Semanario Crítico Canario
La liberación del ángel de la historia*Fuente: 80 grados.

Pero desde el Paraíso sopla un huracán que, como se envuelve en sus alas, no le dejará plegarlas otra vez. Esta tempestad arrastra al ángel irresistiblemente hacia el futuro, que le da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él de la tierra hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.
–Walter Benjamin, Tesis IX, Sobre el concepto de historia[1]

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La liberación del ángel de la historia*

¡Pobre ángel de la historia! No hay razón para llamarle progreso a esa tempestad que lo arrastra hacia el futuro. Sin embargo, al menos hasta estos días en los que comienza a vislumbrarse el cúmulo de las más inmensas ruinas en la historia de la humanidad, a las tecnologías actuales comúnmente se les llama ‘avances’, ‘avances tecnológicos’. Y quien no esté en posesión de ‘la tecnología’ para hacer esto y aquello, está ‘atrás’. Aun se presume que avances, adelantos y tecnología son prácticamente lo mismo. La tecnología actual se figura como la portadora estrella de un progreso que no se percibe como destructora tempestad, sino como bendición de cara a un mejor futuro.

Han pasado siete años desde la publicación de mi libro, Tras otro progreso.[2] Argüía en ese libro que no hay tal cosa como la tecnología, o que no toda ella tiene que responder a los mismos fines. Planteaba que, si queremos progresar con tecnología, ésta tendrá que ser otra tecnología, orientada al fortalecimiento de las cercanías. De hacerse realidad esa reorientación hacia las cercanías, dejaríamos de estar bajo los efectos del huracán al que se refería Benjamin hace un siglo. ¿Por qué pensaba que tal reorientación es posible? ¿Por qué consideraba posible que se desplazara la obsesión con la tecnología actual?

Con el vocablo ‘progresar’, no me refería a lo que podemos denominar progreso técnico, como cuando un modelo nuevo de celular tiene más funciones y responde con más rapidez a mis comandos. Me refería a llevar a la humanidad como tal un paso adelante, esto es, a producir las condiciones para una mejor humanidad. Se trató, en todo caso, de un proyecto aún moderno: la posibilidad del progreso de la humanidad con tecnología. Con el llamado a las cercanías, pretendía propiciar “encuentros presenciales, encuentros cara a cara con otras personas y con uno mismo” (16). Planteaba, entonces, que, si queremos hacer uso de tecnología para genuinamente avanzar, esa tecnología tendría que tener como fin principal fomentar encuentros presenciales, encuentros cara a cara con otras personas y encuentros con uno mismo.

No me es ajeno pensar que lo que planteaba en ese libro es una locura. ¿Cómo la tecnología va a orientarse a propiciar cercanías, si su propósito es precisamente aumentar nuestras posibilidades y agilizarlas, lo que implicará multiplicar los modos de encuentro no presenciales, para hacernos a nosotros mismos más accesibles y hacerlo todo más cómoda y ágilmente? Resulta evidente que dicho propósito, percibido como la naturaleza misma de toda tecnología, no implicará, en sí mismo, un desacuerdo con los encuentros cara a cara, pero tampoco supondrá una orientación a su fortalecimiento. Aunque la tecnología actual ha mostrado, argumentaba en el libro, una clara tendencia a diluir la fuerza que pueda haber en los encuentros presenciales, los y las defensoras unívocas de la tecnología plantean que ello es un mero efecto colateral, pues, en última instancia, la tecnología logra aumentar nuestras posibilidades de encontrarnos y compartir. Por tanto, la tecnología actual es para bien.

Tras otro progreso fue todo un libro para contestar a esa objeción. La tecnología no es inseparable de los patrones contemporáneos de optimización. No es inseparable del mero aumento en opciones y su agilización. No es inseparable de la sustitución de las cercanías por alguna lejanía virtual.

Contemplaba la posibilidad de otra tecnología para ese otro progreso. Pensaba que siempre podemos vislumbrar una cultura tecnológica diferente, que se fije más en andar consciente de los alrededores más inmediatos que en andar velozmente a expensas de las y los niños, las y los ancianos y otros seres vivientes; una cultura tecnológica que insista más en fortalecer el punto de encuentro que en evitar tener que llegar al punto de encuentro; una cultura tecnológica que se enfoque más en diversificar los instrumentos musicales, los deportes y las prácticas en la formación de las futuras generaciones que en la reproducción controlada de todo tipo de evento para hacérselo llegar a una persona aislada. La diversificación se reflejaría en el ámbito de los empleos, pues el énfasis no estaría en crear empleos inútiles, sino en enriquecer la experiencia de todo trabajador y trabajadora. La diversificación se reflejaría también en ámbitos como la energía, el agua y la alimentación, puesto que la política pública estaría abocada a la generación y distribución a nivel comunitario, donde quienes tenemos el poder podemos colaborar de cerca.

La tempestad de la que habla Benjamin, sin embargo, no deja de nublar todas esas posibilidades. Como el ángel de la historia, nosotros también nos vemos forzados a darle la espalda al futuro. No hay futuro así. No es factible. Este huracán se queda con todo. El mismo ángel de la historia, por no poder plegar las alas, está destinado a morir arrastrado por los vientos. Así, la propuesta de Tras otro progreso es una locura, y lo es porque, al parecer, como decía en el libro, los contemporáneos “estamos demasiado rodeados de voces que vienen de lejos, voces que también, en alguna medida, se deciden y se montan para propósitos comerciales.” Aunque tendemos a decir lo contrario, “somos más público espectador y oyente que conversador con nosotros mismos. Somos más pasivos que activos. … Parecería que el globo está llenándose de personas que sienten más afinidad con alguna lejanía que con todo lo que pueda quedar de las cercanías que nos rodean.”[3] La insurrección se hace más necesaria precisamente en los tiempos en que el control político de los ambientes sustitutivos por parte de una minúscula pero extraordinariamente poderosa élite se hace aun más invisible y ubicuo, sacándole provecho al incesante aumento de distracciones.

El capital es el más mortal de los virus de estos tiempos. Ciertamente, es más letal que el coronavirus. De hecho, podemos ver su forma mortífera de hacer las cosas en las causas del COVID-19, en nuestras prácticas agrícolas destructivas de los ecosistemas y en el indecible maltrato a animales que, desde ya justo al nacer, los acorralamos muy eficientemente para el eventual consumo humano.[4] El capitalismo se mete en cuanta esquina de la vida pueda con su afán de plusvalía; se adueña sin pausa del encuentro presencial que en aquel libro se priorizaba, cara a cara con otras personas y con uno mismo. El encuentro, efectivamente, deja de ser cara a cara, sea con otra persona o sea con uno. El encuentro es opacado, ocupado, colonizado. El distraído y desorientado sujeto del siglo encuentra la contestación a la pregunta de qué ha de pensar en el dispositivo que cada vez se hace más difícil soltar. Y no es sólo la contestación a la pregunta de qué pensar, sino también la contestación a las preguntas de a quién ver y qué hacer. Como diría Byung-Chul Han, a quien leí posteriormente, “La falta de distancia expulsa la cercanía”.[5] Y Mark Fisher, a quien también leí posteriormente: “El capital es un parásito abstracto, un vampiro insaciable, y un creador de zombis; … los zombis que crea somos nosotros”.[6]

Por supuesto, no nos pongamos romanticones con el encuentro presencial. Ese encuentro también puede ser cooptado. Cierto. ¿Pero el hecho de que tanto lo uno como lo otro pueda ser capturado es razón para restarle prioridad a lo que es prioritario? El potencial de corrupción del encuentro presencial no compara con el salvajismo de pantallas, visuales y virtualidades que se acomodan cada día más a los deseos inmediatos –creados, a su vez, por esas mismas pantallas– del sujeto actual. Aludir al potencial de corrupción del encuentro presencial para justificar los ambientes sustitutivos que siguen ‘avanzando’ y ‘adelantándonos’ el futuro es quedarnos arrollados en la tempestad, en el sentido de la metáfora de Benjamin. Paraliza toda discusión posible con relación a nuestra cultura del progreso, decantándose, de facto, por lo ya dominante.

La crisis actual es precisamente la presunta imposibilidad de llevar a cabo el proyecto que imaginaba en mi libro. Con el COVID 19, resulta que las cercanías nos pueden matar. Los ambientes sustitutivos de las cercanías se hacen necesarios, y todo ello nada menos que para salvar vidas. Resulta muy conveniente para una próxima y fortalecida etapa de la tempestad. Una vez más, el huracán del progreso se transmuta en bendición en el imaginario popular. Si hasta ahora en la guerra fría que aún nos cobija hemos logrado sobrevivir con la tecnología actual a la sombra del principio de destrucción mutua asegurada, resulta que emerge un nuevo imperativo de sobrevivir con la tecnología actual a la sombra del principio de infección mutua asegurada. En ambos casos, el otro es una amenaza mortal. Sobrevivimos a la sombra del terror. No es otra cosa que “barbarie con rostro humano”, como diría el brioso Zizek.[7]

¡Ah, pero no nos alarmemos! ¡Los entramados tecnológicos que hemos venido construyendo nos vienen a salvar! “Nos tenemos que reinventar”, nos dicen, al son de más y más sustituciones de las cercanías tendremos “un nuevo normal”. Se intensifica la tempestad hasta de súbito quedar amenazada con la muerte quien desobedezca. El llamado progreso arrastra al ángel de la historia con toda su presuntamente benigna violencia hacia un futuro que no puede ver, aunque trate, mientras el cúmulo de ruinas sigue creciendo ante él hasta más allá del cielo.

Haz con las tecnologías a tu disposición lo que sea necesario hacer. Pero, por favor, no te confundas. Fue la tempestad de la práctica actual del progreso, impulsada tanto por el capitalismo voraz como por una ciega y falsa naturalización de esa práctica, la que nos trajo a esta crisis global, en la que se hace necesario usar las tecnologías debilitadoras de las cercanías que caracterizan dicha práctica. No fueron los chinos. No fue la naturaleza. Tampoco es el castigo de algún dios.

____________

[1] Walter Benjamin, Estética y política. (Buenos Aires: Las cuarenta, traducción del alemán de Tomás Agustín Bartoletti y Julián Manuel Fava, 2009), 140.

[2] Héctor José Huyke, Tras otro progreso: Filosofía de la tecnología desde la periferia. (Cabo Rojo: Editora Educación Emergente, 2013).

[3] Héctor José Huyke, Tras otro progreso: Filosofía de la tecnología desde la periferia, 135.

[4] David Benatar, “Our Cruel Treatment of Animals Led to the Coronavirus”. En The Stone, New York Times, 13 de abril, 2020 (https://www.nytimes.com/2020/04/13/opinion/animal-cruelty-coronavirus.html).

[5] Byung Chul Han, La expulsión de lo distinto. (Barcelona: Herder, traducción de Alberto Ciria, 2019), 62.

[6] Mi traducción de Mark Fisher, Capitalist Realism. Is There No Alternative? (Alresford, Hampshire, UK: Zero, 2009), 15.

[7] Slavoj Zizek, ¡Pandemia! El COVID-19 sacude el mundo. Centro de Estudios de Orientación Psicoanalítica, Traducción del inglés de ‘So on in spanish’, 2020), 53. Es Zizek quien me ha traído a la memoria el principio de destrucción mutua asegurada, MAD, por sus siglas en inglés.

* El autor es Héctor José Huyke Souffront originalmente publicado en 80 grados. Compartido bajo Licencia Creative Commons.

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Pero desde el Paraíso sopla un huracán que, como se envuelve en sus alas, no le dejará plegarlas otra vez. Esta tempestad arrastra al ángel irresistiblemente hacia el futuro, que le da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él de la tierra hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.
–Walter Benjamin, Tesis IX, Sobre el concepto de historia[1]

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