Semanario Crítico Canario
Gofio

Este artículo lo publica

Agustín Bethencourt (Tenesor Rodríguez Martel) nace en Gran Canaria en 1972. Estudios de lengua y cultura rusas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria . Vive en Moscú de 2002 a 2007. Tras 8 años viviendo en Bruselas, en 2016 se muda a Viena, desde donde sigue muy de cerca la realidad de Europa Central y Oriental. Miembro fundador de la revista Tamaimos y de la Fundación Tamaimos.

Unos van y otros Viena

Gofio

Rendirte un breve homenaje. Señalar el lugar que nunca debías haber abandonado. Realizar un acto de justicia poética. Tal, el fin de estas líneas.

Desde que nuestros antepasados norteafricanos te hicieran con sus propias manos, has ido pasando de generación en generación, de abuelas a madres e hijas; de abuelos a padres e hijos. Colonos castellanos, normandos, flamencos se dejaron seducir por tu aroma. Alimentaste tanto la nostalgia del indígena como la curiosidad del colono. Fuiste elemento de continuidad entre el antiguo mundo y el mundo nuevo.

Como sustento básico con leche; de postre, con frutos secos; en forma de pella o pelota; espolvoreado sobre el potaje de verduras; mezclado con plátano o con aceite y azúcar. Y siempre bajo la mirada y en manos de quienes, en tiempos de paz y de guerra, con vacas gordas y vacas flacas, querían lo mejor para sus hijos.

Con millo del país, sevillano o argentino; con trigo, cebada, avena… con todo tipo de cereales y a diferentes grados de tueste. Dejarlo reposar en las sacas, irlo añadiendo poco a poco al molino para que baje y las piedras -una fija, la otra girando- muelan el grano y lo devuelvan en forma de harina. La piedra superior gira; la inferior, estática, sirve de base para el grano que se va moliendo. Perpetuum mobile que, desde el pasado indígena se proyecta hacia el futuro globalizado. En el girar de esas piedras innumerables generaciones se dan la mano en una gran cadena humana.

Has estado en las duras y en las maduras. Desde la cuna hasta el ataúd. Incluso cuando el café no olía a café y la vuelta de los indianos era una fiesta, allí estabas tú para recordarnos que hay cosas que no cambian; que hay fragancias que nos acompañan desde los tiempos de guayres y harimaguadas.

Hoy te presentas -tímido y modesto- en estanterías de elegantes capitales europeas que te reciben como alimento alternativo con ventajas dietéticas innegables. Pero tú, fiel a tu carácter y a tu historia, no haces caso de cantos de sirena y te dices que tus aromas se despliegan plenamente junto a las aguas del Atlántico, que tu textura tiene algo de arena de playa y tu sabor, de lava de volcán. No te molesta que te saboreen a orillas del Danubio o junto a la Grande Place. Al contrario, te imaginas despertando recuerdos en algún tamaimo lejos de estas costas y, por unos momentos, te sientes embajador de canariedades flotantes.

Pero que sean los críos, los chinijos, los pollillos, los pitufos de las islas quienes más te zarandeen, te empujen, te tiren y te saboreen. Eso es lo que tú quieres. En forma de gofitos, de ambrosías, de polvorones o como se les ocurra y les plazca…

Andas preocupado, como tantos otros, por los que vienen detrás. Te dices que hay madres y padres que se han dejado engatusar por cereales made in USA plenos de conservantes industriales y azúcar a raudales.

Yo quisiera saber cantarte como hiciera Neruda con la papa, como Espinosa, con el camello de Lanzarote, para decirle al mundo que, desde el bebé biberón hasta el abuelo tazón, llenas de aromas familiares hogares que, día tras día, rememoran lozanías, arrancan sonrisas, cultivan esperanza, sueñan con futuros y comparten alegrías y pesares.

Estás en nuestra mesa, pero también en nuestra música, GO-re-FI-o-SOL, moreno y oliendo. Y yo quisiera aquí traer un zurrón de palabras para honrar tu memoria, tus valores, tu presente y tu porvenir.

Pero entiendo tu enfado.

¿Estarás preparándote para envolvernos en calima y embadurnarnos de arriba abajo como si volviéramos a nacer, seres hechos de tu barro? ¿Un huracán, acaso, con círculos concéntricos; el de afuera de millo, los de enmedio de trigo y avena, el de adentro de cebada?

Entiendo tu enfado. Demasiado te hemos dado de lado. Pero te pido, alimento amigo, que en lugar de arrasar lo que a tu paso encuentres, lluevas sobre los campos para dar de comer a los pobres: son muchos y andan desorientados.

Hemos dejado de cultivar para importar de fuera. Todo nos parecía más bonito, más atractivo, más moderno; mejor, en una palabra. ¡Si hasta hemos llegado a pagar al importador para que venda más barato su producto que el que nuestra tierra pare! Por eso entiendo tu enfado, que te eleves sobre el mar disfrazado de arena sahariana, cubras el cielo de amarillo calima y nos envuelvas amenazante desde arriba.

Entiendo tu enfado. Pero quiero que sepas que en casa despertamos cada mañana y, junto al olor a café recién hecho, sentimos aletear por la cocina el aroma que sale de la lata de gofio. Que empezamos el día con vigor, acompañados de la fragancia que acompañaba a nuestros guanches, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Porque eso no han podido quitárnoslo. Quiero que sepas que, a veces, cuando busco un grato recuerdo de infancia, cierro los ojos y vuelvo a sentirte, muy adentro y calentito.

Y que eso te calme, que pase tu enfado, que de calima asfixiante te vuelvas arena junto al mar; de presencia amenazante, suelo firme que pisar. Tú, gofio, eterna materia salida de manos pobres desde la noche de los tiempos, hijo de la madre tierra que das vida a guanches y tamaimos, a los que se quedaron y a los que se fueron, y que te posas, como sin quererlo, sobre los mil objetos cotidianos que dan sentido a nuestro existir.

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Agustín Bethencourt (Tenesor Rodríguez Martel) nace en Gran Canaria en 1972. Estudios de lengua y cultura rusas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria . Vive en Moscú de 2002 a 2007. Tras 8 años viviendo en Bruselas, en 2016 se muda a Viena, desde donde sigue muy de cerca la realidad de Europa Central y Oriental. Miembro fundador de la revista Tamaimos y de la Fundación Tamaimos.

Reacciones
  • La verdad es que desde que nacimos hemos comido gofio, en los últimos siglos generalmente de millo, llevando incluso la escudilla al alpendre para que la leche de vaca recién ordeñada sirviera para amasarlo dentro del recipiente. En el campo de Gran Canaria los niños y niñas, desde la época de nuestros ancestro aborígenes, al igual que en todas las demás islas, saboreábamos el cereal tostado y molido sin que echáramos de menos otros alimentos menos nutritivos de épocas más recientes. También es verdad que nos regocija comprobar que desde países extranjeros nuestros j´óvenes emigrantes saben hacer poesía de esta costumbre canaria que, ojalá, nunca se pierda. Enhorabuena, Agustín Bethencourt. Un saludo.

  • En un paseo mañanero por un humilde mercado de las afueras de Lima, el dulce olor a gofio de mi niñez me llevó a un pequeño pasillo de suelo terroso. Allí, sentadas y apoyadas contra las paredes gastadas, unas señoras ataviadas con aquellas coloridas polleras típicas de la sierra peruana, vendían bolsitas de “máchica” (voz quechua con la que denominan allí al gofio). ¡Qué olor tan entrañable pero a la vez tan enriquecido de otros olores nuevos para mi olfato! El “gofio peruano” incluye ¿cereales? ancestrales como la quínua (que no quinoa, por más que en España nos empeñemos en llamarla así) o la kiwicha, descubiertos ha poco para el resto del mundo como superalimentos. Resulta (paradoja de este mundo que creemos globalizado sólo a partir del siglo XX) que ya los incas usaban “nuestro” gofio como alimento. Eso sí, allá, todavía hoy, se machaca (máchica) a mano el cereal tostado.
    Aquel fue el gofio con el que me alimenté durante mi primer embarazo.

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