Semanario Crítico Canario
Old Skool Tenerife
El auténtico folklore canario

Este artículo lo publica

Pablo Estévez Hernández (Tenerife, 1985) es Doctor en Antropología por la Universidad de La Laguna. Es miembro del Grupo de Estudios Descoloniales y Pensamiento Crítico y de TURICOM. La experiencia turística: Imagen, Cuerpo y Muerte en la cultura del ocio. Profesor asistente de Antropología del Turismo en Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. Su trabajo de investigación está centrado en las categorías étnicas, las fronteras y la movilidad, pero sus intereses se expanden al turismo y al poder, a las metáforas que piensan el territorio y a las culturas viajeras.

Opinión

El auténtico folklore canario

Tras el 23 aniversario de dj Jonay, una de las fiestas más importantes de música hardcore (old school, rave) que se realiza en Tenerife, una chica publicó en Instagram una foto de Jonay pinchando con su público de fondo. En el pie de foto escribió: “El auténtico folklore canario” y un corazoncito. No creo que estuviera pensando la frase como una ironía (y por ello me siento enormemente reconocido en ella). No obstante, esta frase no se traduce en consenso y obviedad, sino que la proyecta directamente como una provocación.

Se podría decir que la inclusión del hardcore en una formación cultural llamada “tradición canaria” apenas ha generado debate y reclamo. Pero existen varias expresiones que muestran a la música como cultura popular. Entonces cabría preguntarse: ¿Cómo es posible que siendo tan obvio para algunxs que el hardcore es canario, aparezca siempre otra dimensión que enseguida nos aleja de esa casilla?

Podríamos pensar que quizá sea porque el hardcore es una música electrónica reciente, cuyo origen puede localizarse fácilmente. El hardcore es una música traída al sur de Tenerife por turistas de clase media-baja británicos que, pese a su condición de tránsito, fueron creando un sentido de comunidad. El primer argumento parece obvio: es música de guiris. Otro añadido: no es auténtica porque la música electrónica jamás lo es, no tiene etnicidad ni originalidad, es puramente artificial, como el turismo que la trajo.

Pero lxs turistas no fueron lxs únicxs en disfrutar del sonido. Con el tiempo, lxs nativxs encontraron que la música les atraía, les fascinaba. Y no se limitaron a escuchar, sino que movilizaron la música por todo el territorio, cambiando de alguna manera el sentido de aquello que estaban moviendo, por mucho que respetaran sus normas. Esta transculturación implica muchas cosas: un encuadre de las relaciones de género, donde la figura del dj masculino era preponderante; una vinculación con espacios marginales para llevar a cabo las raves y con los barrios de la Isla; y también una reconfiguración importante de la etnicidad que envuelve a la música. Esto es obvio para la antítesis: el hardcore es canario, tal como son muchas transculturaciones reconocidas: desde el punto cubano hasta el cultivo de tabaco. Más significativo aún: el hardcore es una transculturación como los anglicismos que usamos comúnmente (“queque”, “choni”,…) o como tener al plátano como diacrítico étnico, mezclas igualmente de signo británico.

Sin embargo, el resabio de muchos elementos considerados como transculturación parece ser más potente que una música electrónica promovida en fiestas por guiris. A la luz de esto, decir “el auténtico folklore canario” provoca, antes que nada, una risa.

Hace mucho tiempo pensé en hacer una investigación de esta música y su influencia en la vida social de Tenerife. Yo era estudiante de sociología en La Laguna y quería un tema interesante que investigar. En ese momento, todo lo que pudiera ser un objeto de estudio se aparecía en la forma de “fenómeno” con dimensiones (sociales, étnicas, de género,…). Visto así, estos fenómenos se podían estudiar desde afuera, con cierta objetividad. El hardcore nunca se me apareció como fenómeno; estaba íntimamente ligado a mi propia vida. La primera vez que entré en una discoteca tenía trece años. Me había fugado de mi casa para ir con unos amigos a escuchar esta música de noche, al Puerto de la Cruz, a una discoteca llamada Penny. Recuerdo que sólo había hombres en la discoteca; recuerdo el sumo cuidado que le ponía a la hora de bailar; al mover los pies. Luego recuerdo la centralidad que tenía el dj. Todos los ojos se dirigían a él, pero al mismo tiempo, toda la discoteca buscaba evadirse de algo.

Mucho tiempo después, ya en la universidad, con mis compañerxs de sociología nos reuníamos por fuera de la cafetería. En ese momento sobrepase el primer reten (sentir que lo propio no puede investigarse) y dije que quizás se podría hacer un estudio del hardcore. Enseguida todxs lxs presentes se rieron. Esa risa me marcó mucho. Esa risa era como una frontera. Incluso lxs que eran más afines a mí también se rieron. Y yo también he sido cómplice de esa risa, porque el hardcore remite siempre a un estatus marginal, divertido, duro y que superpone una masculinidad peligrosa y desafiante. La risa era una encarnación de algo tajante: para un lado, lo institucional, la cultura y la realidad social, y para otro, detrás de la risa, el hardcore, como otra cosa más artificial e irrelevante. Pero la representación en la que se enmaraña esta risa esconde una de las claves más importantes de esta particular cultura.

Por ponerlo ahora de una manera contundente: el hardcore es etnicidad canaria; aporta nuevas dimensiones a la cultura canaria. Y al tiempo: el hardcore no es reconocido porque su gusto, disfrute y reproducción no entra dentro de los cánones institucionales de la cultura canaria (creo que hay otros estilos que sí han gozado de más reconocimiento por entrar en esos patrones, como la salsa o el reggaeton). No obstante, es el “testigo modesto” de los cambios ocurridos en las Islas en los últimos años: reconversión de los barrios obreros, turismo de masas, impactos ecológicos,… Sin letras (o si acaso teniendo letras en inglés) y esculpido a bases de samples y beats, las cajas del hardcore se hacen un sonido duro para la asimilación por parte de un bunker elitista que admite y deniega los contenidos “esencializados” de la cultura, pero también es duro por su cualidad marginal. Por eso el hardcore no aparece en ningún catálogo, o en ningún libro especializado.

Al terminar de estudiar me fui a Londres a trabajar. Vivía en el East End y durante un corto periodo de tiempo fui asiduo a la discoteca Fabric, donde se pinchaba drum n bass los viernes (una música muy relacionada con este hardcore de Tenerife). Entonces recordé la idea del estudio de la música y sus relaciones en las Islas. Por lo tanto, un día muy frio de invierno, caminé en busca de una discoteca mítica de Brixton, al sur de Londres con la esperanza de encontrar una pista para mi historia. Pero al llegar hacía mucho frío, había una tormenta y la discoteca jamás se me apareció. La gente huía de la calle, refugiándose en bares, esquinas,… pues la nieve empezaba a caer de manera fuerte, nublándote la visión y haciendo imposible el caminar. Recuerdo que el sentimiento era de tristeza: la imagen que Brixton me estaba dejando era la de un páramo urbano, desierto, desolado y pobre. Ni rastro del hardcore, ni rastro de la época rave y los delirios de la Fantasy. El origen de mi objeto de estudio se disipaba entre copos de nieve y frio. Este fracaso me recordó la risa, y pensé que el hardcore era un asunto imposible, algo insignificante en una genealogía insular compleja.

Con el tiempo releí un pasaje de un libro importante para mí, The Black Atlantic de Paul Gilroy, donde el autor cuenta lo siguiente: “estaba caminando por una calle de New Haven, Connecticut –una ciudad negra- buscando una tienda de discos con música negra. La desolación, la pobreza y la miseria encontrada en ese viaje infructuoso me forzaron a confrontar el hecho de que había venido a América a buscar una cultura musical que ya no existía. [Sin embargo] me di cuenta que la lección más importante que la música aún tiene por enseñarnos es que sus secretos íntimos y sus reglas étnicas pueden enseñarse y ser aprendidas”.

Entonces, digamos que entendí, a la luz de este pasaje que se ponía en paralelo con mi experiencia, que no importaba mucho empezar por el mito de origen. Debía empezar por donde siempre me influyó. Esto implicaba una cosa: se podía estudiar el hardcore, pero no como un objeto de estudio que puede acotarse, someterse, delimitarse y ponerse en un escéptico espacio teórico. El hardcore no tiene una medida empírica, sino supone un ensamblaje de muchas historias. Algunas son verídicas, pero también se construye, como todo pasado, como un mito. La única manera de comprender pues al hardcore es literalmente rendirse: dejar que te atraviese, que tu biografía y la memoria de tu cuerpo rebase lo que averiguas investigando, que te sobrepase, que te emocione; y al mismo tiempo saber, desde el primer momento, que nunca llegarás a comprenderlo todo, o del todo…

Se me podrá objetar ahora que soy yo, desde una posición académica elevada y con más interés en resaltar conexiones imposibles, el que incide en algo que en verdad es insignificante y dudoso: que el hardcore es cultura canaria. Pero no soy yo el que cuelga los temas en youtube junto a fotos de paisajes canarios, junto a banderas con siete estrellas, o imágenes satelitales de Tenerife y otros significantes étnicos. Me he dado cuenta, después de otro tantito de tiempo, que más que investigar el hardcore, es primordial estudiar la ambivalencia de decir que el hardcore es el auténtico folklore canario, de entender la violencia de risas que separan mundos.

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