Semanario Crítico Canario
Riesgos globales en sistemas en declive. A propósito de la COVID-19*

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Riesgos globales en sistemas en declive. A propósito de la COVID-19*

Dentro de los riesgos globales señalados por la revista Time para el año 2020 se destacan los medioambientales, el reordenamiento de las relaciones China-Estados Unidos bajo el prisma del liderazgo tecnológico y el descontento de las democracias insatisfactorias de América Latina. En ningún momento los encargados del estudio sospecharon que una pandemia situaría al mundo entero en menos de dos meses frente a una incertidumbre nunca vista hasta el momento. Autores como Ulrich Beck han afirmado que el riesgo sería el rasgo definitorio de las sociedades contemporáneas. Es precisamente en este momento cuando Occidente parece haberse topado con el alcance de dicha definición.

En el mundo del S.XXI globalizado, interconectado, interdependiente, los riesgos tienen la misma dimensión que el mundo que los sostiene. El lema del llamado “efecto mariposa” afirma que el aleteo de una mariposa en Sri Lanka puede provocar un huracán en Estados Unidos. Las sociedades contemporáneas parecen ordenadas como fichas de dominó: imposible que caiga una sin que afecte a todo el tablero. Decir “riesgo” remite a la cara de una moneda cuya cruz es la incertidumbre. Mi propósito es reflexionar aquí sobre algunas de las manifestaciones más relevantes de esta incertidumbre y su impacto en unos sistemas democráticos ya previamente en declive.

Para ello analizaremos tres aspectos: la tensión entre soberanía y supranacionalidad, las contradicciones que implica combinar seguridad y democracia, así como la disyuntiva entre capitalismo y sostenibilidad ecológica.

La tensión entre soberanía estatal y supranacionalidad podríamos remontarla al mismo momento del nacimiento del Estado como actor protagonista de las relaciones internacionales en el Tratado de Westfalia de 1648. Durante los siglos siguientes se han sucedido intentos, casi en su totalidad violentos, de imponer una supranacionalidad en Europa. Hubo que esperar al siglo XX para ver tres experimentos pacíficos que apuestan por una visión supranacional. La Sociedad de Naciones, fracasada ante el rearme de las respuestas nacionales a las tensiones surgidas tras la frágil paz de Versalles, las Naciones Unidas con sus diferentes programas y la Unión Europea como intento original y único de acuerdo de cesión parcial de soberanía. Desde el mismo momento de su nacimiento, la Unión ha avanzado bajo un equilibrio inestable entre aquellos miembros que apostaban por un acuerdo eminentemente económico y aquellos que apostaban por respuestas únicas ante temas tradicionalmente soberanos como políticas fiscales o incluso la posibilidad de establecer un ejército europeo. Tras la salida de Gran Bretaña, el 31 de enero de este año, parecía —según los europeístas más optimistas— que caminaríamos hacia la deseada supranacionalidad. Contra todo pronóstico, la crisis del coronavirus ha dinamitado este optimismo. Los discursos se han endurecido y se han reordenado geográficamente. Por un lado, Italia, España y Portugal que casi parecieran, suplicar por eurobonos apelando a la posibilidad de emitir deuda europea y, por otro, el Norte, representado en este momento por Mark Rutte.

Durante la reunión parlamentaria de marzo de 2020 donde se pidió aumentar el período de alarma en España, algunos diputados pidieron la creación de una autoridad internacional que actuara contra la presente y futuras pandemias, bofetada ciega, o no tan ciega, a la Organización Mundial de la Salud (OMS), creada bajo auspicio de las Naciones Unidas en 1948, y cuyo objetivo es “alcanzar para todos los pueblos el máximo grado de salud, definida en su Constitución como un estado de completo bienestar físico, mental y social”1. Líderes del mundo a través de un Manifiesto para una acción conjunta contra la pandemia2 exigen un liderazgo global ante la COVID-19 y exhortan una respuesta supranacional común. Hasta ahora, por ende, la OMS nunca había sufrido un cuestionamiento de estas características. Su papel, tal y como se afirma en el manifiesto, indicaba que “no podemos pretender que dependa exclusivamente de las donaciones benéficas”3. Si en 72 años de existencia no se ha logrado posicionar como ente supranacional decisivo, va siendo hora que lo haga o quede relegada a una real beneficencia.

Churchill afirmó en uno de sus más conocidos discursos: “os dieron a elegir entre deshonor y guerra. Elegisteis deshonor y ahora tendréis guerra”. En este momento y haciendo un paralelismo podemos presentar la nueva tensión, determinada por la pandemia, entre soberanía nacional y el abismo socio-político. No estamos ante la última pandemia del siglo ni ante el último confinamiento. Tal vez sea una realidad a la que tengamos que acostumbrarnos con relativa frecuencia. La pandemia actual cuesta vidas, la incertidumbre, quizá más.

Otro riesgo global que se enfrenta en la actualidad es el complicado equilibrio entre derechos civiles y seguridad. No es tampoco un problema nuevo. Ya en el siglo XVII se preguntaba Hobbes hasta dónde no daría un hombre porque se le garantizara su seguridad, entendida como la seguridad vital, su vida, creando con la respuesta la más sólida defensa que ha gozado el absolutismo hasta el momento. El ser humano está dispuesto a ceder todo por garantizar su derecho a la existencia. La disyuntiva volvió a saltar a la palestra en épocas recientes con los atentados del 11-S. Los derechos civiles fueron recortados en nombre de la deseada seguridad hobbesiana.

En la actualidad España se encuentra bajo estado de alarma, cuestionado por algunos investigadores y diputados un “estado de excepción encubierto”4 y en general aceptado sin discusión por la inmensa mayoría de la ciudadanía en nombre de la vida.

En la LO 4/ 81 que regula los estados excepcionales de alarma, excepción y sitito se afirma que la duración de la excepcionalidad de la alarma no excederá de 15 días salvo “con autorización expresa del Congreso de los Diputados, que en este caso podrá establecer el alcance y las condiciones vigentes durante la prórroga”. Por otro lado, se habla de la posibilidad de geolocalizar a través de la telefonía móvil a los ciudadanos en nombre de la seguridad, garantizar su ubicación sin que ello haya tenido hasta el momento respuesta parlamentaria. En Corea del Sur esto parece ha tenido éxito en controlar la pandemia. Sorprende que Hobbes tenga tanta vigencia. Renunciar a la libertad por la seguridad elemental, ni siquiera una seguridad garantista de otro derecho más allá de la vida tiene hoy menos contestación que hace años, pero estamos en sociedades democráticas postgarantistas donde la discusión debe, en nombre de los derechos que dice defender, darse siempre, con la misma rotundidad con la que tratan de ser mermados, sea cual fuere la amenaza que los sustente. No hay que olvidar que hay países que no regulan la intensidad de las situaciones excepcionales y se suspenden los derechos bajo la única posibilidad de “estado excepción”5 con los riesgos que conlleva no graduar la excepcionalidad. La incertidumbre que esta tensión plantea parece en este momento decidirse desequilibradamente hacia el lado de la seguridad. No es de extrañar. Lo inquietante es la ausencia de discusión sobre el asunto.

Por último, consideremos algunos aspectos de la disyuntiva entre capitalismo y medioambiente sostenible. Hasta hace poco más de un mes, el aumento de las tensiones comerciales y tecnológicas entre China y Estados Unidos ocupaban gran parte de la actualidad económica. La subida arancelaria, el intento de re-internalizar la producción de Estados Unidos, o, por lo menos, sacarla de China y, en definitiva, un aumento de la incertidumbre comercial entre dos potencias que parecieran querer reescribir una economía bipolar en el plano tecnológico. Sin embargo, la urgencia de los últimos acontecimientos ha planteado una cuestión que, en enero de este año, parecía no tener cabida. Cuando Italia y España deciden suspender los aspectos no esenciales de su economía, en el caso de España sin definir muy bien qué es esencial, algunos autores, más literarios que económicos6 han lanzado la posibilidad del colapso capitalista. No es de extrañar, dado el sistema económico cuyo indicador de salud es la producción, el crecimiento medido en el aumento del Producto Interno Bruto, el suspender la producción de dos de las primeras 10 economías de la Unión Europea7 es inducir el coma en dos de las economías más poderosas de la Unión8 y relativamente del mundo. La incertidumbre que esto genera es brutal. El manejo de la misma, también. Países como Suecia y Holanda o Alemania consideran inviable pagar el precio de la suspensión productiva, aún a precio de achacar a España e Italia una imprevisión que también ellos han tenido.

Lo que plantea esta situación es inédito. No tiene nada que ver con las crisis especulativas de 2008 o 1929, tampoco con la crisis económica asociada a la II Guerra Mundial donde la producción no era el problema. Lo que se está haciendo temporalmente, con la suspensión de la producción, es suspender la esencia misma del capitalismo. Cuanto más tiempo estén estas economías inducidas en un coma artificial, más tiempo costará después la reanimación. Las oportunidades que esta situación plantea pasan desde las más utópicas a distópicas, pasando por las moderadas y realistas.

Las ideales las podemos centrar en la posibilidad, hasta ahora única, que esta situación ofrece para cuestionarse el PIB y el crecimiento como transversal, fundamento y faro de la economía. El movimiento ecologista, el ecofeminismo o economistas por el decrecimiento plantean desde hace años la inviabilidad a largo plazo del sistema. Desde la publicación en 1972 del informe Los límites del crecimiento, auspiciada por el Club de Roma, el debate sobre el tema ha ido pasando de ambientes marginales hacia posiciones centrales de la esfera pública.

El decrecimiento es una corriente favorable a la disminución controlada de la producción económica con el objetivo de armonizar el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y entre los propios seres humanos. Su objetivo es abandonar el crecimiento por el crecimiento: el acrecimiento.

La situación actual, no supone una disminución controlada, es una suspensión casi total y temporal, por lo tanto no podemos analizar los efectos que produzca bajo este prisma teórico pero sí plantea la posibilidad de repensar el crecimiento teórico y hacer una lectura realista de esta corriente. ¿Estamos dispuestos a vivir en una Europa más pobre? ¿Es el capitalismo la esencia de la Unión Europea o es un proyecto político trascendente? ¿Seguiremos euro convencidos si perdemos liderazgo económico?

La cuestión es saber hasta dónde estamos dispuestos a apostar por un sistema económico medioambientalmente insostenible y cuánta incertidumbre, por tanto estamos dispuestos a soportar en el abismo de la alternativa.

Javier Sampedro9 afirma que las tres pandemias del Siglo XX ni cambiaron el mundo ni el sistema económico. Es difícil pensar que esta lo haga, pero la  incertidumbre que plantea y las especulaciones de ella derivada tienen sus efectos en un sistema en declive.

La incertidumbre global se cierne además sobre unos sistemas democráticos liberales en declive, caracterizados, básicamente por una representatividad en crisis. El grito de “no nos representan”, lema de las respuestas populares a la crisis económica de 2008 en España, resume bien la situación percibida. Engranajes perfectos incapaces de responder para lo que fueron creados. La Unión Europea, en su Libro Blanco sobre Gobernanza10, apuesta por este modelo para el siglo XXI, por la interacción entre los distintos agentes económicos, políticos y ciudadanos para definir problemas, encontrar soluciones y sostener las instituciones que lo hagan posible. No podemos negar esfuerzos para ello, pero tampoco dejar de cuestionar sus avances.

La incertidumbre se puede gestionar de maneras diferentes. Una buscará respuestas sólidas e irreales pero que ayuden a sostener a gran parte de la sociedad cansada de preguntas sin respuesta y ver cómo sus niveles de vida bajan mientras la desigualdad social aumenta escandalosamente. Esta optará por respuestas carismáticas, absolutistas, de buenos y malos, de culpables e inocentes y dará pie a líderes propios de la primera mitad del siglo XX. En el siglo XXI, eso sí, vendrán cada vez más, bajo la bandera de la “aideología”. No serán ni de izquierda ni de derechas, sino del “pueblo”, de la modernidad y en nombre de un positivismo imposible en las ciencias sociales, presentando esto como novedad, como si no perteneciera a la más rancia tradición caudillista occidental. Se apela a valores tradicionales como “soberanía”, “tiempos de guerra”, “seguridad”, y sobre todo, la incertidumbre como algo superable y anecdótico.

Por otro lado, y cada vez más como una entelequia, la gestión de la incertidumbre desde el reconocimiento de la misma como algo esencial a los tiempos contemporáneos. Buscando un equilibrio siempre inestable entre la necesidad de seguridad y libertad, que se atreva a cuestionar seriamente alternativas a un sistema económico incapaz de parar y de dejar de crear desigualdad y superar definitivamente el concepto de soberanía propio del siglo XVII entendiendo que amenazas globales no se pueden responder con respuestas locales.

El trilema de Rodrick señala que no se puede optar simultáneamente por la hiperglobalización económica, la soberanía nacional y la democracia, sino sólo por dos de estos elementos a la vez. La crisis de la COVID-19 está mostrando que pretendemos optar a la vez por la hiperglobalización capitalista y la soberanía nacional. En realidad, tal vez nos encontramos ante el agotamiento de ambas formas de organizar y entender el mundo.

Bibliografía

Beck (1998). La sociedad de riesgo, hacia una nueva modernidad. Paidós. Barcelona.

Rodrick (2011). La paradoja de la globalización. Antoni Bosh. Barcelona

Notas

1 Extraído de: http://www.exteriores.gob.es/RepresentacionesPermanentes/OficinadelasNacionesUnidas/es/quees2/Pagi nas/Organismos%20Especializados/OMS.aspx

2 Disponible en: https://elpais.com/elpais/2020/04/07/opinion/1586254452_353504.html

3Íbid.

4 Véase el artículo:

http://theconversation.com/es-el-estado-de-alarma-en-espana-un-estado-de-excepcion-encubierto-135358 También es una postura mantenida por los representantes parlamentarios del partido político VOX y de la CUP

Véase:

https://elpais.com/espana/2020-04-06/vox-rechaza-la-prorroga-del-estado-de-alarma-y-recurrira-al- constitucional.html

https://mundo.sputniknews.com/espana/201709181072441409-espana-cataluna-independencia-cup

5 Por ejemplo, El Salvador reconoce solo la situación de excepción, regulada en sus artículos 29, 30 y 31 de su Constitución.

6 Así por ejemplo Aiweiwei o Douglas Kennedy. Ver:

https://elpais.com/ideas/2020-04-04/ai-weiwei-el-capitalismo-ha-llegado-a-su-fin.html https://elpais.com/cultura/2020/04/01/babelia/1585756728_283072.html

7 Italia es, a datos de finales de 2019, la octava economía del mundo medido en criterios de PIB nominal y España ocupa el puesto trece.

8 Aun con el menosprecio de parte de los dirigentes europeos, las producciones de España e Italia son determinantes en la UE.

9https://elpais.com/ciencia/2020-04-02/contra-el-optimismo.html

10https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=LEGISSUM%3Al10109

* La autora es Nivaria Ortega Monche, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su labor docente y como consultora para distintos organismos internacionales en América Central. En la actualidad es profesora de economía en enseñanza media en Fuerteventura. Remitió el artículo a Tamaimos.com por correo electrónico para su publicación.

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