Semanario Crítico Canario
El ocaso de la clase obrera"Campesinos - Trabajadores de plataneras" Antonio Padrón.

Este artículo lo publica

Periodista. Graduado en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, también estudió Historia en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Actualmente Coordinador de la revista Tamaimos.com y Coordinador de Proyectos de la Fundación Canaria Tamaimos. Experiencias en Canarias Radio La Autonómica y otras emisoras de radio en Canarias. Aptitudes en el ámbito del periodismo digital y las labores propias de community manager. Curioso e inquieto, pregunta tras pregunta, indagación tras indagación, desea conocer lo mejor posible el árbol enigmático que es Canarias. Desde lo local hasta lo universal, concibe el periodismo como un servicio público para repensar el mundo en el que vivimos y sus complejidades. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported. En Twitter @RaulVega1984 y en Facebook .

Opinión
  • Publicado el 10 de octubre de 2019
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El ocaso de la clase obrera

La Compañía de Préstamos Bailey daba créditos beneficiosos a gente humilde y trabajadora. Los miembros de su familia eran muy apreciados en Bedford Falls. Sin embargo, el cacique Señor Potter, tenía entre ceja y ceja acabar con aquella compañía. Potter era dueño del banco entre otras propiedades, con el que se hizo en medio de la Gran Depresión del 29. Sus préstamos eran abusivos y no atendía a las circunstancias de los trabajadores, que necesitaban una casa porque no tenían posibles y por eso acudían a los préstamos. Peter Bailey y después su hijo George, practicaban una relación más humana y cercana con la gente, que no le daba los réditos que a Potter, pero que afianzaba la relación. Sin ánimo de hacer spoiler de la magnifica obra de Frank Capra Qué bello es vivir, su buen talante saca de un importante bache a George Bailey.

Una epoyeya de otros tiempos. Una idealización de las relaciones humanas en comunidad y una utopía social. Los préstamos en el capitalismo salvaje no mide las circunstancias sino el riesgo de la operación. No hay humanos al otro lado sino algoritmos. Y eso pese al abusivo precio de la vivienda en Canarias, sobre todo de alquiler. Coincide, casualmente, el ocaso de las utopías con el ocaso de la clase obrera. Hablar de clase social, en el mundo de la clase media aunque haya sido radicalmente menguada, es visto como anacronismo, pese a que su vigencia, la necesidad de revertir la situación y de exigir derechos ya no es una opción, es auténtica supervivencia.

Los seres desclasados del siglo XXI, en la era de Netflix, HBO, los videojuegos, los reality shows o lo viral, no entienden de clase obrera y de la fuerza de comunidad. No todos los seres actuales son frívolos, por supuesto, una parte más importante sufren y esos son, como dice Eduardo Galeano, los más débiles. Los que soportan la vida y no la viven, los que se mantienen a base de ansiolíticos, a esas personas que ya no creen en la política, que les da igual que hayan dos o tres elecciones nuevas, ellos ya no votan. Lo peor no es que no voten sino que no participan de la vida social y civil. La doctrina del shock del sistema, con sus canales de ocultación, distracción y adoctrinamiento, los ha dejado sin aliento y sin esperanzas.

No me controla ninguna doctrina, atiendo a la ética y al libre pensamiento. Y en el análisis de esta sociedad del siglo XXI la clase obrera ha perdido. No hemos podido parar las medidas de ajuste de una crisis que provocaron otros, no hemos sabido parar la sangría de pérdida estructural de condiciones. Teniendo esos antecedentes en cuenta, ¿pararemos la robotización que nos deja sin empleos? ¿plantaremos cara al cambio climático que nos pone el mundo en riesgo? ¿ofreceremos alternativas a los refugiados climáticos que ya se tienen de marchar de la zona donde se ganan la vida? Estamos en una era ultratecnológica donde los seres humanos viven anestesiados, esperando la siguiente medida con miedo y donde el cambio de era no se plantea pensando en nosotras. El sistema solo reacciona tímidamente con una previsible renta ciudadana, la cual apoyo con todas mis fuerzas, pero que no soluciona el fondo de la cuestión, solo la superficie.

Edourd Louis es un escritor cuya literatura está basada en la realidad, en los hechos ciertos y en sus propias experiencias. El francés practica el realismo también en su último libro, Quién mató a mi padre. Una historia cruda en la que relata la muerte social de su padre. En la Francia postindustrial, su padre es uno de los tantos obreros que queda atrapado en el paro, viviendo de las ayudas sociales cada vez más escasas por un estado social que las cuestiona y ahogado en el alcohol y en su propia imagen impostada de la masculinidad. Un retrato que suena a esos canarios de mediana edad que vivieron la burbuja de la construcción y que luego quedaron atrapados en el paro y en la ineptitud del sistema para integrarlos. Leyendo la entrevista que le hacen al escritor francés, recomendada por un filósofo muy distinguido, me acuerdo de aquellos obreros de mediana edad que ahora viven con ayudas de 420 euros que no les permite hacer una vida plena y a mis compañeros de instituto que dejaron de estudiar a los 16 años al calor del dinero de la obra. Esos pibes, que fueron los primeros en estrenar coches y tener dinero de verdad, ahora viven malamente acumulando paro con trabajos precarios y llegan a pasar temporadas sin un solo ingreso, solo viviendo de la solidaridad familiar. El sistema los ha expulsado, los repudia ahora que no tiene donde emplearlos. No hace falta acudir a la Europa obrera postindustrial, en Canarias hemos dejado atrás a trabajadores cada vez que un sector ha menguado o fracasado.

Mientras, la clase obrera, anestesiada y expulsada del sistema, se distrae en casas de apuestas deportivas. Algún día hablaré con más extensión de las casas de apuestas, pero gozan de publicidad, difusión y no hay una gran oposición social. Los que no apuestan por aplicaciones móviles, tienen disponibles locales con luces llamativas en barrios, algunos difíciles y golpeados por la pobreza. Todo ello anestesia a la clase obrera que no es consciente de que es una clase en sí que ha de defender sus derechos. Antes apostaban en peleas de perros o gallos, ahora esas apuestas son legales a través de plataformas que se publicitan en la camiseta de los equipos preferidos. Y nadie pone coto porque es un antídoto social, una falsa creencia de que algún día ganaremos 12.000 euros que nos ayude a sobrevivir y en esa mentira se queda el escaso pecunio. La sociedad debe poner coto a esta aberración, pero intuyo que se prefieren a los obreros pendientes de esa estúpida opción competitiva. Es el ocaso de la clase obrera. Ya no se emborrachan en bares de mala muerte absolutamente frustrados, ahora se fuman una shisha en una casa de apuestas de barrio. La shisha tiene nicotina, no tanto como el tabaco, pero es la solución del sistema para seguir enganchando a los pibes a esa otra droga legal. Las casas de apuestas no exponen a animales en peleas a muerte, pero también resta capacidad a la clase trabajadora. Lo que está claro es que aquella clase obrera que apretaba los dientes y reclamaba sus derechos está derrotada, pendiente de que un córner en un partido de la liga austriaca le permita solucionar seis meses de vida, sin pensar en qué vendrá después.

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