Semanario Crítico Canario
Estamos viviendo una Primavera Roja*WASHINGTON, DC - MAY 30: Police work to keep demonstrators back during a protest in Lafayette Square Park on May 30, 2020 in Washington, DC. Across the country, protests were set off by the recent death of George Floyd in Minneapolis, Minnesota while in police custody, the most recent in a series of deaths of black Americans by the police. Earlier today, former Minneapolis police officer Derek Chauvin was taken into custody and charged with third-degree murder and manslaughter. (Photo by Tasos Katopodis/Getty Images)

Otros Ángulos

Estamos viviendo una Primavera Roja*

En el Verano Rojo de 1919, la violencia racista golpeó a EE UU mientras la gripe española asolaba el país. Con las protestas masivas contra los asesinatos policiales a lo largo y ancho de un país invadido por la pandemia, parece que ahora estamos viviendo una Primavera Roja.

Una ola de violencia racista contra la gente afroamericana ha inundado EE UU. En todo el país, activistas afroamericanos y organizaciones de izquierda tratan de organizarse e incluso contraatacar. Mientras, una pandemia asuela el país y el mundo. Crisis internacionales amenazan con desgarrar la nación.

Este era el estado de cosas en el verano de 1919.

EE UU se tambaleaba a raíz de los disturbios del Verano Rojo, cuando cientos de personas afroamericanas cayeron asesinadas en grandes y pequeñas ciudades. Muchos de los disturbios eran poco más que pogromos contra la población negra, lanzados en respuesta a las crecientes demandas de derechos civiles, derechos laborales y viviendas dignas. Todo esto sobrevino mientras la nación luchaba por volver a una economía de paz en plena incertidumbre internacional y la pandemia de gripe –llamada popularmente gripe española– asolaba el país. Finalmente morirían 675.000 estadounidenses a causa de la gripe, contabilizándose más de 50 millones de muertes en todo el mundo.

Se suele decir que la historia no se repite, pero en este caso parece que rima.

Cuando empecé a trabajar en este artículo la semana pasada, gentes de todo el país estaban indignadas ante el último asesinato filmado de un afroamericano. Este mismo año, Ahmaud Arbery murió de un disparo en la ciudad de Brunswick, en el sur de Georgia, cuando había salido a correr. Sus asesinos dijeron a la autoridad que pensaron que Arbery se ajustaba a la descripción de un ladrón de la localidad y alegaron que simplemente se habían defendido con arreglo a la legislación georgiana, un argumento que aceptó el fiscal del distrito local, quien se negó a investigar el caso. (La policía detuvo posteriormente a dos hombres, acusándoles de asesinato y agresión con agravantes.)

Desde entonces, en muy poco tiempo, nuevos asesinatos de hombres y mujeres afroamericanas a manos de la policía han reavivado un viejo debate sobre racismo y vigilancia policial hasta llevarlo a un posible punto de ruptura. El jueves, manifestantes en Minneapolis pusieron fuego a una comisaría de policía tras el asesinato filmado de un hombre negro de 46 años, George Floyd, y siete personas recibieron disparos de bala durante sendas manifestaciones tras el asesinato de una mujer negra de 26 años, Breonna Taylor, por un policía de paisano. El viernes y sábado estallaron las manifestaciones por todo el país, mientras en Minneapolis continuaba la conflagración.

Los asesinatos, grabados con cámara, constituyen un alarmante recordatorio de las numerosas fotografías de linchamientos repartidas por todo el país a comienzos del siglo XX. Algunas fueron catalogadas por la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP) y expuestas como ejemplos de brutalidad y barbarismo en EE UU. Otras, sin embargo, se enviaron en forma de postales a gente blanca de todo el país, pequeños recuerdos del terror blanco.

La ola de violencia más sangrienta durante el Verano Rojo tuvo lugar en Elaine, Arkansas, donde unos aparceros afroamericanos estaban luchando por organizarse. Frente a la oposición violenta de los propietarios de tierras y entre constantes rumores lanzados por la prensa local de que los afroamericanos se organizaban para matar a la población blanca, los aparceros negros fueron acosados y finalmente asesinados por soldados y justicieros. Mataron por lo menos a 200 personas –hombres, mujeres, niños y niñas–, aunque el número exacto todavía no se conoce.

La muerte de Arbery es tanto un reflejo de este legado del supremacismo justiciero blanco como el ejemplo más reciente del esfuerzo racista por controlar el movimiento y el sindicalismo negro. La idea misma de dónde debería y no debería hallarse una persona negra es profundamente política, basada en jerarquías racistas.

Los lugares de los últimos asesinatos también están relacionados con las luchas afroamericanas del pasado. Brunswick se encuentra en el litoral de Georgia, cerca del Cinturón Negro, una región en que predomina la población afroamericana, famosa por la fertilidad de su suelo. En las décadas de 1920 y 1930, comunistas como Harry Haywood sostenía que esta franja del territorio, que cruza varios Estados, era “una nación con una nación”, donde la población negra tenía el derecho de autodeterminación, al igual que otros movimientos independentistas. El temor del supremacismo blanco a la libertad afroamericana alimentó intentos, durante el Verano Rojo y hasta décadas después, de suprimir los movimientos afroamericanos, que a menudo estaban relacionados con la izquierda en sentido amplio.

Más al norte, la muerte brutal de George Floyd ocurrió en Minneapolis, una ciudad que se precia de su liberalismo racial, pero que, al igual que muchas otras áreas urbanas por lo demás progresistas de EE UU, tiene una historia sumamente escabrosa de violencia policial. En 1948, el alcalde de Minneapolis, Hubert Humphrey, declaró que era hora de que el Partido Demócrata “saliera de la sombra de los derechos estatales y buscara rápidamente la solana de los derechos humanos”. Sin embargo, entre 2009 y 2019, el 60 % de las víctimas de disparos policiales en Minneapolis eran afroamericanas, pese a representar menos del 20 % de la población de la ciudad.

La muerte de Breonna Taylor en Louisville, Kentucky, a manos de la policía no ha tenido tanta resonancia como las muertes de Arbery y Floyd, pero es igual de grave. Asesinada porque la policía fue a su casa a entregar una citación por el procedimiento de entrar sin llamar, y el novio de Taylor, Kenneth Walker, disparó con su arma pensando que habían entrado ladrones en la casa. Louisville tiene su propio historial de divisiones racistas. La pretensión de Anne y Carl Braden, en 1954, de ayudar a Andrew y Charlotte Wade, una pareja afroamericana, a adquirir una casa en el suburbio, fue motivo de denuncias de simpatías procomunistas y, en el caso de Carl Braden, de una condena por sedición.

Hoy, cuando los manifestantes salen a las calles de Louisville y otras ciudades, conocedores de estos antecedentes, también han de luchar contra una pandemia de COVID-19 que, debido a la austeridad y la depauperación económica, asesta un golpe especialmente duro a la población afroamericana. El grito de guerra Black Lives Matter ha adquirido un nuevo tono de urgencia radical.

En 1919, la gente afroamericana intentó en varios lugares contraatacar durante el Verano Rojo. En 2020, manifestantes en Minneapolis y en todo el país luchan por derribar un orden social brutalmente racista.

Estamos viviendo, parece, una Primavera Roja.

*El autor es Robert Greene. Publicado originalmente en Viento Sur. Compartido bajo Licencia Creative Commons.

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