Semanario Crítico Canario
Balada triste de una isla enemiga de los animales

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Periodista. Graduado en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, también estudió Historia en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Actualmente Coordinador de la revista Tamaimos.com y Coordinador de Proyectos de la Fundación Canaria Tamaimos. Experiencias en Canarias Radio La Autonómica y otras emisoras de radio en Canarias. Aptitudes en el ámbito del periodismo digital y las labores propias de community manager. Curioso e inquieto, pregunta tras pregunta, indagación tras indagación, desea conocer lo mejor posible el árbol enigmático que es Canarias. Desde lo local hasta lo universal, concibe el periodismo como un servicio público para repensar el mundo en el que vivimos y sus complejidades. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported. En Twitter @RaulVega1984 y en Facebook .

Opinión
  • Publicado el 7 de noviembre de 2019
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Balada triste de una isla enemiga de los animales

Escribió Pedro Lezcano en Elegía a mi perro y a mí: “Los perros mueren antes que los hombres./ ¿Por qué?, le preguntaba./ Él quería decírmelo,/ pero tenía el alma amordazada”. El poeta describió en este sobrecogedor poema el deceso de su mascota. No hace falta que les cuente nada sobre el amor que le profesamos a los animales, auténticos miembros por derecho de la familia. En mi caso convivo desde hace casi una década con dos gatos, madre rescatada en el Mercadillo de Jinámar de las garras de un especulador de animales, y su hijo. Además en verano de 2016 quisimos añadir otro efectivo a la familia.

La susodicha se llama Tirma. Su historia comienza mucho antes del 1 de agosto de 2016, día en que vamos a adoptarla. Según nos contaron entregaron la camada entera con pocos días rescatada, creen, de una finca. Cuando a las 10:00 del 1 de agosto de 2016 entramos al Albergue Insular de Animales de Bañaderos, nosotros tenemos la decisión tomada de adoptar un perro. Nos da igual la raza, solo habíamos recibido la directriz de la dueña de la casa de que fuera un perro pequeño, un extremo bastante complicado en esa situación. Entramos a las jaulas de los cachorros donde nos recibe una sinfonía de ladridos y llantos. En la primera jaula se nos acerca una perrita marrón con manchas blancas, una oreja arriba y otra abajo, y un pegoste negro en el lomo que, para nuestra sorpresa, no es aceite sino una mancha de nacimiento.

Tirma, que así la llamamos, tiene parvovirus. No come nada y tenemos que volver a ingresarla. Pocas son las esperanzas de que sobreviva pero lo hace. No la queremos cambiar, como nos sugieren, queríamos que ella fuera nuestra mascota. Entre vómitos, acaba recuperándose. Se integra perfectamente con los gatos y posteriormente con la niña, su fiel compañera de juegos. No lo voy a negar, al principio hace algún desastre pero pronto aprende a comportarse. Siempre contra patrimonio nuestro y nunca contra los elementos de la vivienda. Pronto aprende a hacer sus necesidades fuera de casa. Es muy alegre y se gana a todo el mundo. Como podenca mestiza es una atleta que corre a la velocidad de la luz, pero no hay riesgo de que no vuelva. Es obediente en su alegría.

A quien no se mete en el bolsillo es a la dueña de la casa que la ve muy grande, muy peligrosa (es pura nobleza, no ataca ni a una mosca) y una clara enemiga de la limpieza, aunque siempre todo está impoluto, es más limpia que muchos seres humanos. Por muchos motivos nos ponemos a buscar vivienda y ya expliqué en otro texto nuestras dificultades. Hasta en casas completamente vacías, el mensaje era recurrente: “no se admiten animales”. Incluso nos encontramos con el reparo de algunos dueños a que existieran niños en la familia.

Imagen extraída de un anuncio real de una casa de alquiler.

Finalmente conseguimos una vivienda donde nos permiten tener los tres animales. Es fácil, además, que el contacto sin prejuicios con Tirma genere simpatía. Pero sigue el rechazo. En la isla de Gran Canaria del siglo XXI (me limito a Gran Canaria porque es el caso que más conozco) siguen siendo recurrentes los carteles de prohibido perros. En parques, terrazas, comercios, playas e incluso paseos como el de la Playa de Las Canteras y la Playa de Arinaga.

Les voy a explicar cómo es la vida cotidiana con Tirma. Tirma pasea por los paseos marítimos que se lo permiten. Si hay muchos niños, a algún progenitor se le va a escapar decirle a su hijo “cuidado con ese perro”. “Solo quiere saludar”, es lo que único que puedes decir mientras apartas al animal con una sonrisa. Por dentro no puedes tener más desprecio por ese ser humano que desprecia a tu compañera. Luego, si quieres ir a comprar el pan tienes que dejarla fuera, no se permiten animales, recuerden. Ni se te ocurra bajar a la arena con ella, pero ves otros perros de menos tamaño corriendo de un lado a otro. Incluso algún policía local despistado te puede pedir que le pongas bozal, aunque no sea raza peligrosa, no tenga ninguna agresividad y pese menos de 20 kilos.

Cuando nos vamos de viaje Tirma se queda en una residencia canina. Sin embargo, si quieres coger un apartamento y llevarla contigo no lo vas a tener fácil por lo reducido de la oferta. Finalmente lo encuentras y te la llevas. Problemas, no puede estar en la “suite”. La “suite” no es más que un apartamento reformado que ha abandonado la estética de los 60 del resto de habitaciones. Ella solo puede estar en las viejas. En segundo lugar, te obligan firmar que esté atada todo el tiempo. Me niego, la perra está suelta en el apartamento y solo la ato en las zonas comunes. Aceptas el resto de normas, pero eso no es pet friendly ni nada por el estilo. Entiendo que haya unos requisitos pero las restricciones son exageradas.

Nos vamos a comer. Lo intentamos en una terraza de mala muerte en la zona del Parque Tropical (Playa Inglés), un lugar de turisteo casi vacío. “Espera que le pregunto al dueño”. Tras unos instantes: “no, aquí no se admiten perros porque pueden molestar a los demás usuarios. Lo siento”. Mi mirada de desprecio lo dice todo. Llamada mediante intentamos otro lugar al siguiente día. “Solo tenemos una mesa donde pueda estar el perro, pero tiene que estar tranquilito en la sombra. Te damos número, si esa mesa está ocupada, tienes que esperar a que se desocupe”, me cuentan. Seguidamente me preguntan, “¿es grande?”. “Pesa 18 kilos”, contesto. “Que no ladre ni moleste”, me ordenan. Emito una risa irónica.

Quería negarme a participar de ese aquelarre de desprecio animal pero necesitaba pruebas para escribir este artículo que ya estaba en mi cabeza. Efectivamente, llegó mi número y esperamos un poco a desalojar la mesa que nos habían asignado. “Que se esté tranquilita”, me dice un camarero. “Seguro que molesta menos que toda esa gente que está fumando a la entrada”, es mi respuesta. Una de las camareras se sorprende. “¿Un perro? bueno, si él los dejó…”. Nos vamos, Tirma, como casi siempre, se portó mejor que muchos seres humanos.

Por respeto no desvelo los sitios para que solo lo sepan los dueños de los locales, pero el rechazo a Tirma es generalizado en la isla del maltrato animal. En la anterior legislatura, la Consejería de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria, comandada por Miguel Ángel Rodríguez, determinó en un estudio que en la isla se abandonan entre 5.000 y 7.000 animales al año, unos niveles vergonzantes para la media europea con la que siempre estamos tan preocupados. Gran Canaria es una isla enemiga de los animales a tenor de los datos. ¿Cómo se cambia la mentalidad? Con mucha educación y mucho respeto. Por otro lado, no quiero transigir por el que abandona, pero tener perro es un problema al menos en Gran Canaria. Lo tienes que pensar mucho a la hora de cambiarte de casa porque es posible que no te acepten las mascotas, si sales con ellos no vas a poder ni realizar compras ni posiblemente pararte a comer, ni siquiera podrás ir a la playa salvo las indicadas para perros, generalmente en malas zonas de baño. Si encima tiene al menos un tamaño medio, te achacarán que como es grande no tiene los mismos derechos de un perro mini comprada a un especulador que los cría, generando una vergonzante industria. De esa forma adoptar es un lujo, además de un reto titánico de resistencia.

Cartel a la entrada de una cafetería en Bollate, en la provincia de Milán.

Estamos a años luz de ser civilizados con los animales, todos los datos lo demuestran y las experiencias anteriormente relatadas lo ilustran. Apoyo totalmente las políticas de bienestar animal pero creo que hay que ser valiente y dar un paso más. Es necesario legislar. La Ley Antitabaco de 2005 generó un rechazo inicial pero ya todo el mundo lo ha integrado a su vida. Acostumbrarnos a ver perros al lado en una cafetería, siempre con control y sin molestar a nadie, en la toalla de al lado en la playa o de la mano de su dueño mientras compra una camisa. Y lo que es más importante, que tener animales no te limite a la hora de encontrar una casa. Todo esto es habitual en otros lugares del mundo, esos que copiamos para tantas cosas malas y que no lo hacemos para mejorar nuestra relación con el entorno y los seres vivos. Tirma no se merece todo el rechazo que ha experimentado en su vida. Aunque parezca un lugar común, me voy a quedar con la célebre frase de Gandhi sobre los animales: “la grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados”.

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