Semanario Crítico Canario
Diario de una cárcel"Cárcel" (2005) de Santiago Pérez.

Este artículo lo publica

Vivo entre dos mundos: uno antiguo que no acaba de irse y uno nuevo que no acaba de llegar. Dicen que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, pero también dicen que si uno conoce los porqués del que nos hicieran así, podemos llegar a cambiar determinadas cosas. Intentando construir una casa donde quepamos todos, sin que nadie se imponga a nadie por la simple razón de poder hacerlo, un mundo donde la tolerancia y el reconocimiento mutuo desde el respeto sea la norma.

Opinión

Diario de una cárcel

Les voy a contar la historia de un barrio irreal, irreal porque es de esos que están en la cara B de una gran ciudad atlántica y parecen no existir. Uno de esos que no salen en las postales ni a los que se les pinta las fachadas con dinero público para que quede bonito en la entrada a la misma, no se vayan a pensar algunos cosas que no somos…

Ese barrio nació del éxodo rural, al calor del desarrollismo de hace unas cuantas décadas. Lo componían familias de diferentes estratos sociales de las medianías del norte de una ínsula imaginaria que se trasladaban a esta zona para estar cerca de los nuevos puestos de trabajo en primer lugar y en segundo, porque los solares, en laderas de más de un 35% de pendiente, eran muy baratos para autoconstruirse una casa.

En la ciudad, estas personas tenían el estigma de ser unos ‘maúros’, gente bruta, sin cultura, cuya única meta para el que lo veía desde fuera era el poseer más y más, eso de lo que adoctrinó y mucho el catolicismo en esas zonas, ‘tan persona eres según lo duro y mucho que trabajaste’, sin importar absolutamente nada más.

El objetivo era que renegasen de su pasado, que su historia ligada al trabajo durísimo de la tierra con el único apoyo de la familia -que eran los colaboradores necesarios de toda la cadena, sin explotar a nadie de fuera de esa unidad familiar- fuese borrada de la memoria de todos estos seres. La agricultura y el trabajo de la tierra es atraso, lo bueno es la nueva economía: construcción poniendo bloques, turismo sirviendo copas y limpiando basura de los turistas, reponer supermercados de comida importada en lugar de producida aquí, tener un coche como símbolo de realización personal…

Pasan las décadas y las mejoras no llegan al barrio, una de las familias instala tanto la primera línea eléctrica del barrio por su propia cuenta, riesgo y dinero ¡Así como el primer televisor y teléfono del barrio! Televisión y teléfono que, obviamente, comparten con todo el que quiera verlo o necesite su uso, sin hacer ninguna distinción entre quién entra a su casa o no, rico o pobre, parado o trabajando, con educación formal o no…

Pasan las décadas y las cosas no mejoran, no es hasta dos décadas más tarde donde a esta pobre gente le instalan el alcantarillado, el asfaltado y el empedrado de las calles. Eso sí, durante las dos décadas anteriores no dejaron de cobrarles ni un solo día los impuestos correspondientes… que a saber en qué se iban.

Esas mejoras se consiguieron a través de un movimiento vecinal fuerte, muy imbricado con sus habitantes que se sentían todos uno. Lo positivo para uno era lo positivo para todos, se organizaban fiestas, humildes pero suyas, con sus verbenas, sus bajadas de la rama, sus escalas-en-hifi, sus torneos de ajedrez, sus gymkanas para las pibas y pibes, los campeonatos de zanga y chinchón para los mayores… en definitiva, un barrio sano que se movía alrededor de su asociación de vecinos que era el centro cultural y de vida de la zona, que organizaba talleres, cursos… de todo.

Pero todo eso se vino abajo, las restricciones en cuanto a estos centros -la disposición de bar, por ejemplo-, la cooptación de sus órganos directivos para que no se hiciese absolutamente nada -nada a excepción de que fuese un ‘alquiler’ de las instalaciones pagadas con dinero público para hacer celebraciones-, se cierra la tienda del barrio y el resto de bares del barrio, se tapan hasta los parterres que daban un poco de vida al ‘parque’, los niños tienen que salir de la zona a jugar y estudiar -caminando por cuestas del 35% durante kilómetro y medio algunos para llegar a un centro educativo…-, personas mayores con extrema dependencia de sus hijos para salir de los barrios ya que allí no llegan ni escaleras mecánicas, ni ascensores y por no llegar no llegan ni las guaguas públicas pues…

Hace pocos meses en ese barrio se instaló un centro de Menores Extranjeros No Acompañados y no hay sociedad civil allí organizada que defienda a los menores de la xenofobia patrocinada por algunos de los medios de comunicación. Estas pibas y pibes son apuntados con el dedo acusador y como chivo expiatorio de todo lo que pasa en el barrio, precisamente, por aquellos que cuando eran igual de jóvenes que ellos tenían comportamientos mucho más reprobables sin ninguna duda, que lo único que supuran es odio al diferente simplemente por su lugar de origen. Lo que hicieron a los suyos lo replican contra el ‘otro’, sea o no culpable de los hechos de los que sean acusados, porque es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Parece ser que estos adolescentes son los culpables de todos los males que vive su sociedad. Parece ser que fueron los que les mintieron prometiéndoles que esto era jauja y que haciendo lo que nos decían los que mandaban íbamos a nadar en oro y prosperidad. Parece ser que estos son los culpables de que los que menos tienen paguen muchos más impuestos y que los que más tienen manden su dinero a paraísos fiscales. Parece ser que los que se informan a la hora de recibir ayudas sociales tienen la culpa y los que detestan la burocracia, el papeleo y el politiqueo son perseguidos por la administración en lugar de reclamar lo que legítimamente es suyo al pagarlo constantemente en impuestos.

Parece ser que sólo se puede integrar, a cualquier persona, en base a la represión, el palo y el miedo, y no mediante la comprensión, el aceptar al otro en su diferencia y haciéndole entender que todo derecho conlleva responsabilidades, no yendo a matarlos a palos a la primera de cambio llevados por el odio irracional que se esconde en lo más oscuro de su psiquis y que lo hacen pagar contra el más débil.

El barrio del que les hablo es el mío y no es imaginario, del que hace tiempo estuve orgulloso pero que hoy sólo me da pena y vergüenza.

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Vivo entre dos mundos: uno antiguo que no acaba de irse y uno nuevo que no acaba de llegar. Dicen que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, pero también dicen que si uno conoce los porqués del que nos hicieran así, podemos llegar a cambiar determinadas cosas. Intentando construir una casa donde quepamos todos, sin que nadie se imponga a nadie por la simple razón de poder hacerlo, un mundo donde la tolerancia y el reconocimiento mutuo desde el respeto sea la norma.

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