Semanario Crítico Canario
Crónicas pandémicas (VIII): sobre el (des)confinamiento mental canarioParque Natural de Tamadaba. Fuente: Pablo en Flickr.

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Edmundo Ventura es, por ventura, muchos Mundos en uno solo. O, si se quiere, otro Mundo de los muchos mundos que somos las personas. Se dedica a escribir sin tapujos. Se le ha visto en compañía de su alter ego, Josemi Martín, frecuentando malas compañías, a altas horas y en lugares poco recomendables. Mientras éste guarda las apariencias y quiere pasar por formal y recto, aquél se muestra descarnado e imperfecto como es. Dicen que tanto viento lo desarbola pero sabe mantener la dirección. Tiene, como su tocayo el Conde, sed de justicia. Creyó en aquél que dijo que sería saciado.

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Crónicas pandémicas (VIII): sobre el (des)confinamiento mental canario

Sonroja ver a Moncloa teniendo que copiar pero, sobre todo, invita a preguntarse si de verdad hay alguien al volante.

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La desafortunada y colonial metáfora del laboratorio -lo que llamaríamos un Freudian slip, pues no se les ocurrió usar palabras más acertadas como vanguardia, líderes, ejemplo, etc.- dio paso a un nuevo episodio de centralismo autoritario que, esta vez, rozó el surrealismo. El serio y concienzudo Plan Canario de Desconfinamiento, presentado por el portavoz del Comité de Expertos, Lluís Serra, fue contestado desde Madrid, no por sus posibles puntos débiles sino porque, básicamente, no se les había ocurrido a ellos. Parece que lo que importa al Gobierno “progresista” no es que las órdenes sean precisas, sino que se acaten, como ha dicho con mucho tino Iñaki Gabilondo. Vale más seguir las indicaciones de un Ministerio de Sanidad vacío de funciones y cuadros desde las transferencias – en el caso canario, 1994- que admitir el papel dirigente que deben cumplir las autonomías a la hora de combatir esta pandemia. 

Súmenle ustedes a esto la especial crueldad con la que el Gobierno de Sánchez ningunea las peticiones de las administraciones autonómicas y locales para poder usar los fondos del superávit retenido en los bancos así como para apoyar cualquier propuesta de endeudamiento mancomunado o la idea de un fondo no reembolsable para las autonomías, como el que el Estado español pide a Europa… y tendrán el que probablemente pasará como el Gobierno con vocación más centralista de la Historia reciente. ¿Y dónde está el toque surrealista, dirán ustedes? Básicamente en el hecho de que a los tres días el Gobierno de España hiciera público su plan en el que plagiaba descaradamente medidas y orientaciones del plan canario que acababa de denostar. Sonroja ver a Moncloa teniendo que copiar pero, sobre todo, invita a preguntarse si de verdad hay alguien al volante. 

Las reacciones en medio de toda esta rebambaramba dan, como siempre, mucho de lo que tirar. Por un lado, estamos quienes hemos cerrado filas con el plan de nuestro gobierno porque entendíamos que éste era el producto del trabajo consensuado de los mejores expertos disponibles en nuestro Archipiélago y que era imbatible, como no podía ser de otra manera, en cuanto a conocimiento de nuestra propia realidad sanitaria, social, económica, etc. No se debían aceptar lecciones por parte de quien no podía darlas. Las medidas eran sensatas, proporcionales,… y, tal vez se le pudiera criticar el que la territorialidad no jugara un papel aún más importante, pero poco más. A mí me ha parecido muy seria y responsable la actitud de José Miguel Barragán, Secretario General de Coalición Canaria, defendiendo el Plan de cualquier posible ataque así como sacando la cara por la profesionalidad de sus redactores. Puede haber crítica constructiva pero también debe haber apoyo nítido cuando deba haberlo. Eso nos hará un país mejor. 

Sin embargo, abundaron las críticas al plan liderado por Sierra dentro de las propias islas por múltiples razones. Aunque el Presidente Ángel Víctor Torres se mantuvo firme en su defensa del mismo, no faltaron voces discordantes dentro del PSOE, en especial por la tremenda asertividad con la que el Catedrático de Salud Pública -catalán de nacimiento y canario de adopción- sacó la cara por el mismo. En Canarias, sigue siendo un gran tabú el llevar la contraria, especialmente si es a alguien de la meseta que quiera imponernos algo, aunque en su currículum tenga la centralización de las compras médicas, los tests inservibles, su brillante idea de que los niños pasearan por los supermercados, etc. Plantear lo que Pablo Utray ha denominado el “buen pleito nacional-popular canario” es directamente impensable, algo a lo que los canarios no debemos ni solemos atrevernos y, sin embargo, algo que Sierra hizo de manera casi natural, lo cual dejó a más de uno instalado en la perplejidad ante el atrevimiento. Y, como suele suceder, al decir de Víctor Ramírez, ocurrió que “el castrado no odia al que lo castró sino a quien no se deja castrar”. 

Fueron muchos los que en las redes pasaron de cuestionar el plan canario a dar por bueno el del Gobierno español, en un giro copernicano, sin necesidad de argumentar nada. ¿Porque qué podrían argumentar? Su rechazo al mismo venía indudablemente de la severidad con la que se juzga cualquier proyecto que emane de nuestra sociedad y no venga inoculado desde Fueralandia, ese lugar casi mitológico donde todo se piensa, se fabrica, se razona. Da igual que sea en el ámbito cultural, empresarial, deportivo, social y, por supuesto, político. Si es canario, muy bueno no puede ser. La película, el entrenador, el grupo de música, el proyecto cultural,… sólo parecen escapar las ambrosías y cierto refresco de fresa de cuyo nivel de azúcar prefiero no acordarme. 

Así funciona el cerebro de muchos de nuestros paisanos, que han sido criados en esta ponzoña y parecen no poder cambiar. Están siempre dispuestos al autoodio, la endofobia, la flagelación y el odio feroz a quien osa cuestionar las directrices venidas de Fueralandia, capital Madrid. Es aquí donde es inevitable hacer referencia a Manuel Alemán, cuando en Psicología del hombre canario habla del carácter receptivo del hombre canario: “(…) espera de lo exterior a él los bienes que necesita (pero es una espera pasiva, y con la creencia de su incapacidad para crear y producir” (p.94). O también, más adelante, cuando hablando del “mantenimiento de la sumisión” afirma: “Además de arraigarle su situación de inferioridad sociológica, le agudiza su sentimiento de inferioridad psicológica, provocándole a su vez sentimientos de admiración hacia el hombre de la clase culta” (p.190).

No faltaron quienes incluso llegaron a dudar de la cualificación de los miembros del Comité de expertos, sin duda porque no llegaron a la última página del plan, donde se detallan los cargos que ocupan estas catorce personas y que, obviamente, no son “un filósofo que pasaba por allí”. Late detrás de esos argumentos, es un decir, la división del trabajo intelectual según la cual de Fueralandia nos viene la ciencia indiscutida e indiscutible mientras que en “provincias” somos más de politiqueo, supersticiones y ritos ancestrales, por lo visto. Ese virus “que no sabe de territorios” sí sabe de centralismo académico. Nuevamente la admiración hacia “el hombre de clase culta” siempre y cuando dicho hombre esté en el sitio adecuado, o sea, Madrid.  

También menudeaban opiniones del tipo de “no estamos preparados” o “no somos disciplinados y esto va a ser un desastre”. Sobre lo primero, sorprende la transformación que se produjo en apenas unos días -tan pronto nos dieron la orden cuartelaria- en el pueblo canario, que pasó rápidamente de “no estar preparado” a ser un pueblo preparadísimo y por tanto firme candidato a arrancar con el desconfinamiento, como aconsejaban todos los indicadores de la Organización Mundial de la Salud y el fantasmagórico Ministerio de Sanidad. Sobre lo segundo, de nuevo esa mirada severa, según la cual, somos un desastre incluso aunque los datos sobre la movilidad de la ciudadanía canaria durante estas semanas indiquen un grado de cumplimiento de las normas ejemplar, superior a la media española. ¿Será que llevamos la docilidad en el ADN y no nos lo creemos?

Todo hacía predecir que el “confinamiento mental” de amplios sectores de la sociedad canaria no iba sino a agudizarse en un contexto tan extraordinario, donde de manera casi natural nuestras vulnerabilidades afloran y lógicamente corremos a buscar auxilio en aquellos que entendemos que nos pueden socorrer en la zozobra. Para muchos, ésta sigue siendo la España “provisora”, en el doble esquema que Alemán propuso: somos sociológicamente patriarcales pero emocionalmente matriarcales. Sin embargo, seguimos siendo, sobre todo, la “Canarias, sociedad sin padre”, que el psicólogo, pedagogo y teólogo canario planteara. El Gobierno de Sánchez, apoyado en esto sin ambages por Podemos, no hace sino recordárnoslo a cada momento. Su indisimulada afición por el mando único o el brillante latiguillo de “no existen los territorios” no deja lugar a dudas. La izquierda española está muy unida en todo esto, incluida “la del cambio” y en Canarias cuenta con poderosos aliados, instalados en nuestra psique colectiva hace siglos. Tengo para mí que el desconfinamiento mental llevará mucho más tiempo que el domiciliario. 

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