Semanario Crítico Canario
Piedras en silencio. Pasado, presente y futuro de La Fortaleza y su relato arqueológico*Fuente: Lafortaleza.es.

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Opinión

Piedras en silencio. Pasado, presente y futuro de La Fortaleza y su relato arqueológico*

“El viento no escucha.
No escuchan las piedras, pero
hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento”

José Hierro, 1950
De Con las piedras, con el viento

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Hay lugares que trascienden la vida de las sociedades que lo crearon y lo habitaron. Los yacimientos arqueológicos son unos de estos sitios; que tras un proceso de excavación e investigación, regresan a la vida de mano de la divulgación y de la difusión de sus valores.

Muchos de estos lugares se integran para bien o para mal en nuestro imaginario colectivo, en los paisajes que referencian nuestra identidad. Lo conforman de la misma manera que el patio o el solar de nuestros juegos infantiles, la casa o el barrio de nuestra juventud, o la ciudad que nos acoge en nuestra vida diaria; son nuestro paisaje, nuestra identidad.

Muchos de esos yacimientos arqueológicos se incorporan de diferente forma al imaginario, a través de una narración, de un relato, anclándose dicho lugar dentro de nuestro pasado; dándole orden y sentido, aunque sea a través de una pseudohistoria mitológica.

Pero las piedras no hablan por sí solas, y a veces incluso ni escuchan. Pero no podemos cejar en nuestro intento. La Fortaleza tiene una historia milenaria, pero apenas hace unos años que se ha retomado el darles voz, a través de los trabajos de investigación y difusión.

Los trabajos recientes han permitido trazar una nueva ruta, un nuevo presente, y un posible futuro para este lugar, reubicándolo entre los grandes espacios arqueológicos insulares.

No obstante, creemos, que estamos en los inicios de tal camino, siendo interesante, pues, conocer de dónde venimos y la situación actual y futura del conocimiento y gestión del enclave arqueológico.

 

En un pasado, no tan lejano

La Fortaleza aparece ya en la documentación administrativa de la primera mitad del siglo XVI, conociéndose con el topónimo de “La Fortaleza”, a veces en plural, donde existían cuevas de “tyempos de canarios”.

Sin embargo, no se creó ningún tipo de conocimiento ni de vinculación emocional a este lugar. Era un espacio inerte más dentro de la Caldera de Tirajana.

Con la llegada del siglo XIX, se genera en la ciudad de Las Palmas, de la mano de una burguesía erudita, vinculada a las corrientes de pensamiento europeas, un interés por el pasado, en muchos casos donde el indígena canario era entendido como la materialización del buen salvaje roussaniano, y los canarios de ese momento sus herederos raciales.

Desde esta perspectiva se buscan restos que articulen un discurso positivista, de objetos sin contexto, de cacharros y de momias, donde el relato histórico tenía menos peso que el propio fetiche localizado y expuesto.

En este preciso momento, finales del siglo XIX, es cuando la mirada arqueológica insular se posa sobre La Fortaleza. Grau Bassas, cofundador y conservador de El Museo Canario y R. Verneau, antropólogo francés visitan el lugar.

De estas visitas son los primeros dibujos y descripciones del lugar; así V. Grau Bassas visitó el yacimiento recuperando materiales encontrados allí. Este autor fue el primero en señalar la vinculación de La Fortaleza Grande, con una concepción muy novedosa, incluso todavía hoy, a un santuario, a un templo indígena.

En esa misma época, R. Verneau, visita el sitio localizando un ídolo intacto en una de las cuevas existentes en la cima de La Fortaleza Grande.

Con el siglo XX se inicia un parón que durará al menos hasta los años 60, con la aparición en escena de Vicente Sánchez Araña. Es fundamental, entender su papel, porque de él se deriva, la denominación actual (errónea) por la que mucha gente conoce el lugar, Ansite.

La Fortaleza no es Ansite

Sánchez Araña, vincula de forma interesada el yacimiento de La Fortaleza con Ansite, es decir, con el lugar donde los aborígenes se rinden el 29 de abril de 1483. A partir de ese momento, La Fortaleza y Ansite se vuelven homólogos, sinónimos. Esta asociación, sancionada por la Real Academia de Historia en 1974 está tan arraigada que aún hoy, personas de la zona, o los propios periodistas que informan sobre el lugar, lo tratan como tal, a pesar, de las continuas referencias en contra de dichas opiniones

Esta vinculación se realizó sin que mediara estudio arqueológico alguno. Lo único que se realiza es una recuperación selectiva de material arqueológico que conformará con el tiempo un museo privado, a pesar de las quejas de autoridades arqueológicas centrales (madrileñas). Finalmente, con el objetivo de poder custodiar legalmente los restos se transformó en fundación.

Curiosamente, La Fortaleza, por Ansite, se convertirá en un símbolo de la hispanidad Gran Canaria, al ser el lugar, donde se firmará la rendición de los “traidores” a la causa del Guanarteme de Gáldar, y por tanto, la confraternación de los dos pueblos, el canario y el español.

De hecho, estas fiestas iniciadas en 1965, se convirtieron en la fiesta oficial de Gran Canaria, con la asistencia de diversas autoridades insulares. Todo ello, como decíamos, sin ninguna documentación arqueológica que avalara el relato. Por contra, se debe destacar la preocupación y la visión de las autoridades administrativas y arqueológicas del momento en vincular e incorporar La Fortaleza como un recurso turístico para su visita.

 

Nuevas interpretaciones, para un nuevo presente

La investigación arqueológica canaria parece tomar un nuevo impulso a partir de los años 80, con la publicación de varios libros que revolucionaron el conocimiento del momento, incorporando la ecología cultural y un enfoque antropológico a las fuentes escritas y arqueológicas conocidas.

En ese contexto, se edita en 1986, “La Historia de las Siete Islas de Canaria”, de Tomás Marín y Cubas. El arqueólogo Julio Cuenca realiza las notas arqueológicas al documento señalando la posible relación entre Humiaga o Humiaya con La Fortaleza. Es decir, La Fortaleza podría ser uno de los lugares sagrados que tuvieron los aborígenes canarios, al menos en los momentos finales de su existencia. Idea que otros investigadores (Jorge Onrubia) han defendido recientemente (2003).

No será hasta el 1991 cuando Rosa Schlueter realice la primera excavación arqueológica. Sin embargo, los resultados obtenidos y la incongruencia de las dataciones realizadas (algunas del 1.400 a.n.e) no permitieron que dichos trabajos perseveraran. Aunque se pidió la protección y ampliación de la zona de trabajo, esto no sucedió.

Habría que esperar hasta el año 2007 cuando el Cabildo lidere la recuperación de este espacio arqueológico, a petición del Ayuntamiento de Santa Lucía, con la creación de un proyecto integral de puesta en uso del yacimiento. Es en este momento cuando se produce un crecimiento exponencial del conocimiento de este lugar. Esto ha permitido, gracias a la financiación de la administración insular la realización de campañas anuales, así como la apertura de un centro de interpretación sobre el bien, de gestión municipal. Todo este trabajo ha repercutido en la creación, por primera vez, de un discurso que integra no solamente el registro arqueológico, sino las fuentes etnohistóricas y el conocimiento histórico de las sociedades indígenas insulares.

Dichas hipótesis de trabajo parten de la consideración de que la propia caldera de Tirajana, pudo ser lo que las fuentes etnohistóricas consideraron Humiaga o Humiaya. Se mencionan la existencia de procesiones rituales, donde los ganados tenían parte importante de los ritos que allí se realizaban. Así, los diferentes trabajos arqueológicos realizados han permitido aquilatar suficientemente el significado e importancia de esta montaña. Por un lado, las prospecciones arqueológicas han descubierto recientemente tres paneles inéditos de escritura líbico-bereber que se vinculan al camino de ascenso, jalonando junto con otros grabados antropomorfos, hasta la cima. Por otro lado, las estructuras existentes en la cima se relacionan con la preparación/ofrenda de alimentos cárnicos. Así el registro recuperado poco tiene que ver con lo recuperado tradicionalmente en ámbitos domésticos. Por lo que estamos posiblemente, entre una diferencia de ambientes, lo sagrado frente a lo profano.

Estas estructuras están todas conformadas bajo un mismo criterio arquitectónico, rigiendo todo la estructuración espacial bajo una misma concepción. Dicha configuración arquitectónica fue muy temprana, si tenemos en cuenta las dataciones existentes, que ubican dichas construcciones entre los siglos VI-VII. Por otro lado, la reciente datación de dos cráneos extraídos por Grau Bassas en el siglo XIX de la cima de La Fortaleza Grande, nos sitúa tales enterramientos entre los siglos V-VI d.C. Esto abre la posibilidad de la hipótesis de que las estructuras construidas y los ritos recreados en la cima se hayan realizado por y para las personas allí enterradas. Así, si acudimos al norte de África, lugar de origen de las poblaciones amazighen que vienen a Canarias, vemos que en la zona del Sus y Dra, nos encontramos los Almoggar. Lugares pre-islámicos vinculados a la tumba de santones o morabitos, que se suelen localizar en zonas altas y de difícil acceso, donde una vez al año los lugareños acuden en peregrinación al lugar con comida y a veces con alguna cabra o carnero para sacrificar y comer in situ. Como se percibe, no sólo hay una similitud fonética y lingüística en el término Almoggar-Almogaren sino que el uso que se realiza de estos es similar al explicado por las fuentes etnohistóricas.

Finalmente, las propias estructuras existentes en la cima tendrían una clara vocación astronómica. Nos referimos, a la vinculación de este lugar tanto con los equinoccios como con el solsticio de verano. Marcadores ambos importantes dentro de la cosmogonía y ciclo agrícolas indígenas. Incluso, se propone que la elección de este enclave, como montaña sagrada, como almogarén, fuera por la existencia de un curioso fenómeno (hierofanía) durante el solsticio. El sol atraviesa la Fortaleza Grande de un lado a otro a través de un túnel natural, proyectando su luz en la ladera de la montaña adyacente.

En definitiva, La Fortaleza está ocupada desde unas fechas muy tempranas como un centro de peregrinación y visita por parte de las poblaciones bereberes llegadas a las islas en siglos anteriores. De alguna forma se transformó en un lugar importante, según las propias crónicas de la Conquista, uno de las dos grandes territorios sagrados existentes en los momentos de la conquista castellana de la isla. La Fortaleza a través de estas primeras excavaciones apunta fuertemente a que dicha montaña fue parte de este territorio. Ahora conocemos, parcialmente, las motivaciones y el funcionamiento de dicho enclave.

 

¿Un futuro incierto?

En los últimos diez años hemos podido, no solo renovar los contenidos arqueológicos y la creación de un relato, aparentemente sólido sobre el lugar, sino poner sobre la mesa un nuevo modelo de gestión del centro de Interpretación; a través de una gestión subrogada a la empresa Tibicena. Arqueología y Patrimonio SL.

Esto ha posibilitado, siempre con el seguimiento y coordinación municipal, una gestión ágil y dinámica, atendiendo tanto a la parte educativa como a la turística, incorporando para ello, al propio yacimiento como un recurso activo y activador de la comunidad local.

Sin embargo, la tarea acaba de comenzar y debemos afianzar la línea de trabajo actual, tanto en el modelo de gestión como en la creación de conocimiento histórico.

En este sentido, tenemos que entender que las piedras no hablan por sí mismas; hay que interrogarlas y escucharlas. Pero no toda pregunta es respondida; las posibles respuestas no llegarán del modelo “Padre Báez”  (¡no hay que llevar una boina amarilla para actuar de la misma manera!), con un discurso guanchista y folklórico, mero ruido de fondo, al que le da lo mismo el registro, ya que contra sus ideas totalmente preconcebidas e infalibles, el conocimiento construido y constatado poco puede hacer.

Tampoco llegarán de la mano del gran número de neo-canariólogos que armados de una cámara y una red social, compite en “dar a conocer” yacimientos. Porque este es un modelo al “peso”, donde el conocimiento se valora en base al número de yacimientos visitado (!no es lo mismo que estudiados!).

La única forma de poder escuchar un mensaje claro y unívoco para La Fortaleza es a través de un método arqueológico solvente, y con un modelo de gestión que tenga la protección, la investigación y la comunicación como pilares

Y en esto estamos fallando. Si bien todas las administraciones han participado de forma decidida, en los últimos años, en el renacimiento de este enclave, el propio sistema administrativo y burocrático no permite tener las garantías necesarias de que en el futuro los trabajos no se paralicen o que el centro no cierre.

No existe un plan a largo plazo sobre este lugar. Año a año se renuevan los intereses y las actitudes, pero, quizás, no nos hemos fijado una meta a la que llegar, no disponemos de un plano que nos diga por dónde ir. Y esto es peligroso. Porque con la misma fuerza con la que se inició años atrás este proceso de trabajo y cambio, se puede paralizar y morir. Si no sabemos a donde tenemos que llegar, ¿Cómo vamos a saber cuál es el camino a seguir?

Mientras tanto, seguimos peleando, para que La Fortaleza se incruste en el imaginario colectivo de la población que lo visite; para ello la apuesta por la educación y la divulgación se vuelve vital. Esta deberá estar apoyada en el conocimiento real y no intuitivo del bien. De forma que independientemente de la funcionalidad del lugar y del relato histórico que seguramente se modificará y se enriquecerá con los futuros trabajos, veamos las cuevas y las casas como algo más que como el soporte de la vida doméstica, sino el lugar donde soñaron y sufrieron en vida; de las tumbas y cuevas funerarias, como el sitio que además de restos humanos anteriores a nosotros, como el testimonio de una sociedad que supo sobrevivir unos 1.200 años de forma aislada; o que sus graneros no sólo almacenaron el grano y herramientas necesarias, sino que es fruto del trabajo y de la esperanzas de años mejores.

Tenemos, como ellos, el mismo sentimiento de esperanza; en que llegue un momento donde predomine la estabilidad y la sostenibilidad de este proyecto; donde ya las piedras no tengan nada que decir, sino disfrutar, como diría el poeta, de su silencio.

* El autor es Marco A. Moreno Benítez, Arqueólogo, codirector de Tibicena. Arqueología y Patrimonio. El artículo fue publicado en el número 0 de la Revista El Bucio, de venta en librerías.

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