Islas Menores. El paso de la isla de La Palma, de Isla Realenga a Isla Menor, se va a ir produciendo lentamente, a medida que crece su dependencia respecto a Tenerife.

El Estatuto de Autonomía

Por primera vez en la historia (1982) se pone en práctica un intento deliberado de organizar políticamente el Archipiélago como un todo. Así, la Comunidad Autónoma de Canarias va a tener un Parlamento y un Gobierno, con competencias exclusivas sobre todo el territorio, al tiempo que se constituye como representante único ante el exterior. Se afrontan y se intentan resolver los dos principales problemas de la geopolítica del Archipiélago. De una parte, se “salda” el Pleito Insular entre Gran Canaria y Tenerife con la instauración de la Doble Capitalidad de Las Palmas de Gran Canaria y de Santa Cruz de Tenerife. Se trata de un hecho absolutamente insólito en el derecho comparado, pero fruto genuino de nuestra azarosa historia. El segundo, es el problema del “aplastamiento” de las, hasta ahora, cinco “Islas Menores”. Empezando por la misma denominación al uso. A partir de ahora, desapareciendo de hecho las Provincias, se van a constituir en “Islas Periféricas”. Eso sí, resaltando subrepticiamente, su dependencia geopolítica de las dos Islas Capitalinas. La forma de intentar resolver su enorme dependencia es a través de un sistema electoral, el conocido como “Triple Paridad”, que les otorga una suprarepresentación en el Parlamento de Canarias. En su origen, con esta medida se intentaba conseguir un reequilibrio entre todos los ciudadanos, cualquiera que fuera su isla de residencia. [No es lugar para su debate. Lo único que interesa aquí, es subrayar el contexto sociopolítico  en que se estableció]

Los tres bloques constituyentes

La evolución social y económica de los últimos 35 años ha cambiado la realidad con la que nació el Estatuto de Autonomía. Es cierto que la economía canaria se sigue especializando en exportables. Pero hay un cambio radical. Si siempre, lo que se exportaba eran bienes físicos (básicamente del sector primario), ahora la especialización es en la exportación de servicios. Se trata de lo que se llaman “exportaciones invisibles”. Y este cambio tiene una consecuencia fundamental. Porque los consumidores del resto del mundo (“nuestros” turistas) tienen que llegar hasta el Archipiélago para disfrutar de sus vacaciones. En el fondo, la economía isleña está ofertando residencia, con una media aproximada a los 8 días/turista. Y, para satisfacer esta propuesta es necesario demandar mucho empleo aquí, en las islas.

Además este cambio trascendental, tuvo unas características que empujaron a que la simple transformación se convirtiera en lo que algunos dimos en llamar Turbocapitalismo. Y lo hicimos con la intención de resaltar su inmensa voracidad y su espectacular ritmo de crecimiento. Así, el boom turístico de las últimas décadas (eso sí, sincopado por momentos críticos) y su increíble celeridad, forzaron unos ritmos de crecimiento de tal magnitud (en algún año con ritmos “chinos” de dos dígitos) que los recursos propios canarios no fueron suficientes para atenderlos. Y cuando la dirigencia canaria insistió en crecer a toda costa, la única forma de conseguir ese ritmo infernal fue importar recursos del resto del mundo. En primerísimo lugar, trabajadores para la construcción y los servicios.

Y es aquí donde se produce una verdadera mutación en la historia profunda del Archipiélago. Porque, hasta ahora, siempre habíamos sido un pueblo emigrante, sobre todo en los interciclos económicos. A partir de ahora, vamos a estar llamando a trabajadores inmigrantes. Se trata de exigencias del modelo especulativo, a corto plazo y depredador, impuesto por el sistema social que nos toca sufrir.

Y, a nuestros efectos, la geopolítica interna del Archipiélago se va a transformar en profundidad y va a tener un impacto diferente  según qué islas. Lo primero que sabemos es que el modelo de turismo que ofrece Canarias es el “Turismo de sol y playa”. Y resulta que hay algunas islas privilegiadas para responder a esa demanda. Lanzarote y Fuerteventura son auténticos paraísos para ese tipo de turismo. Y vamos a contemplar tremenda paradoja. Los eriales de aulagas y lagartos que nunca valieron nada, ahora son minas de oro. Las islas más africanas llenas de arena rubia, las que históricamente sufrieron más hambrunas y penurias y cuyas poblaciones se vieron obligadas con frecuencia a emigrar, son justamente las que ahora demandan más trabajadores inmigrantes.

Paralelamente, las islas más occidentales de La Palma, Gomera y El Hierro no tenían esa dotación de recursos naturales tan excepcional. Y esa diferenciación, en la coyuntura que tocaba vivir, transforma en profundidad y de manera nunca experimentada, la geopolítica existente de dos Islas Centrales, además capitalinas y cinco Islas Periféricas más o menos homogéneas. Esa estructura salta por los aires.

Y es que el Archipiélago de hoy ya no es así. Ni de lejos. La prueba definitiva es el comportamiento demográfico de las diferentes Islas [aunque no se entre en cifras para aligerar la lectura]. Mientras la población de Lanzarote y Fuerteventura crece a velocidades impresionantes gracias a la inmigración, las dos Islas Capitalinas crecen muy poco, mientras las tres Islas Occidentales pierden población, sobre todo por la salida de jóvenes. Pero es que hay más. Como complemento de  esta demografía variable, a lo largo de las dos últimas décadas, la renta per cápita de Lanzarote y Fuerteventura viene consolidándose como la más elevada del Archipiélago, superando con vigor el nivel de las Islas Capitalinas y dejando cada vez más atrás a las tres Islas Occidentales.

Resumiendo, Canarias ya no se organiza alrededor de las dos islas capitalinas, que mantienen a su alrededor a las otras cinco Islas Periféricas más o menos homogéneas pero, eso sí, atrasadas y dependientes. Ahora, el Archipiélago está formado por Tres Bloques geográficos en el sentido de los paralelos terrestres. El Bloque Oriental (africano) de Lanzarote y Fuerteventura, con un turbocapitalismo rampante, con una elevada proporción de población inmigrante y con lols niveles de renta per cápita más elevados de Canarias. El Bloque Central, formado por las dos Islas Capitalinas, con velocidad de crucero y cierta estabilidad geopolítica. Eso sí, mirándose y midiéndose la una a la otra como si les fuera la vida. Por último, el Bloque Occidental (americano), con La Palma, Gomera y El Hierro, demográficamente estancados, con emigración de su juventud preparada y con los más bajos niveles de renta.

De estos datos se infiere que continuar con el modelo de 2 Islas Centrales y 5 Islas Periféricas homogéneas no tiene sentido. Por eso, el que los Cabildos de Lanzarote y Fuerteventura sigan santiguándose con el antiguo esquema no es una postura ni lógica ni razonable. Tampoco inocente. Lo que así pretenden es aprovecharse de las importantes compensaciones existentes para los desiguales. Aparentando serlo, sin serlo

Por eso, las nuevas propuestas de Reorganización Geopolítica del Archipiélago deberían de tener en cuenta esta nueva realidad.

Y me permito una sugerencia para el Bloque Oriental, el del Turbocapitalismo y sus consecuencias. Y es que, partiendo de lo que hay, sería imaginable que de él saliera una propuesta a largo plazo, regeneradora y que apostara por la organización y profundización de la sostenibilidad en todas sus dimensiones, desde las sociales a las medioambientales. Para iniciar la construcción, desde esas dos Islas en un esfuerzo común y compartido con el resto de las Islas, de una Referencia Atlántica de lucha contra el Cambio Climático. Con todos los elementos y variantes que esto encierra.

Por último, la inmediata vecindad africana debería alentar el despliegue de políticas de Codesarrollo. Con el objetivo de apostar por estrategias que persigan a largo plazo la disminución y desaparición de las desigualdades de todo tipo con los pueblos vecinos.

* El artículo está firmado por Antonio González Viéitez, que fue profesor de Economía de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y apareció originalmente publicado en la Revista El Bucio número 0, de venta en librerías.00

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